Era un garito de Palma, de esos en que lo mejor es olvidar el nombre y la dirección. No sé si fue Marisa o el Rodas. Ahora tengo confundido quién me dijo que se había montado un grupo para la fiesta del Spib. Y allá nació Rock and Press. Y me sedujo. Y me enamoró. Y me cambió todo. Si hasta me puse a bailar. Antes de Rock and Press, aquel año era 2005, yo no bailaba. Era muy comedido, de una timidez patológica. No perdí la virginidad con Rock and Press, pero sí la verguenza. En un concierto, y lo sé porque hay una foto, arramblé con una señal de tráfico y la levanté como un trofeo cuando escuchaba a Rasputín. El reservado, lo pone el Ibatur, eso lo sabemos. Y más cosas
Rock and Press nos sacó un espejo y nos lo puso frente a la cara. Y yo me ví. Y ví a amigos y amigas que no había visto antes. Y supe cómo se llamaban. Es algo que siempre me había reprochado Nekane. "Sandy, es que no te enteras, no ves", me dice todavía. Rock and Press me abrió los ojos. Y me hizo ver la profesión. Y me reí mucho con ella. Igual que me reí cuando los de Ib3 enviaron una cámara para ver si era verdad que Gabi Rodas decía "María, fóllame" al final de Tengo una oferta de Ib3. Pero sé, Massutí, que los jefes de prensa de fiesta se van y que dejarán su despacho y su coche oficial. Y que si me gusta esta historia, y quiero saber más, la tengo que buscar en la barra de un bar. Ya lo sé, los tiempos están cambiando. Pero he aguantado a Pere Bota que, como Cati o Teresa, está hasta las narices de que su jefe quiera un grupet. Cómo cambió cuando hizo los coros de Tuve una oferta de Ib3. Volvió nuevo. Hola, Carlos, gracias por llevarme a Ca na Palleva. Y porque Margarita pueda contar su historia. Rock and Press aguantó hasta 2011 y llegó a un concierto para evitar que otra María cerrara [M]. No lo lograron. Pero nos enseñaron que a todos los cerditos les gusta la corrupción. Gracias.
jueves, 29 de marzo de 2018
martes, 2 de enero de 2018
El año (será) de la Polka
(Guardo en esta cajadecosas este escrito del último día de 2017 y pensando en la magia de los bares)
Allá fuera, está la pareja que juega al ajedrez. En la esquina de la barra, el periodista que escribe sus artículos en el Iphone. Como aún no ha llegado C, se ha puesto en su sitio. Hay un cartelito con su nombre. Cuando ella está, todo el mundo sabe que es su espacio. Es historiadora del arte, le gusta el cine, plastifica sus historias , a veces las regala, y organiza mercadillos. Pepe, Pepe Marroig, anda contando estos días que el bar ha cumplido cinco años. Es el culpable de todo. Bueno, digo el culpable y debería decir el mago. Ha organizado una especie de viaje en el tiempo. La Polka es el resultado de un hechizo. Ha atraído a gente de épocas distintas que se ha quedado allí como si tal cosa. A Carmina, que entra y sale de barra y lo controla todo (no se le escapa una) la conocí en el colegio. Como a L y a M, y a otras del grupo que aterrizan de vez en cuando, En la terraza, según entras, a la derecha, hay una mesa, que llamamos comunitaria. Se sienta todo el mundo y no hace falta preguntar. Allá se cuentan cosas y se tejen historias donde se mezclan épocas diferentes. Alguna vez está sólo T, que siempre habla de algún libro que dice que está escribiendo. O cuenta que el otro día le robaron la tablet. Hay noches de monólogos y también de conciertos. A la gente le da por bailar y hay listas de canciones con nombres de clientes y clientas que luego escriben cosas por Facebook. La Polka abrió de repente y parece que quiere quedarse. Mira, acaba de entrar la abogada de aquel caso tan famoso que instruyó el juez de la infanta. No, a él aún no le he visto por aquí pero sí a alguna jueza polki. Pepe se empeña en llamarnos polkis y hasta nos lo creemos. Los polkis no se quedan sólo en ese bar, a veces también van en procesión, en grupos de tres o cuatro, a La Posada, que está un poco más arriba. Los bares son santuarios y templos y cuando los nombras convocan a quienes han pasado por ellos. Eso pasa mucho en éste. Por ejemplo, sombras y los espíritus de la Moncloa y el Casablanca asoman algunas noches en La Polka y traen recuerdos y voces de los años ochenta. Si hasta J sigue poniendo cañas en la barra. Lo único que ha cambiado es que ahora pagas en euros y no con pesetas. Puedes retomar con T o con E conversaciones que entonces quedaron inacabadas y empezar otras nuevas. ¿Ves aquel cartel de Moncloa en la pared? Igual empujando el marco de cristal, cede, como sucedía con el espejo de Alicia y puedes pasar a través suyo y llegar a un mundo mágico que reúna todos los momentos del pasado y se enganchen a los de ahora. La conté a C, que también es polki, que la escalera por la que se subía a Moncloa coincidía, décadas atrás, con una de las ventanas del Bar Torres. Quizá esta noche de final de año todos y todas se pongan a bailar la polka en un aquelarre de épocas y lugares. Seguro que A hará mil fotos de ese momento. Viene a ser como el fotógrafo oficial, deja constancia de todo lo que pasa. O de casi todo. En esa mesa de allí se sienta el grupo feminista. Suele aparecer un día concreto de la semana. J celebró su cumple este año. Y también estaba L, que (casi coincidiendo con la apertura, bueno reapertura, porque la cosa viene de atrás) inauguró una librería peluquería de nombre también mágico que está agitando un poco la vida cultural del barrio. Igual que los conciertos en directo. La otra noche, uno terminó con una proclama que aún me ronda: “Viva la clase obrera, viva la música en directo, que los de arriba no entienden nada´´. Lo mejor está por llegar y seguro que este año nuevo será polki. Nos vemos en 2018.
domingo, 20 de agosto de 2017
La mochila de agosto
Metí en la
mochila de las vacaciones el libro de Juan Cruz Un golpe de vida
(Anagrama, 2017). No rehuyo el yo ,que
tanta controversia despierta en el mundo del periodismo, y me
sumerjo con interés en los libros de periodistas que escriben en primera persona.Creo que Un golpe de vida me ayudará
a revisar esta ‘cajadecosas’, pulir otros escritos que tengo por ahí y hacerles un hueco fuera
del ‘blog’ .En eso estaba, después de haber pasado otro verano más por Boquiñeni, donde las campanadas del reloj de la plaza dan las horas dos veces y eso te da margen para una segunda oportunidad, cuando llegó el atentado de Barcelona
Inmediatamente todo cambia, incluso la referencia a las Ramblas que guardaba para recordar una leyenda urbana, cierta o no, de un director que llegó a La Vanguardia en tiempos de Franco, se sorprendió de la gente que paseaba por ellas y lo primero que hizo fue encargar un reportaje sobre el asunto. Pero desde el 17 de agosto ya no se puede nombrar a la Rambla de Barcelona sin más (ni siquiera para reforzar la idea de que nada ha pasado hasta que se cuenta), igual que la poesía es difícil después de Auschwitz como enseñan Adorno y Primo Levi.
Reviso textos, añado y matizo pero la actualidad
manda y lo primero será dejar constancia del debate sobre el tratamiento que
los medios han dado a los atentados y, especialmente, a la pregunta sobre si la práctica totalidad
de diarios impresos se equivocaron con la fotografía de David Armengou, de la agencia Efe, que llevaron a sus portadas al día siguiente. Fue la misma que también eligió Ultima Hora, el periódico donde trabajo ,y que La Vanguardia recortó parcialmente por
el ángulo izquierdo para evitar una
mirada de espanto y un niño en pantalón corto tendido en el suelo. No viví aquella tarde lo que sucedió en la
Redacción pero no me cuesta imaginarlo. Aunque el grueso de argumentos a favor
y en contra se han dado en las redes (en general, periodistas ‘en activo’ la
han defendido mientras que quienes no están en estos momentos en un medio de
comunicación han mostrado bastante indignación) el diario Hoy de Extremadura, incluyó un artículo de Ángel Ortiz, sensato en parte aunque con un hiperbólico final con el que pretendía zanjar el asunto, justificando la elección de la imagen. Mi amiga periodista Nekane Domblás comentaba que había notado mucho "ursulinismo periodístico" en la red.
Opino que la
fotografía en cuestión merecía ser publicada (lo que es morboso y repugnante es la exhibición
constante, el detalle, el enfoque exagerado) y creo que si todavía hay gente
que almacena diarios de papel, sobre todo los ejemplares que aluden a momentos
decisivos y que luego pueden ser consultados en una tarde de no hacer nada, se entendería poco o nada que no aparecieran
imágenes de la barbarie. Diferente y reprobable, como también han hecho algunos
medios, es haber incluido fotografías
lanzadas desde móviles y que luego se exhibieron como trofeos
macabros por la red.Nada aporta, igual que no aporta nada la constante repetición de imágenes en los
informativos especiales de las teles. Se le escapó a una
periodista a la que una cadena había ‘dado paso’ para un directo desde algún escenario de la noticia aquel jueves por la tarde y todo el
mundo pudo oír su comentario: “Es que aquí no está pasando nada”.
Me ha costado
tomar partido, he tardado dos días en poner esto por escrito (cuando empecé a
escribir, la Rambla de Barcelona sólo era
la Rambla, o las Ramblas, y Cambrils poco más que el lugar donde veranea
gente que conozco de Zaragoza) pero
difícilmente podía no hacerlo si escribo de periodismo. También
añado que estoy convencido de que la controversia que debió darse en las redacciones
sobre si publicar o no aquella fotografía en portada nació viciada por una pregunta que seguro planeó en el
ambiente y que igual se verbalizó o no:
¿y si los otros la publican y nosotros no? Supongo que fue lo que inclinó la
balanza. Sirva como reflexión inicial a la espera de que se manifiesten todas
las contradicciones que llevo dentro, incluida que no vimos fotos de ninguna vícitima del 11-S ya que, seguramente, impactó más la caída de las torres tras el choque de los aviones. Y aprovecho ahora para recoger un comentario de
Juan Cruz en su libro cuando
aludiendo a otro asunto (el efecto que tendrán las
declaraciones de un político que viajaba en un tren) se sorprende a sí mismo, escribiendo
‘reflexión urgente’ y cae en la cuenta de que es una paradoja. Por eso me he tomado mi tiempo sabiendo que, a partir del lunes todo volverá a ir deprisa, deprisa.
Las redes
sociales lo han cambiado casi todo en este gremio. Es algo que se ha escrito o
dicho hasta la saciedad y ya ha alcanzado la
categoría de obviedad. Esta vez, sin embargo, me ha parecido notar una incomodidad mayor
desde el periodismo ejerciente hacia los
comentarios críticos de las redes. Supongo que es el inicio del hartazgo pero ,
entre respuestas razonables, también se ha colado un punto de corporativismo. Algo positivo que
tienen las redes es que permiten
controlar al que controla y que es inútil tratar de ocultar nada, ni siquiera
los debates internos de un medio de comunicación, porque todas las ventanas
están abiertas. Eso facilita que se cuele mucho aire viciado pero también
alguna brisa reparadora.
Ya no hay un
solo Dios verdadero ni siquiera para decidir lo que es noticia y lo que no. El
periodista, o la periodista, se había puesto muchas veces en el lugar de Dios.
Tal vez con el empeño de Edmond Dantès, el Conde de Montecristo, cuando
proclama que, sencillamente, le ha suplantado. Me divertí hace unos años con una reflexión de
Arcadi Espada. En sus Diarios (Espasa Calpe, Madrid, 2002) incluía el siguiente
texto: “¿Acaso ha dado alguna vez Dios su opinión?’, escribe Flaubert a George Sand la noche del 5 al 6 de diciembre de 1886. El ideal flaubertiano de que el autor desaparezca en el texto coincide con uno de los cánones periodísticos, de raíz anglosajona, que más frecuentemente se enseña en las escuelas. Flaubert veía su actividad como la de un dios que va disponiendo sus materiales y que con suprema indiferencia espera que estos hablen por él. No es en absoluto distinta de la visión que algunos periodistas tienen de su trabajo. ¿Qué es acaso, la voz mayestática del periódico, directa o indirectamente utilizada, ese Nosotros o Este diario ha podido saber (y qué decir del modestísimo verbo trascender con que los periodistas explican que se han enterado de algo), sino la aspiración de Dios? ¿Qué hay en el origen de la repugnancia que a tantos periodistas les provoca el yo sino una voluntad de divinización del mensaje?”
Lo curioso es que el empeño por la desaparición del periodista (y
eso me permite volver a la senda con la que inicie el paréntesis de las
vacaciones que tengo que cerrar) sólo es
comparable al empeño de éste en demostrar que ha sido el primero en enterase. Son las
dos caras de una misma historia , que he podido ir constatando en este tiempo:
de un lado, el intento de situarse al margen y aparentar que las cosas son las
que son y que por eso se cuentan. De
otro, el malestar cuando alguien se atribuye haberlo contado antes.
Mientras leo el libro que llevo en la mochilla, anoto mi teoría, no sé si equivocada o no, sobre
la relación de periodistas con textos de
periodistas: que buena parte del gremio
tiende a marcar distancia, al menos públicamente porque si admites que lees un texto, y sobre todo si lo elogias por el modo en que está escrito
más allá de si estás de acuerdo con la tesis de fondo, corres el riesgo de que pueda parecer que ‘
copias’ y no aportas nada nuevo. Quizá
sea una patología pero en este mundillo
se tiende a creer que somos los primeros
en todo, incluso en contar nuestra vida,
lo que ya es el colmo del papanatismo o del ego inflamado que se mueve por ahí
desde mucho antes de Twitter y Facebook.
Supongo que el día que asuma que se puede escribir algo nuevo después
de Proust, también conseguiré compartir todo lo que llevo dentro. Me ha interesado la sinceridad de Juan
Cruz aunque me asuste el énfasis que pone en realzar su entrega casi religiosa
al oficio y su defensa a ultranza, sin apenas un grieta que deje pasar dudas
razonables, sobre el diario El País que, opino, ya no es la bandera que
en los años que siguieron a 1976 íbamos a buscar cada mañana a los quioscos y
que un aciago domingo de diciembre de 2010
llevo a la portada del semanal a Belén Esteban y la presentó como
‘princesa del pueblo’. “¿Qué si no siento la necesidad de escribir un libro?
Pues no, si hasta Belén Esteban escribe libros”, me contestó el otro día Sobral, Gabriel Ferret, mi ácrata de cabecera, cuando le pregunté por eso. Sobral siempre da el consejo oportuno
(mal que le pese admitirlo), está de
vuelta de todo y que lo ha hecho todo, incluso textos que luego firmó Camilo
José Cela.
Seguramente
lo que me impide ver a mí el periodismo como un sacerdocio o una religión sea el hecho de que yo escriba
en periódicos sin haber pasado por una
facultad de Ciencias de la Información. Mi curiosidad es de ida y vuelta. Me
gusta vivir las historias desde dentro, y hasta contarlas ( y por eso intento recopilar lo que he vivido desde que llegué
al Baleares en 1984) pero me gusta, como
estos días, pasarme horas leyendo periódicos
de papel. Cierro de momento la mochila y el paréntesis de este verano, el tiempo en que la reflexión no tiene que ser de urgencia,
como volverá a serlo en cuestión de horas, y la comparto en la red. Qué, por qué y para qué, aún
no lo sé. De momento sólo me atrevo a con el quién (que sería yo) y el dónde: entre Palma
y Boquiñeni (Zaragoza) en el mes de
agosto de 2017, el de los atentados de Barcelona.
(PS. // Un diario, El País, oculta hoy su portada ya que se vende encartado por la publicidad de un coche. Aún así, compro a ciegas y me pregunto qué habría pasado si eso hubiera ocurrido al día siguiente de los atentados. ¿Se habrían tapado las fotografías? Ay, qué irrelevante puede resultar todo, hasta lo trascendente)
(PS. // Un diario, El País, oculta hoy su portada ya que se vende encartado por la publicidad de un coche. Aún así, compro a ciegas y me pregunto qué habría pasado si eso hubiera ocurrido al día siguiente de los atentados. ¿Se habrían tapado las fotografías? Ay, qué irrelevante puede resultar todo, hasta lo trascendente)
lunes, 3 de julio de 2017
Farmacia de guardia, periódicos en la madrugada y un hipermercado
La Farmacia
March Noguera, en el número 186 de la
calle Joan Miró de Palma, ha cambiado de titularidad en julio de 2017. Su hasta
ahora propietario, el ex dirigente socialista balear Joan Mach Noguera (Palma,
1949), figura clave, no sólo para entender la política isleña, sino también las
relaciones de ésta con el mundo de la empresa y de los medios de comunicación,
ha optado por jubilarse y cerrar una etapa muy movida de la historia, repleta de episodios que hoy
pueden ser ya vistos con cierta perspectiva.
Sobrino nieto
del banquero que financió el vuelo del Dragon Rapide que llevó a Franco de Canarias a Marruecos para encabezar el golpe contra el Gobierno
republicano (julio de 1936), Joan March Noguera es un personaje peculiar,
que rompió con la familia, que vivió su
etapa universitaria en Pamplona y que llegó al PSOE de la mano del Partido
Socialista Popular (PSP) de Enrique Tierno Galván, que le retrata en su libro
de memorias Cabos sueltos (Cinco Estrellas, Bruguera, Barcelona, 1981).
Aunque es sabido que el ‘Viejo profesor’ (VP)
se inventó buena parte de su biografía y que Cesar Alonso de los Ríos, aportó
pruebas fehacientes en La verdad sobre Tierno Galván (Anaya, 1997), Tierno acierta plenamente con la
descripción del joven March. Aludiendo a
la oportunidad de seguir adelante con un mitin en la plaza de toros de
Vistalegre, el VP escribe lo siguiente: “Uno de nuestros compañeros, de
inaudita energía, capacidad de trabajo infatigable y gran agilidad mental
detrás de su apariencia tranquila y casi torpe, Juan March, fue quien insistió
en hacerlo”.
Esa imagen,
próxima al torpe aliño indumentario machadiano, es la que también paseaba en
los años ochenta y noventa, cuando estuvo al frente del socialismo balear, se
granjeó enemigos (entre otros, el alcalde de Palma Ramon Aguiló) y estuvo en la
cocina de historias que todavía tienen descosidos: el intento de lanzar un periódico de partido, la compra del diario Baleares, la disposición de la Banca March a forzar la caída de Ramon
Aguiló por oponerse a la construcción de un hipermercado que auspiciaba, o la
enorme deuda del partido que, por el episodio de unas letras endosadas (.................) casi provocan el embargo de la sede central
del PSOE en la calle Feraz de Madrid. Este último asunto fue el que llevó a
la intervención de las cuentas del partido en las Islas por parte de la
ejecutiva federal y el que forzó su caída como secretario general en 1994.
Aquellos eran
tiempos con menos urgencias
informativas, no existía el periodismo digital, ni los tuits ni nada semejante
y March esperaba de madrugada la salida de los diarios. Compraba todos y se
los llevaba bajo el brazo de camino, o de regreso, de la farmacia. Una farmacia,
entonces con una rebotica y unas escaleras que llevaban a un despacho en el
piso superior, en la que March hilvanó documentos que hoy suscribiría Podemos, y
que fue cuartel general de una estrategia que marcó el futuro del partido. Allí
se hablaba de política, pero no solo. También de cómo abordar la relación con
los medios de comunicación y de las relaciones de poder.
Le recuerdo,
con pizza y cocacola, la noche que me contó que había que hacer algo con Aguiló
que, en su opinión, se negaba 'a ser ayudado'.
En mayo de 1989, Ramón Aguiló, que aquel mandato se había estrenado como
alcalde en minoría, decidió destituir a dos concejales, Esteban Siquier y
Santiago Coll (que habían roto con UM para darle apoyo y
formaban parte del equipo de gobierno) después de ambos apoyaran una
recalificación para dar salida al Pryca que se quería construir en Son Gotleu. Estaba yo en El Dia, que entonces llevaba unida a su cabecera el número 16, y
esa noche aprendí mucho de las relaciones entre la política, la empresa y los
medios. Recuerdo con nitidez el momento en que me preguntó hasta
qué punto creía que los periódicos de aquí, y concretamente en el que trabajaba, se iban a hacer eco de una
campaña de ‘denuncia’ del PSIB contra la Banca March. Rio ahora sólo de pensar que el líder socialista
(formalmente era vicesecretario general pero mandaba mucho) pudiera pensar que
yo, con veintitantos años, tuviera algo que decir sobre las
decisiones que tomaba un periódico.
Pero la
campaña que lanzó el PSIB no aludió a la
Banca March, sino a ‘Sa Banca’, así con mayúscula. Cómo me llama la atención esto de las marcas y que, todavía hoy y aquí, aún estemos polemizando sobre si hay que seguir llamando
Sa Nostra a lo que dentro de nada será Bankia . O que asumiéramos que el banco
del los March tenía que ser ‘Sa Banca’.
Joan March Noguera, con Aguiló pendiente de un hilo, dio el visto bueno
a una campaña de pasquines que iban a repartirse por las calles de la ciudad: ‘El
PSOE diu no a un hiper per imposició de Sa Banca’.
En aquella
época, Pryca, que acariciaba la idea del hipermercado, estaba participado por
la Corporación Financiera Alba, el
holding inversor de la Banca March. El
Diario de Mallorca era entonces propiedad de los March y la Baleares SA que detalló el hoy director de IB3, Andreu Manresa, en pleno apogeo.
Hay un libro
que ayuda a reconstruir aquellos años y la crisis del hipermercado, el que publicó en 1996 la periodista
Gina Garcías partiendo de largas
conversaciones con el exalcalde de
Palma. Se llama ‘Ramon Aguiló, memòria sentimental del canvi’ (Lleonard
Muntaner Editor, Palma, 1966). Recuerda
Aguiló cómo, coincidiendo con el nacimiento de su segundo hijo, hubo un cambio
en la dirección del Diario de Mallorca y
las tensiones emergieron cuando, en 1985, se puso sobre la mesa el proyecto
para construir aquel centro comercial en Son Gotleu cuando El Corte Inglés también asomaba la cabeza. El PSOE gobernaba Palma entonces con mayoría
absoluta. El proyecto se retiró el día que tenía que aprobarse. Su siguiente
mandato, lo inició en minoría y , a partir de ahí, se inició una
guerra de intereses. Consultar los periódicos de la época no es suficiente para hacerse una idea de lo que estaba pasando. El relato no quedará completo hasta que se fusionen todas
las versiones, también la de Aguiló y la de Joan March. Pero, igualmente, las de otros
protagonistas de aquellos tiempos, y que se supone que escribirán algún día memorias que puedan arrojar luz sobre esas y otras historias.
Hay nombres relevantes e historias que, desde la distancia, parecen
increíbles, como el intento de montar un periódico (de papel, claro) y que alcanzan a intrigas de novela sueca. Si todo esto fuera una novela, seguramente aparececería en ella una farmacia de guardia y un farmacéutico que compraba diarios en la madrugada. Pero todo eso, tendrá que quedar para otro día.
sábado, 13 de mayo de 2017
La furgoneta de los periódicos
Llevo tiempo
fijándome en una furgoneta que aparca
diariamente frente al bar donde mojo los periódicos en el café y que, en su puerta trasera y también en las laterales, lleva un rótulo que pone 'Prensa'. El primer día
experimente un sentimiento muy parecido al de la emoción. Presencié el momento en que se abría la puerta de atrás y
vi cómo un hombre bajaba un carro de ruedas con varias cajas. Recordé
aquellos tiempos en los que se descargaban montones de diarios en los quioscos
y en las gasolineras y, también, cuando esos montones tomaban las esquinas de algunas calles
principales por las que pasabas alguna noche de fiesta en que el amanecer te
salía al encuentro. Pero no se trataba
de eso: lo que estaban descargando de la furgoneta de reparto eran cajas con frutas y verduras para las
tiendas de la zona.
Al día siguiente,
y a la vista de que se repetía la misma operación, apuré el café más rápido de
lo habitual y crucé la calle aprovechando que las puertas de la furgoneta habían quedado
abiertas mientras el repartidor entregaba su mercancía. En su interior, más
cajas de frutas y verduras de temporada y, por el suelo, algunos periódicos.
Justo del lado de la cabina, varios diarios abiertos de cualquier manera y,
desde luego, con una fecha que no se correspondía a la del día. Cuál podía ser
la utilidad final de aquellos papeles que llevaba la furgoneta con los rótulos
de 'Prensa', no lo sé; igual era sacar lustre a las cebollas, las cerezas y
los albaricoques antes de llegar a las estanterías. Las puertas aún
me deparaban otra sorpresa. Una vez cerradas, se componía un nombre que llenaba la mayor parte de uno de los laterales y que leí, Sgel; es decir el nombre de la gran distribuidora de diarios, revistas y libros de España. Todo un símbolo de los
tiempos.
También las furgonetas y los camiones de bomberos cambian
de actividad en Farenheit 451, la novela de Ray Bradbury que describe una
sociedad en la que los bomberos ya no se dedican a sofocar incendios sino a
prender fuego a los libros y a todo lo que sea papel escrito. Una pesadilla que igual está ahora bastante lejos de la realidad. Igual, por lo
que sea, el futuro no será el de furgonetas de bomberos que quemen papel impreso, sino
el de furgonetas de periódicos que repartan alcachofas, manzanas y cerezas. Una cereza, un tuit, otra cereza, un retuit. Y así.
sábado, 4 de marzo de 2017
Cursach (y este blog)
El primero que me habló de Cursach fue un
policía corrupto que,entonces, no lo era. Cuando conocí a aquel policía, él estaba
en un sindicato que luchaba por defender, decía, los derechos de
sus compañeros. Era, yo, un recién llegado; me citó en un despacho de la carretera de
Valldemossa y me contó que había compañeros que, cuando acababan su jornada de
trabajo, se dedicaban a la seguridad privada, a hacer de guardianes
de discoteca y cosas así. Y me habló de Cursach. Y de cómo era el dueño de la noche y de los policías que la controlaban. Yo sólo fui una vez al BCM, no como Ramon Aguiló Obrador que, según contaba el otro día en El Mundo, conoció a gente que se enamoraba allí.
Siempre, cuando empiezas, es la primera vez de algo. Recuerdo la primera vez que
conocí a Andreu Manresa (él, igual no) , que ahora es el jefe de IB3, y recuerdo
la primera vez que hablé con Pedro Serra, que es mi gran asignatura
pendiente en este blog. Una vez le comenté a Basilio Baltasar (que es el mejor
director de periódico que he tenido) el problema ético que me plantea este
blog que intento llevar, eso es que nunca lo daré por completo hasta que no
cuente, de verdad, mi paso por el Baleares y Ultima Hora. Aún no estoy
preparado, pero todo llegará. Lo primero que me encargó Pedro Serra fue que me
fuera con Pedro Prieto al puerto. “Tengo este cajón lleno de artículos, lo que
yo quiero son noticias¨, me dijo. Y supe que aquello era entender lo que es el periodismo, aunque sé que si lo escribo me dirán que por algo lo escribo. Y no lo escribo por nada, salvo por escribir.
La memoria es selectiva. Y eso también es algo que afecta a Esteban Urreiztieta
que, una vez cada tanto (hoy mismo, sábado, 4 de marzo) se presenta como el gran descubridor de todo lo que
pasa en Mallorca. Su memoria también es selectiva. Escribió un libro sobre UM (se llamaba 'Mallorca és nostra. Crónica oculta del saqueo balear' ) y
nunca contó de cuando Pedro J. invitó a Munar, Pascual y Morales a su casa de
Costa de los Pinos. El hoy director de El Español intentaba, por entonces, un pacto entre UM y Matas. Él, Urreiztieta, prefiere incidir en otros asuntos, y
detalles, sin recordar, por ejemplo, el artículo de domingo (agosto de 2002) 'La boda que necesita Baleares', que le llevaría a confirmar, o matizar, sus teorías. Pasa mucho en el periodismo.
De momento, sólo esto, es un desahogo porque cada vez estoy más harto de quienes consideran que gracias a ellos (o ellas) existe el periodismo. Otro día contaré más.
Siempre, cuando empiezas, es la primera vez de algo. Recuerdo la primera vez que conocí a Andreu Manresa (él, igual no) , que ahora es el jefe de IB3, y recuerdo la primera vez que hablé con Pedro Serra, que es mi gran asignatura pendiente en este blog. Una vez le comenté a Basilio Baltasar (que es el mejor director de periódico que he tenido) el problema ético que me plantea este blog que intento llevar, eso es que nunca lo daré por completo hasta que no cuente, de verdad, mi paso por el Baleares y Ultima Hora. Aún no estoy preparado, pero todo llegará. Lo primero que me encargó Pedro Serra fue que me fuera con Pedro Prieto al puerto. “Tengo este cajón lleno de artículos, lo que yo quiero son noticias¨, me dijo. Y supe que aquello era entender lo que es el periodismo, aunque sé que si lo escribo me dirán que por algo lo escribo. Y no lo escribo por nada, salvo por escribir.
La memoria es selectiva. Y eso también es algo que afecta a Esteban Urreiztieta que, una vez cada tanto (hoy mismo, sábado, 4 de marzo) se presenta como el gran descubridor de todo lo que pasa en Mallorca. Su memoria también es selectiva. Escribió un libro sobre UM (se llamaba 'Mallorca és nostra. Crónica oculta del saqueo balear' ) y nunca contó de cuando Pedro J. invitó a Munar, Pascual y Morales a su casa de Costa de los Pinos. El hoy director de El Español intentaba, por entonces, un pacto entre UM y Matas. Él, Urreiztieta, prefiere incidir en otros asuntos, y detalles, sin recordar, por ejemplo, el artículo de domingo (agosto de 2002) 'La boda que necesita Baleares', que le llevaría a confirmar, o matizar, sus teorías. Pasa mucho en el periodismo.
De momento, sólo esto, es un desahogo porque cada vez estoy más harto de quienes consideran que gracias a ellos (o ellas) existe el periodismo. Otro día contaré más.
sábado, 31 de diciembre de 2016
Entre dos años, y unos libros (Palabras para Victor)
Creo que no
ha sido un mal año. Por ejemplo, supe este 2016 que existía la séptima función del lenguaje, gracias al
libro de Laurent Binet, que se llama
así, La séptima función del lenguaje. Y
siempre podré presumir de haber hablado, por fin, con Enrique Vila-Matas y de contar, hasta el agotamiento, que Paula de
Parma me dijo que a él le había gustado lo que escribí. Este año caí otra vez
en sus redes (y en la confusión de
historias, situaciones y personajes) con Marienbad eléctrico y Porque ella no lo pidió. Se me revolvió la conciencia y me hice muchas
preguntas sobre dónde está el límite de nuestra resistencia con La zona de
interés de Martín Amis. En pleno
verano, La España vacía de Sergio del Molino, tuvo el efecto de un gran viaje
hacia el interior y a los lugares de un país
que guardamos idealizado. Y aunque a él, al autor, no le gustaría nada esa comparación, el efecto de ese
libro fue similar al
que me provocaron hace décadas los cuatro tomos de Gárgoris y Habidis de Sánchez Dragó. Los buenos libros te llevan
a otros. La España vacía me llevó a El Viaje
de don Quijote, de Julio Llamazares, que incluye una referencia Boquiñeni, el único
lugar al que he viajado físicamente este año y en el que paso la mayor parte de
mi imaginario. Allí, en un bar de
Boquiñeni, hablé, en junio, con David Garcés, el promotor de Zarracatalla, un proyecto de
escritura coral. Por ejempo, Tay Todos. Un libro breve, La
oposición, de Alfonso Mateo-Sagasta me inyectó mi droga favorita, la de la
confusión en el espacio tiempo. Y una posibilidad seductora e inquietante, que la Historia es un género literario y que el
presente no es consecuencia del pasado, sino que (más bien) del modo en que
contamos el pasado es consecuencia del presente. Acabo el año, con las últimas
páginas de Patria, de Fernando Aramburu, un puzle que, encajadas todas las piezas, muestra lo que fue el universo vasco en
tiempos de ETA. Creo que empezaré 2017 con The Time of mi Life, de Hadley Freeman; un regalo especial que viene con una esperanzadora proclama en
su solapa: “Un ensayo sobre cómo el cine de los ochenta nos enseñó a ser más
valientes, más feministas y más humanos”.
Los años pueden ser muchas cosas, también los
libros que lees, o por qué los lees. Y todas las respuestas a preguntas sobre cómo llegaron hasta ti, o a dónde te
llevaron, o quién te los regaló, o quiénes han estado a tu lado cuando los
leías.
Empieza un
nuevo año y pienso en Victor. Ha cumplido cinco, es el nieto de mi hermana y
eso me lleva a pensar que estoy en la edad de ser abuelo. Supongo que, por eso,
llevo con orgullo (o no sé cómo
llamarlo) lo que me contaron el otro día, y que ahora desvelo ante la puerta de
2017: que había sido “el primero de su clase” en aprender a leer. Y que
mientras el resto estaba con letras y sílabas, él ya iba por las palabras y por las frases enteras.
Y delante de mí le dieron un periódico y leyó enterito el
titular grande de la portada. Y, en ese momento, me dije que ya tengo motivos para felicitar el año
nuevo.
No sé cuando
te llegará, pero ya te digo, entre dos años, que algún día sabrás, Victor, que
me diste la idea sobre lo que tenía que contar cuando arrancara 2017, que
tiene que ser el año de los pequeños gestos, el año de las pequeñas
victorias y de las pequeñas cosas, el
año de las minúsculas, que son las más grandes. Es verdad que lo
empezaremos con los peores temores sobre
un grandullón, el próximo presidente de los Estados Unidos de América (que tomará posesión coincidiendo con las
imaginarias fiestas de Palma) y hasta viviremos con el alma en vilo sobre hasta
dónde lo aguantarán allá. La buena noticia es que columnas de mujeres van a
salir a la calle en Washington, Boston, New York y California (y, seguramente
en toda Europa, y también en España) para recordarle que están allí y que el
mundo es, preferentemente, de ellas. Ellas, como siempre ha ocurrido, nos
ayudarán a recordar que este 2017 tienen que ir cayendo barreras e ideas
preconcebidas. Allá, pero también aquí.
Este 2017
será el año de las minúsculas, que son las más grandes.
Caerán, por
ejemplo, las mayúsculas. Y, con ellas, las frases hechas y los plurales
mayestáticos a la hora de contar la Historia. Este 2017 no nos quedará más
remedio que organizarnos individualmente. Yo, tú, él, ella, nosotros y
nosotras. Y vosotras y vosotros. Y ellas y ellos. Este es un año que nos tiene
que dar, desde la tranquilidad relativa,
para reflexionar sobre qué nos ha pasado en el anterior. De cómo, por lo
que se refiere a este país, dejamos escapar
la oportunidad de cambiar el mapa político. Habrá que preguntarse si
hicimos todo lo necesario, y si nos equivocamos. O si de verdad queríamos que
nada cambiase. Yo, tú, él ella, nosotros y nosotras vamos a empezar a cambiarlo
todo desde abajo, como hormigas minúsculas. Creímos, por un momento, que los
nuevos dioses venían con algo nuevo que decir o que hacer. Y no lo hicieron.
Algunos querían volar alto y se quemaron. Otros se cortaron la cabeza y las
manos en guerras que no explicaron. Y ahora es nuestro turno. Queda mucho por
hacer. Mucho que escribir. Y mucho que leer. Espero que sea contigo, Victor. Feliz 2017.
sábado, 19 de noviembre de 2016
El día que llegué a El Día
Los ochenta, 1987 supongo. Llegué a El Día de Baleares
con una protesta recién convocada. Hacía ya varios años que ese periódico
estaba en la calle. Lo habían fundado, en 1981, entre otros, Abel Matutes y el empresario hotelero Gabriel
Barceló. Su primer director fue Antonio Alemany. Rompía, por el diseño y por la
manera de enfocar las noticias, con la manera de hacer periodismo en las Islas.
A mí me gustaban, sobre todo, las portadas, aunque no siempre (por no decir
casi nunca) compartía sus interpretaciones. Pero había tejido allí grandes
amistades.
Recién llegado, o
casi, a Gremio Herreros del polígono de
Son Castelló, que es donde estaba el periódico, me llamaron a un despacho que,
entonces, me pareció un cuchitril y donde
alguien que me recordó, por la barba, al capitán Ahab de Moby Dick o al
presidente Abraham Lincoln me puso al
tanto de la situación. Al parecer se estaba llamando al todo el personal del
periódico para saber qué posición iba a
adoptar ante la protesta. Con el tiempo, comprobaría que el activismo y las
ganas de protesta eran una seña de
identidad de aquella plantilla en la que me integré. Incluso, en un acto
conmemorativo, Gabriel Barceló dijo que, el suyo, había sido el primer periódico de
Baleares en el que se había hecho huelga durante varios días. Cuando yo llegué, detrás del
capitán Ahab había otro señor, delgado y
con bigote, que también me invitó a
reflexionar sobre mi reciente incorporación a la empresa y sobre si, recién llegado, tenía razones para quejarme. Nunca he dejado de quejarme.
Había llegado a El Día casi recién salido del Baleares donde, cuando me daban el
finiquito, alguien me dijo: ¨Tú, acabarás en El Día”. Y es que, casi nadie
ignoraba en el Baleares que mi amiga del alma era Mariló Suárez, que también era corresponsal de Diario 16, que ya se había ido a El Día, y que antes
de irse, a ella y a mí nos venían a buscar amigos del periódico de la calle
Gremio Herreros. En aquella época, algo impensable hoy, el Baleares tenía un
bar y allá nos esperaban Tomás Bordoy o Pepe Massot, que hoy luce en las páginas
de Cultura de La Vanguardia.
Efectivamente, llegué al El Día. Aunque lo primero que
hice no me gustó nada. De hecho, era bastante frustrante. Aún existían los
teletipos, esas máquinas que escupían rollos de papel con la noticias de
agencia, y yo me tenía que encargar de seleccionar las que tenían que ver sobre
España y teclearlas. Ya no había máquinas de escribir, sino ordenadores con
pantalla verde, pero mi cometido era muy deprimente: copiar lo que las agencias
habían escrito.
Así empecé en aquel periódico. Al poco descubrí que sólo
podía ‘realizarme’, o aportar cierta ‘creatividad’, en los titulares y en los
pies de foto. Titular y escribir pies de foto era lo único que me llenaba en
aquella época. Sobre todo cuando llegó Yolanda Garisoaín, ‘Yoligari’ como la
bauticé, una periodista de Pamplona a la que nunca he podido olvidar y que creo
que ahora está por la República Dominicana. ‘Yoli’ y yo nos recreábamos en los
pies de foto, que estaban menos vigilados que los titulares. Colamos un ‘el
gobernador, por los suelos’ en una foto en que se veía a un gobernador del País
Vasco agachado después de algo serio.
Por suerte, aquel suplicio se acabó y pudimos ocuparnos
de la información local. Recuerdo un gran reportaje de Yolanda sobre Son Banya,
que tituló ‘Al este del desdén’, y que yo me metí en la información municipal en los
días en que Ramón Aguiló no las tenía todas consigo.
Supongo que me viene a la memoria todo esto ante las
noticias que llegan en este noviembre de 2016 sobre cambios en el accionariado
del diario, que ahora se llama El Mundo de Baleares, y que eso ha agitado mis recuerdos. No sé cómo
acabará todo ni si la venta de las acciones de Barceló al grupo italiano que
manda en El Mundo sólo es una estratagema. Me
gustaría que El Día siguiera en los quioscos porque es una parte de mí.
Creo que ese periódico es un caso único. Ha cambiado
varias veces de nombre y ha sobrevivido. Me subí en el barco cuando era El Día; viví su conversión a El Día 16; brevemente se
llamó otra vez El Día; fue luego El Día del Mundo y acabó como El Mundo de
Baleares. Si pudiera elegir, me quedaría con El Día del Mundo y la etapa de libertad
que, con claroscuros, le dio Basilio Baltasar en la dirección. Pero también me
esforzaría por entender a Tomás y algunas apuestas que hizo. Por lo que nunca
pasaré es por aquella etapa, para mí más
triste y lamentable del periódico, la de Eduardo Inda. Inda representa, en mi opinión, lo peor del
periodismo. Y eso explica la fuga de octubre de 2002, que algún día habrá que
contar.
En fin, suerte. Os quiero ver en los quioscos. Cada día.
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