El error fue llamarla inteligencia artificial, regalándole ese nombre a lo que no es sino un sistema tecnológico que te devuelve datos que previamente has creado. Datos que ya estaban ahí. También podría haberse llamado inteligencia artificial (IA en mayúsculas, ¡ay!) a internet. Todo existía, sólo había que buscarlo, sin necesidad de que se lo regalásemos. O de que se lo regalaran; a veces creo que nos equivocamos al asumir responsabilidades colectivas que no son nuestras. Todo en la vida es una elección, hasta lo que parece no serlo, y las más de las veces resulta demasiado cómodo y tranquilizador pretender convencerse de que no es así.
La encíclica Magnifica Humanitas sobre la persona humana en el tiempo de la inteligencia artificial que publicó el papa León XIV en mayo de 2026 entra en el meollo al calificar de “tentación sutil pensar que los problemas son demasiado grandes y nosotros demasiado pequeños y que, por tanto, nuestras decisiones no cambian nada”. Precisa la encíclica que eso “es una forma elegante de rendirse, a menudo disfrazada de realismo” y que “claro que no todos tienen el mismo poder de influir sobre la realidad”, que “hay quienes gobiernan, quienes deciden inversiones, quienes dirigen instituciones, quienes educan, quienes informan, quienes producen” y, también, “quienes parecen tener solo su propia vida cotidiana”. Y, en este punto, es cuando recoge lo siguiente: “Sin embargo, nadie está exento de responsabilidad. Cada uno dispone de un ámbito propio de acción y ahí -no en otro lugar- está llamado a elegir”.
Esa manera de actuar vale para abordar cualquier cuestión -el papa también se refiere a la guerra, a la inmigración y a todos esos asuntos que la reacción utiliza para presentarlo como ejemplo woke- y vale para el momento de la IA y, tan vinculada la una al otro, vale también para el momento del periodismo en este agosto de eclipse, de luces y de sombras, de oscuridad y, por qué no, también en la esperanza de algún destello.
Cualquier momento es bueno para mirar al periodismo aunque ya esté todo dicho -aunque costó llegar a este punto escudándose en aquella falacia de que el, o la, periodista nunca tiene que ser noticia- y el periodismo sea un género periodístico en si mismo. Ya dejó escrito Pierre Bourdieu hace algunos años en Sobre la televisión (Anagrama, 1977) que “el periodismo es una de las profesiones en las que hay más personas inquietas, insatisfechas, indignadas o cínicamente resignadas y en las que es muy común la expresión (sobre todo entre los dominados, por supuesto) de la ira, la náusea o el desánimo ante la realidad de una profesión que se sigue reivindicando como distinta a las demás”.
Bourdieu, el sociólogo francés que se ha interrogado permanentemente sobre el papel de los medios de comunicación, añadía que “estamos lejos de una situación en la que esos despechos y rechazos pudieran convertirse en una auténtica resistencia, individual y, sobre todo, colectiva”. Y en su escrito, anterior a la era digital, claro, constataba que “cada vez más temprano”, hace años en la crisis de los cuarenta y ahora [que era entonces en última década del sigo pasado] en la de los treinta, “los periodistas descubren que su profesión no se parece en nada a lo que habían imaginado”.
El diario El País, que este 2026 ha cumplido cincuenta años y que, en una relación constante de amor y desamor ha sido símbolo -y muchas veces referencia- de la generación a la que pertenezco, publicó el 12 de julio una entrevista con el filósofo Yuval Noah Harari y un extenso artículo de Shoshana Zuboff, autora de El capitalismo de la vigilancia (Paidós). El titular de la entrevista con Noah Harari, el famoso autor de Sapiens (Debate) fue “La inteligencia artificial podría ser una gran psicópata manipuladora”. Y se refería a cómo lo que sí podía suponer un avance en algunas cuestiones, por ejemplo la medicina, era perverso para el trabajo intelectual y el mundo de la comunicación. Zuboff, en un texto titulado ‘Nos roban los datos, nos roban la democracia’, se centraba en el poder de los oligarcas tecnológicos y en la ausencia de regulación. Ese mismo día, en la misma edición del periódico, unas páginas atrás, El País acompañó de un dibujo su artículo editorial, que no tenía nada que ver ni con la IA ni con el periodismo ni con internet. Iba sobre la similitud de propuestas entre PP y Vox sobre la llamada “prioridad nacional”. La ilustración era un gorra como las de Trump pero con el lema “make prioridad nacional great again”. Y, a la derecha, junto a la firma y entre paréntesis, el aviso de que el dibujo “incluye imágenes generadas con IA”. ¿Era necesario?, ¿qué aportaba?, ¿no parece un chiste o una gracieta?, ¿cuál es el mensaje que se está trasladando?
¿Estoy en contra de todo ese entramado al que se ha regalado el nombre de inteligencia artificial?, ¿pretendo como el escritor y periodista alemán Theodor Fontane (1819-1898), y que una de estas tardes de agosto ha utilizado Clara Corrales para un programa de Radio Clásica, que “desde que tenemos tren” los caballos, y en este caso los caballos del periodismo corren peor?, ¿estoy cerca de los luditas que destruían máquinas en la Inglaterra del XIX? No pero sí. O un poco sí. Al menos en todo lo referido a abrirle la puerta del periodismo profesional -al proceso de textos o de elaboración de una noticia; más adelante habrá que anotar precisiones y matizaciones-, rindiéndose a sus cantos, a entes, programas o aplicaciones que llevan nombres como ChatGPT, Gemini, Claude o Grok y que ocupan el lugar del qué, quién, por qué, cómo, dónde o cuándo. Preguntas, preguntas y más preguntas. Sí, porque las preguntas, muchos años después y ante el pelotón de ejecución, siguen siendo la llave que abre cualquier puerta si lo que de verdad se pretende es informar y no otra cosa.
¿Quién dijo que el periodismo -o al menos el periodismo como, digamos, lo imaginábamos hace unas décadas- debía tener por los siglos de los siglos el monopolio de la comunicación? ¿Debe tenerlo? No lo sé pero desde luego no es eso lo que ocurre ahora. Y, además, todo ha ido cambiando mientras iba ocurriendo y ese canto de las sirenas de la IA al que hubo gente que prestó atención por esa curiosidad que mató al gato pero también como broma (qué que dice ChatGPT de mí o cómo redactaría ChatGPT ese comunicado oficial sin que parezca una copia aunque posiblemente habrá sido redactado en su origen por ese mismo procedimiento) no es sino un momento del momento continuo.
No, el caballo del periodismo no corre menos desde que llegó el tren de las redes sociales y el universo digital porque el tiempo ya le había pasado por encima, y por debajo y por los lados, cuando decidió subirse a él. Hay tanto y todo ha pasado sin tiempo a darnos cuenta de que estaba pasando, que es poco probable hallar una respuesta -pero quizá sí plantear la pregunta- en los instantes de oscuridad previos a la vuelta de la luz del eclipse de agosto de 2026. Ya fantaseamos hace algunos años - no tantos, aquello fue en 2020 durante la pausa de la Covid- con la posibilidad de imaginar la historia de otra manera. Saldremos mejores, queríamos creer. Sí, sí, claro.
Cuando empecé en esto del periodismo, pongamos que eran los años ochenta del siglo XX, se publicaban diariamente en Mallorca cuatro periódicos, era posible comprar en quioscos (a qué hora es otro asunto) la mayoría de los que se editaban en Madrid o Barcelona, había periódicos matutinos y vespertinos, revistas semanales y mensuales y era el imperio del papel; la única televisión era la estatal, que tenía dos canales, la televisión vasca y la de Catalunya estaban a punto de nacer, las primeras privadas vendrían luego y quien estaba viviendo de verdad la primavera de la comunicación era la radio después de su reciente y nada metafórico bautismo de fuego -liderado principalmente por la SER pero no solo- la noche del 23 de febrero de 1981. La radio se tomó en serio, muy en serio, los programas informativos. Entonces las tertulias se colaron en nuestro universo (las tertulias, ay las tertulias, eso llevaría a otro de los pasillos que conducen al momento actual) y programas de todo tipo y para el público más variopinto, algunos ya con años de rodaje y otros que arrancaron entonces (Hora 25 o Protagonistas entre los primeros y La barraca del tercero entre los novísimos) ponían voz a una época. Vale, vale, ¿y qué?
Que eran tiempos de periodismo sin redes, sin internet, desde luego sin IA -ni generativa ni degenerativa- sin teléfonos móviles. En 1997, internet apareció de repente en los periódicos de Balears. Un día de ese año, y de manera simultanea, todas las redacciones descubrieron un ordenador conectado a internet. Lo enviaba el Govern de las Islas, presidido entonces por Jaume Matas, que había sustituido a Cristòfol Soler quien, a su vez, había sustituido a Gabriel Cañellas. Posiblemente cualquier periodista de la época recuerde con precisión en qué lugar de la redacción se colocó el ordenador. Yo estaba en el El Día 16 y no he olvidado qué mesa ocupó. Para hacerse una idea de cómo se vivió aquello basta imaginar el inicio de la película 2001, una odisea en el espacio, esa secuencia en la que un grupo de monos contemplan un monolito, se acercan, se alejan, se vuelven a acercar e intentan interactuar con él. Matas fue un presidente obsesionado con las nuevas tecnologías y, sobre todo, con el control de los medios. Hasta el punto que, desde el Govern se los ‘conectó’ a la red. Así llegó el periodismo balear a las nuevas tecnologías aunque visto desde la distancia esta historia pueda parecer lo que hoy llamaríamos bulo o fake news. Nada más lejos. Con Matas, que años después volvería a ser presidente y que terminó marcado por la corrupción, llegó a su apogeo el control de los medios desde el Govern (que se había iniciado antes y que continuaría después) y su época fue también la de “los viajes con periodistas”. En aquella época, los viajes no los pagaban las empresas ni estas se planteaban si eran necesarios o no. Govern paga, Govern organiza, Govern aporta las imágenes, Govern aporta la información y Govern pone internet. En definitiva: los medios se convierten en una prolongación del poder y sus gabinetes de prensa. Círculo completo. ¿Cómo no recordar aquella frase de Cañellas que cualquiera que se ha dedicado al periodismo habrá oído más de una vez y generalmente como advertencia: “¿Es que no sabes quién te paga?”.
Años noventa: ¿fue entonces cuando se jodió Perú del periodismo? Si no fue en 1997, año uno de la conexión a internet con patrocinio del poder político, quedan pocas dudas, y no solo en lo que se refiere a Balears, que terminada esa década nada en el periodismo era ya igual que cuando había empezado. En esos años empezaron a tomarse todas las decisiones, también las equivocadas, que se siguen tomando estos días. Y tampoco hay demasiadas dudas de que de dos décadas después de los noventa ya no son los gobiernos ni los políticos quienes condicionan a los medios. De hecho, las más de las veces, es como si medios y ‘políticos’ fueran en el mismo tren, unos siguen teniendo un poco más de poder que otros (“¿Cuarto poder? Como poder y como cuarto no existen. Hay una influencia de los medios de comunicación en la vida cotidiana, pero no tiene ningún sentido hablar de poder. Ni un diario ni una radio tienen un poder concreto, ni siquiera un periodista extraordinario tiene un cuarto poder en comparación con otros poderes”, respondía el entonces editorialista del Diario de Mallorca, Andreu Ferret, a una entrevista con la periodista Joana María Roque en la revista Ona. Quaderns de debat en el verano de 1995); unos siguen teniendo un poco más poder que otros pero es como si fueran en el mismo tren sin saber quién lleva la locomotora.
Sí, habrá que aprovechar los juegos de luz y oscuridad del eclipse de agosto de 2026 no para mirar al sol sino al periodismo y a todo lo que orbita sobre este; no será mucho tiempo pero sí el suficiente para saber si merece la pena seguir analizando por qué hemos llegado hasta aquí. Guardo de momento en esta Caja de Cosas la lista de propósitos y las gafas para mirar sin quemarme.