lunes, 15 de junio de 2020

16 de junio: Ulises en la pandemia


Desde la torre del homenaje del Castillo de Bellver se alcanza toda la bahía. Igual que desde la torre Martello, que también  es circular; donde vuelve a ser, otra vez, 16 de junio y  Dedalus,  Mulligan y Haines han empezado su jornada. Fue allí cerca del castillo,  durante un paseo por las calles altas del barrio de El Terreno en los primeros días del confinamiento, cuando hablé de Ulises con G., que es librera.

    No sé cómo se me ocurrió esta extravagancia, la de meter a Ulises en la pandemia;  paseando la ciudad y hablando conmigo supongo. Lo que sí supe desde el primer momento es que, para contarlo, esperaría al 16 de junio -jornada en la que transcurre el Ulises de Joyce-  y que ese 16 de junio ha llegado. Ya  sé, no hace falta que nadie me lo recuerde. Imagino el comentario de N., “pero que friki eres compañero”, y vuelve a mí en este momento el gesto de C., mirándome como si estuviera loco, cuando le conté mis intenciones para  este martes, día 94 del estado de alarma que se decretó en España el 14 de marzo de 2020 como respuesta a  una patología  vinculada al  virus SARS-CoV-2 y que se llamó covid-19. Guardo en esta Caja de Cosas momentos de aquellas semanas, como las guardo en cuadernos de tapas rojas y en crónicas que se han ido publicando en el diario Última Hora.

   Todas las crónicas para el periódico nacen de un recorrido que empieza siempre cerca de una casa donde me da por pensar en Leopold Bloom y  desde la que no cuesta ver la  torre Martelllo en el Castillo de Bellver. Aunque esas historias se refieren a varios días, no hay nada como jugar con el tiempo y hasta se pueden contar como si detallaran un día sólo. Y no ocuparían, ni mucho menos, 700 páginas.

  No es plural mayestático, sino que siempre fuimos dos y tuvimos que esperar a que se relajara el estado de alarma, en la fase 2 de la desescalada, para entrar al fin en el Castillo de Bellver. Miquel Àngel Cañellas hacía fotos y yo pensaba en lo que escribiría al día siguiente pero (ahora ya lo puedo contar) me recreaba una y otra vez en la sensación que te da tener toda una ciudad a tus pies: veía el puerto, veía la Catedral, veía el bosque, veía las calles del Terreno, jugaba a adivinar los sitios por lo que había pasado o iba a pasar pero, sobre todo, trataba de alcanzar con la mirada una playa que pudiera ser la de Sandycove. A esa hora, más o menos, debían  estar allá,  en Sandycove, Dedalus  Mulligan y Haines. 

   Ese día (en la vida real, no en la imaginada que siempre reconforta más) aún no se habían permitido ni los paseos por la arena ni, mucho menos, el baño en el mar por lo que, de haber alguien, únicamente  podían ser  ellos. Ellos y otro  grupo de bañistas que hablan de una mujer que, parece ser, se dedica a la fotografía y puede aparecer de un momento a otro. Cuando días antes Pilar Pellicer disparaba su cámara en  la playa de  Cala Mayor, ni siquiera había empezado  la desescalada. No había turnos de paseo según franjas de edad, el mar estaba embravecido y lo que  intentaba captar era el vuelo de las gaviotas.


  Leopold Bloom  ha salido a pasear después de comprar un diario que lleva bajo el brazo. Ha desayunado –un tremendo riñón de cerdo que me revuelve las tripas sólo de pensarlo-  y ha entrado en la oficina de Correos. Ese día, como tantos otros, estoy con Jaume Morey. Como andamos  preguntando en la cola de Correos, se nos pasa el momento en que Bloom ha ido a recoger una carta. Que nadie dude que, de no ser por ese descuido, Morey habría disparado su cámara y  hasta hubiera buscado el momento  en que me acercara a Bloom para preguntarle qué estaba haciendo ahí, hacia dónde se dirigía y si, por un casual, iba camino del periódico. Él  -y basta acudir a lo que dejó escrito James Joyce- nos hubiera contado que tenía una jornada ajetreada y que después de zamparse el riñón, pasar por la estafeta de Correos y quedarse  mirando los carteles del teatro  que anunciaban un  Hamlet (no, no se trataba de los carteles del Teatre Principal, pues eran de  óperas que no habían podido estrenarse), pensaba acudir a un entierro y luego, sí, dirigirse al  periódico. Bloom se hubiera  encontrado con Stephen Dedalus hablando con el director del periódico. Claro que, como soy discreto, no me hubiera inmiscuido en su conversación y sí seguido con lo mío.
   Como las terrazas de Palma fueron autorizadas a ocupar espacios reservados donde  antes aparcaban  coches, imagino que  quedarían luego  a tomar un tentempié y,  de regreso a casa, repararían   en las palomas. Las palomas,  y los pájaros en general, dieron mucho que hablar y casi todo el mundo se puso a escribir de los pájaros y de sus trinos. Quién sabe si el pajarismo se  convertirá en un nuevo género literario. Lo más parecido a la Biblioteca Nacional que me tropiezo es mis paseos es la biblioteca de Can Salas y sólo allí pudieron entrar Bloom y Dedalus para seguir hablando de Shakespeare o bien de cómo inventar palabras y juegos de palabras sobre los pájaros en la literatura pandemística y alarmística.
     La gente pasea y habla mucho  en este 16 de junio (que también es un poco el resumen de todos los días del estado de alarma, incluyendo los días en que, paradójicamente, se oía el silencio);  tanto es así que hay tiempo hasta  para los diálogos interiores. Hay uno muy largo y relevante pero  que no sabes como abordar ya que no tiene puntos, comas ni nada que te permita dar un respiro. Acaba con un ‘ sí’, igual que empieza cincuenta páginas atrás.  No sé si cuando todo esto acabe  habré comprendido del todo lo que intenta  decirnos Molly Bloom cada 16 de junio.  De momento me fijo en Pere Bota, que también es muy suyo en la manera de hablar. A veces, cuando vamos por la calle y él busca algo que merezca ser fotografiado, me reprocha que hable solo o que vaya hablando dos pasos por delante y dándole la espalda. Creo que llevamos dos diálogos interiores simultáneos. 
   Hablando de hablar: pero si ese es El Ciudadano. Nada que ver (eso hay que aclararlo) con aquel exdiputado que ha publicado un libro poco antes del estado de alarma y  que, aún confesándose tímido,  acepta que le hagan una fotografía con el carrito de la compra.  Lleva guantes y mascarilla. No le resulta ajeno el nombre de Ciudadano porque su partido se llamaba igual pero  en plural. El Ciudadano al que me he referido antes  es un patriota irlandés que pasea con un perro y que lo seguirá haciendo hoy hasta ya  entrada la tarde. Precisamente, cuando empezó esta odisea que cuento  a mi manera, de lo poco que se podía hacer sin que te llamaran mucho la atención era pasear un perro.  Esta es una historia muy divertida: esa norma, la de que se podía pasear con total libertad con un perro, sólo se anunció de palabra pero nunca tuvo refrendo legal. Y sin embargo, ha sido la que más se ha cumplido y la que más se ha citado. ¡Basta ya de fotos de perros! nos decimos muchas veces. ¡Hay que buscar otra cosa!
Lo que resulta una verdadera lástima es que nunca hayamos llegado a tiempo al momento en que  Leopold Bloom se sube al tranvía. Hubiera  sido un enfoque diferente. Qué bien hubiera quedado  ver a alguien subiéndose a un tranvía cuando  Teresa Ayuga (sólo a ella me quedaba por nombrar) buscaba enfoques para fotografías sobre  cómo se frenó el crecimiento previsto en  la EMT. Durante los días del confinamiento duro,  circulaban pocos autobuses y no se podía ni entrar ni salir por la puerta delantera.  
   Seguramente esto ya se está acabando; quedan poco días para que empiece eso que han dado en llamar ‘nueva normalidad’ y sería una lástima que mantuviera lo peor de la vieja. Pero bueno, la verdad es que  ya se  ve variopintos grupos de gente  por las  calles de Dublín (¿o son las de Palma?)  después de que hayan vuelto vendedores de la rifa de la Once  y empiecen a pasear turistas que vienen de Alemania

   Allá va  un cura. Pero no, no es el padre Benitez , que se dijo varias de las 10 misas en honor de Santa Rita días atrás.   El cura que va por ahí es el padre Conmee, que después del oficio ha salido a dar un  paseo. Que es lo mismo que está haciendo ese hombre de las muletas o aquel  viajante de comercio. Mira, las hermanas Dedalus entre otra gente desconocida. Habrá que  acercarse a esas y otras personas y preguntarles cómo se llaman y si quieren contar su odisea de estos meses. Un  día, y si es 16 de junio, da para mucho. Si hasta va por ahí el propio Lepold  buscando un libro que regalarle a Molly Bloom.  Cruzo los dedos para que elija el Ulises. Sería un bombazo.
 
 

  

jueves, 23 de abril de 2020

‘Mary Poppins’, de Pamela Lyndon Travers (y una pasada por la película de Walt Disney)

Guardaré en esta ‘Caja de Cosas’ momentos de estos días; momentos de la pandemia de la Covid 19 y momentos del estado de alarma que nos está cambiando y nos cambiará. Guardaré aquí (claro que lo haré) retales de esta historia que escribimos todos y todas al mismo tiempo. Desde que empezó el estado de alarma, anoto todo lo que puedo en un cuaderno de tapas rojas. Ahora tengo más tiempo para mí (es la consecuencia de un ERTE en la empresa para la que trabajo y que edita el periódico en el que escribo) además del tiempo que dedicó, con más fortuna que millones de personas, a buscar historias que contar. Pero eso de meter en este blog situaciones, interpretaciones y preguntas sobre lo que está pasando quedará para más adelante.

Hoy hay que estar a lo que hay que estar. Es el Día del Libro y quiero fijarme en uno y recomendarlo sin duda. Es ‘Mary Poppins’, de Pamela Lindon Travers. Es de Alianza Editorial, de su colección El libro de bolsillo y la edición es de 2019. Lo compré días antes del inicio del estado de alarma y lo he leído metido en éste y bajo su influencia. De no ser por lo que está ocurriendo, algunas partes de la historia se me habrían pasado y otras las hubiera entendido de otra manera. P. L. Travers ( la autora firmó así para ocultar su nombre por ser mujer) lo publicó en 1934. Todo el mundo sabe que Walt Disney lo adaptó años después al cine y que no es posible imaginar a Mary Poppins sin ver a Julie Andrews. Por eso daré, también, una pasada por la película.

Cuando lees un libro es como si nadie lo hubiera leído antes. Eso forma parte de la magia que tiene la lectura.Todo lo que ocurre con (o en) un libro es como si ocurriera por primera vez y te sientes la obligación de contarlo y compartirlo. Aunque lo que vas a contar pueda saberlo todo el mundo. Por ejemplo, que nadie dice ‘supercalifragilísticoespialidoso’ en el libro. Y que aunque el señor Banks trabaje en un banco, no se lleva a su hija Jane y a su hijo Michael porque se lo haya pedido Mary Poppins. Ni tampoco Michael se niega a entregar sus dos peniques y la lía parda. Eso sucede en la película pero, inevitablemente, tuve que relacionarlo con lo que pasa fuera del libro después de la polémica sobre dónde hay que llevar a ‘los niños’ en tiempos del coronavirus.

Michael y Jane Banks viven, sí, en el número 17 de la calle del Cerezo. Pero tienen una hermanita y un hermanito con los que no contó Walt Disney. Son dos bebés que cumplen un año en mitad de la novela. Se llaman John y Barbara. Hasta que cumplen un año y les salen los dientes, no sólo se hablan entre sí, sino que (además) entienden el lenguaje de los estorninos y los demás pajaritos, que también conoce Mary Poppins. Antes de cumplir un año, Barbara y John se preguntan que cómo es posible que Michael y Jane ya no sean capaces de entender su lenguaje y que la señora Banks únicamente gesticule, les hable con diminutivos y emita sonidos guturales tipo gugú y cosas parecidas en vez de conversar. Es un capítulo precioso que, leído en estos tiempos en que también hemos descubierto que hay pájaros, cobra un significado especial. Bueno; el señor y la señora Banks tienen un papel totalmente secundario en la novela.

La ‘peli’ tampoco recoge la historia de Andrew y Alondra. Andrew es un perro (¿un perro además de pájaros y niños en el libro breve que me ha entretenido dos de los días del estado de alarma?); Andrew, digo, es un perro y Alondra una ‘señorita’ que lo tiene muy mimado. Apenas le deja salir, si nos es con ella, y lo viste de forma muy rara. Andrew se escapa un día porque se ha encariñado de un perro aparentemente vagabundo. Se va, vuelve con él a casa y le lanza un ultimato a la ‘señorita Alondra’: o él se queda en casa y Alondra acepta las condiciones de Andrew (que no le obligue a comer nata en las comidas ni salir a pasear ‘con abriguitos de colores’) o no le vuelve a ver.

Mary Poppins’ es un canto a la libertad y a la imaginación que la película completa y pone música y canciones. Se complementan pero el cine no llega a algunos momentos del libro pese a añadir otros inolvidables. Ni la historia de la brújula que permite dar la vuelta al mundo sin moverse de la habitación ni el momento brillante que relata qué hacen los animales del zoológico cuando llega la noche y algún humano se ha olvidado de salir, han llegado a la película. Ni tampoco la pregunta de Mary Poppins: “¿Acaso no sabéis que todo el mundo tiene su propio país de las hadas”.

Mary no se lleva a Michael y Jane cuando se mete en los dibujos que ‘el cerillero Bert’ (en la película, Dick Van Dyke) traza con tizas de colores en el suelo del parque. Si entran en el bosque con un lago que acaba de pintar, es porque Bert no tiene suficiente dinero para invitar a pastel de frambuesa a Mary Poppins en uno de sus días libres. Es una cita amorosa más que otra cosa.

Bueno, pues ya ésta. Recomiendo el libro para este 23 de abril, Día del Libro y, también, día 40 del confinamiento. Felices letras, felices sueños y felices libros. Y me agarro a Mary Poppins, que ya sopla el viento del Oeste y veo que se le está poniendo cara de querer dejar la casa del número 17 de la calle del Cerezo.

lunes, 2 de marzo de 2020

Mallorca,1984: Ernesto Cardenal y alguna confidencia

Julio Cortázar estaba invitado. Pero  no pudo acudir. Desde París había enviado una carta manuscrita a Marita Frau, que dirigía el Centre d' Estudis Gabriel Alomar  y participaba en la organización de aquel evento. Guardo una fotocopia de esa carta entre las páginas de Rayuela. "Mi salud no es buena y de ninguna manera puedo comprometerme ahora a asistir al encuentro del mes de marzo" escribía con letra menuda pero totalmente legible.  La carta esta fechada en Paris, el 22 de  septiembre de 1983 y el 'encuentro del mes de marzo' al que aludía Cortázar eran las Jornadas Latinoamericanas que se celebraron en Mallorca en marzo del año siguiente. Murió un mes antes pero fue, igualmente, su gran  protagonista.
   El otro protagonista fue Ernesto Cardenal, que ha muerto este 1 de marzo de 2020. Le vi entrar en el Teatre Principal de Palma, donde se inauguraban esas jornadas que pretendían  debatir el presente y futuro de la cultura latinoamericana. Era una iniciativa del Centre d'Estudis Gabriel Alomar, de la Universitat de les Illes Balears  y de la emisora Radiocadena Española que, para entonces, emitía en Mallorca una programa llamado V Centenario. 
   Era por la tarde. Quien entonces estaba hablando sobre el escenario del Teatre Principal (no sabría decir, con seguridad, si se trataba de Eduardo Caldarola, un argentino que para entonces se movía mucho por Palma) interrumpió lo que estaba diciendo para anunciar que Ernesto Cardenal -que además de cura, poeta y revolucionario  era ministro de Cultura de Nicaragua en aquella época-  acababa de llegar. Y recorrió   lo que va de la entrada de la sala al escenario. Bajito, sonriendo, cogiéndose una mano con otra y levantando luego ambos  brazos unidos por las manos  a modo de saludo mientras avanzaba entre aplausos. 
  Le vi desde un palco del Principal, muy arriba. Y quizá por eso me pareció tan bajito. Si  estaba yo allí es porque (además de apetecerme mucho)  me habían encargado en el diario Baleares que estuviera allí. No me lo podía creer. Y, menos todavía, que vería  entrar a Ernesto Cardenal y que éste nombraría a Julio Cortázar.  Y tampoco me podía creer que, otro día, estuviera delante de Cardenal cuando dijo que no tendría ningún inconveniente en que los Estados Unidos enviaran observadores a Managua para las elecciones  siempre y cuando Nicaragua pudiera enviarlos a las presidenciales de noviembre de aquel año.
  Volví encantado al periódico, que agotaba sus últimos tiempos como diario del Estado. A Jaime Jiménez, que era el redactor jefe, le hizo gracia mi entusiasmo y que, prácticamente,  me ofreciera voluntario para cubrir aquel evento que duró varios días. Y le dio por llamarme sandinista y Sandino. Luego, por abreviar, se quedó en Sandi. Y todo el mundo empezó a llamarme así. Cómo me dio por sustuituir la i latina por una griega al escribirlo,  no lo sé. Pero ahí sigue, desde entonces hasta ahora, 36 años después.
  Aquellas Jornadas Latinoamericanas reunieron en Palma a  un nutrido grupo de escritores,  escritoras y  representantes políticos. No sólo Ernesto Cardenal. También  Oswaldo Soriano, Nélida Piñon o Roberto Fernández Retamar. Te podías cruzar con cualquiera  y preguntarles directamente. El cubano Fernández Retamar, que era muy alto, casi me fulmina  con la mirada cuando le pregunté por algo que había dicho el poeta disidente Valladares. Recuerdo que le llamó 'la cosa Valladares'. Entonces, como ahora, yo metía la pata. No puedo ocultar por más tiempo que en alguna información de aquellos días  escribí que en la clausura intervendría Maria Helena Olivares a la que me referí como   'cantautora' en vez de como  soprano colombiana.
   Ha muerto Ernesto Cardenal. Y yo he recuperado una parte de mi memoria  de estos tiempos para guardarla, entre otros recuerdos,  en esta 'caja de cosas'.

sábado, 26 de octubre de 2019

Una historia con Franco


La mañana del jueves 20 de noviembre de 1975 uno de los tres diarios que se editaban en Mallorca llegó a los suscriptores y muchos quioscos sin el titular ‘Franco ha muerto’. Era el Baleares, que editaba la cadena de periódicos del Movimiento. 44 años después, pasado el segundo entierro de Franco, puede ser un buen momento para recordarlo.

El Baleares es parte de mí. Me metí en esto, y ya lo he contado alguna vez, gracias a un veterano de aquel periódico. Y fue mi escuela, tanto en su última etapa como diario del Estado a pocos meses de su subasta (gobernaba ya el PSOE) como cuando lo compró Pedro Serra.

Tenía 21 años cuando me sumergí en la historia del Baleares. Fue una locura de Heliodoro Muñoz, un maestro de primaria que era entonces  su director (Franco llevaba ya casi diez años enterrado en el Valle de los Caídos) y que me encargó rebuscar en toda su historia, desde 1939 hasta entonces.

Heliodoro Muñoz echó mano de mí porque había que publicar un suplemento especial por el cierre de una época y en el periódico se vivía lo más parecido a una guerra entre periodistas de la vieja guardia y jóvenes rojos comunistas y asamblearios que pensaban que el futuro del diario, tras liquidar la cadena estatal de medios del Estado, no pasaba por su venta o su subasta sino por una cooperativa de trabajadores libres e iguales. No se fiaba de nadie para contar la historia y allí estaba yo, un recién llegado, entre dos fuegos.

Aquel encargo, además de para bucear entre las páginas de papel de 45 años del periódico, me sirvió para entrevistar a tres de sus exdirectores: Francisco Javier Jiménez, Antonio Colom y Antonio Pizá.

Jiménez intentó convencerme de que la censura no fue tan fiera como la pintaban y de que se la podía esquivar. Me explicó que las ‘consignas’ eran del tipo “destacar esto”, “no airear mucho lo otro” y cosas por el estilo. Me dijo que en su época se llegaron a editar 27.000 ejemplares entre semana y 33.000 los domingos. Pero me quede con su consejo al despedirnos: “Si puedes, continúa. Es la profesión más bonita del mundo”.

Me sorprendió mucho Antonio Colom. Era un falangista que, en 1947, quitó el yugo y las flechas de la cabecera del periódico aunque luego hubo que reponerlo. “Me acusaron de traidor a la Falange y me echaron”, me dijo. Al parecer, en uno de esos enfrentamientos entre falangistas, el general Muñoz Grandes se hizo con la secretaría general del Movimiento y se dio vía libre a que algunos diarios probaran una suerte de ‘apertura’ que pasaba por retirar símbolos y evitar utilizar la palabra ‘camarada’ en informaciones y editoriales.  A Muñoz Grandes le relevó al poco tiempo Raimundo Fernández Cuesta. Y Colom, o eso me contó, recibió un telegrama de manos del jefe provincial del Movimiento, Pardo Suárez, con su destitución por traidor. Colom se jubiló en Diario de Mallorca.

La conversación más peculiar de todas fue, sin embargo, la que tuve con Antonio Pizá, director del Baleares cuando murió Franco. A Pizá se le atribuye el momento de más brillantez del periódico y se le tiene como su gran renovador.  Volvió a quitar el yugo y las flechas de la cabecera (era ya 1974) pero apenas pudo digerir la muerte del dictador pese a sus esfuerzos por adaptarse a los nuevos tiempos políticos.

“Mucha gente empezó a preocuparse al ver aparecer hoces y martillos por las páginas del periódico pero, por otra parte, nunca se escribió nada ofensivo a Franco y su régimen aunque tampoco nada que lo perpetuara. Lo que no hice fue entregar el periódico a la UCD ya que la prensa debía ser del Estado y no del Gobierno. Tuve por ello serios problemas hasta que decidieron dedicarme a otra cosa. Y acepté de buen grado porque dirigir un periódico era una lata”, me contó y yo recogí. Pizá detallaba  cómo iban llegando jóvenes periodistas al diario y él les dejaba hacer. “Hasta me dijeron que tenía una de Bandera Roja”, añadió.

De Pizá se acuerda sin duda Rafael Maldonado Ramos, un jovencísimo periodista andaluz al que yo conocí bastantes años después. Tenía guardia en el Baleares el 20 de noviembre de 1975. Había llegado unos meses antes, después de que cerrara La Tarde de Málaga, también de la cadena del Movimiento. Estaba pendiente de que le llamaran para  la mili y su novio vivía en Madrid.  Era un joven de izquierdas al que habían enviado a Mallorca al turno de noche del periódico. Su trabajo consistía en recortar y titular teletipos.

Sólo un periodista solo (él) había en la redacción cuando llegó  por teletipo, la noticia más esperada. Hacía ya unos días que se había establecido un turno de guardias en previsión de lo que pudiera pasar. Es decir, que Franco muriera. Naturalmente, como periódico del Régimen, el Baleares tenía que ser el que llevara la información oficial más completa. Todo atado y bien atado, según el  lema de la propaganda acuñado para cumplir con las, también propagandistas, ‘previsiones sucesorias’.   A la  una de madrugada, Maldonado tomó el relevo del último periodista (uno de los veteranos) que se fue de la redacción, donde quedó  la portada ya lista . Su titular, a toda página, era ‘Sólo nos queda rezar’. Es lo que había comentado un jerifalte del Régimen, el teniente general Iniesta Cano, al salir del Hospital de La Paz donde Franco agonizaba.  No consiguió (o eso me explicó) que nadie de la dirección se pusiera al teléfono cuando llegó la noticia. “Se me ocurrió bajar al taller para que pararan las máquinas y como yo era un pringao, ni puto caso, y salió la tirada a la calle”, me contó muchas veces. Nunca olvidó aquella noche y le he recordado en estos días de informaciones instantáneas del segundo entierro de Franco. 
Cuando logró contactar ya había amanecido y los diarios estaban en la calle. Hubo que retirar los ejemplares y hacer otra edición; ésta sí con la noticia de que Franco había muerto. Aquel día, compré por primera vez un periódico. Era la Ultima Hora, su segunda edición. Y el  titular, 'Arias lloró’.

lunes, 12 de noviembre de 2018

Rosebud (Una aproximación a Pedro Serra)


Empecé a llenar esta caja de cosas sabiendo que, tarde o temprano, tendría que meter a  Pedro Serra. Y sabiendo, también, que antes de mostrar su contenido íntegro tendría que dejar pasar el tiempo o hacerlo poco a poco. Pedro Serra murió el 2 de noviembre de este año;  desde entonces se han publicado artículos de quienes le conocieron y, aunque no vaya a resultar una empresa fácil,  ya no puedo resistirme  a  compartir una primera aproximación sobre una figura clave en el periodismo balear y en el modo de entender éste y su relación con el entramado de la política y de la cultura. Y, también, sobre  lo que significa el poder y  cómo ejercerlo. Hala  pues, como dirían en Aragón.

El domingo siguiente a la muerte de Pedro Serra me pasé por  la exposición de  los 125 años de Última Hora que, coincidiendo con ese aniversario del  periódico,  ha estado abierta en el Museo de es Baluard.  Quería verla en soledad, con la mayor tranquilidad posible, sin prisas ni protocolos cargantes (días atrás la habían visitado los Reyes) y, entre paneles, portadas, vídeos, fotografías y otros elementos relacionados con la historia del  diario, intentar  captar (quizá)  alguna voz que diera respuesta a la primera pregunta que habría planteado yo  a Pedro Serra de haber tenido ocasión de hacerle una entrevista en profundidad: qué, o quién, fue su Rosebud.

‘Rosebud’, lo último que dijo Charles Foster Kane, trasunto del magnate de la prensa estadounidiense  William Randolph Hearts. Rosebud, el trineo que el Ciudadano Kane dejó abandonado en la nieve en su infancia y que, según la secuencia final de la película de Orson Welles, terminó consumiéndose en el fuego sin que nadie tuviera tiempo a rescatarlo  y descifrar su mensaje.  No hallé respuesta en es Baluard pero hay un libro que arroja algo de luz  y que vale (o a mí me lo parece)  para tirar del hilo que puede conducir  a  algo parecido a lo que pudo ser y  dónde quedó su  Rosebud, que yo creo que tiene que ver con  Sóller. Estoy hablando de un libro de Francesc Bujosa. Se titula  En diàleg amb Pere A. Serra (Lleonard Muntaner Editor, Palma 2001) y  se fundamenta en   largas conversaciones entre ambos. Las   primeras páginas se centran en la niñez  y hay un momento en que, los dos, dialogan sobre  los árboles. Pedro Serra (PS)  le cuenta que a él siempre le han gustado  y que le emociona pensar que ya daban frutos en la época de sus antepasados (curioso, tengo que comentárselo a Pepe Massot, que ha titulado  su biografía de Joan Miró, ‘El niño que hablaba con los árboles’). PS, en esas primeras páginas, también detalla que  otro  recuerdo  de su infancia es cuando  cogía  anguilas de  los torrentes.  Explica  cómo se llevaba animales vivos a casa y Bujosa, echando mano del psicoanálisis, le pregunta si no estará en esa afición  de la infancia , reunir animales vivos, lo que le llevó luego a ser coleccionista de arte. Y no lo plantea Bujosa, pero quién sabe si también de  artistas y de sus historias.

De esa parte del libro, que anoté y subrayé en su momento, lo que no he olvidado es la reflexión de PS sobre el Myotragus balearicus,  cabra u oveja balear,  especie endémica de las Islas que desapareció hace miles de años, posiblemente (según una  tesis que PS da por buena y que me parece fascinante) cuando intentaron domesticarla. Es una historia muy bonita, que me ronda la cabeza desde que la leí, y que me da mucho que pensar. Igual que una obra de teatro, El okapi –de Ana Diosdado, estrenada en 1972­-,  que incide en eso mismo y cuenta la historia de un vagabundo conocido por  Okapi (como  la   jirafa del Congo  que no puede vivir en cautividad) y  que, después de  un accidente,   va a parar a un asilo donde muere  porque no soporta el encierro. Las  dos historias, la del myotragus y la del okapi, me acompañan siempre ya que tengo muy claro que el  día que te dejas domesticar en tu vida privada o en el trabajo - y desde luego en la profesión de periodista-   estás muerto.

Bueno, que me he ido por las ramas. En lo que yo estaba, y supongo que todavía estaré un tiempo, es preguntándome qué o quién (una persona, un  objeto, una idea, una apuesta o un sentimiento) fue su Rosebud. Pedro Serra definió una vez el museo de es Baluard como “un almacén de recuerdos”. Lo contaba en una entrevista que le hicieron, en 2004, a pocos días de la  inauguración. Recuerdo que  toda la sección de Local y Cultura  de Ultima Hora se movilizó y que yo me quedé, prácticamente solo, en la redacción. Era el nuevo. Meses atrás había dejado El Mundo huyendo de Eduardo Inda, sin ninguna duda el peor director de periódico que he tenido en mi vida. Era nuevo en Última Hora pero, años antes, concretamente en 1986, me había ido  del Baleares, que  Pedro Serra se había adjudicado  por  105 millones de pesetas en  1984  (al final de un proceso de subasta cargado de emoción y que todavía no está contado del todo y al que también optó  la empresa editora de El  Día,  que no tenía otro propósito que cerrarlo)  y fue entonces  cuando hablé con él por primera vez.

Ya lo he escrito alguna vez. Fue otro periodista,  Jaime Jiménez, el que  me acompañó a su despacho y le dijo que  escribía buenos artículos de opinión. Pedro Serra, tras la mesa (y previsiblemente fumando un puro, pero no sé si eso fue exactamente así o lo he recreado con el tiempo) abrió uno de los cajones y me dijo “ves, todo esto, son artículos de opinión, me sobran, lo que yo quiero son noticias”. Y me encargó que fuera con Pedro Prieto, reportero  a quien yo tenía por experto en misses y cotilleos, al puerto ya que había que informar de la llegada de un barco. El primer paso era hablar con los prácticos. No tenía ni idea de qué era un práctico. Fue lo primero que aprendí tras aquel encargo en Ultima Hora (aunque yo trabajaba para el ‘nuevo ‘ Baleares); que existían unos tipos llamados prácticos que, al parecer,  jugaban un papel decisivo  para la entrada y salida de los barcos.

Lo que no había contado hasta ahora es otra conversación, de esas que te marcan y que siempre me ha acompañado. Yo había regresado de una sesión  del Parlament, que entonces celebraba  plenos  por la tarde. Llegué a la redacción y ya estaba puesto el titular de lo que yo tenía que contar, las fotografías y hasta los pies de foto, supongo que siguiendo indicaciones ‘de arriba’.  Escribí el texto, me hice el ofendido (eso que se nos da bien en el periodismo), musité esas palabras que nos asaltan de vez en cuando en estos casos, léase  dignidad y tal, y me despedí diciéndole a Jaime Jiménez, que siempre ejerció de director a la sombra del Baleares aunque no lo nombraran hasta 1989,  que dejaba el periódico. Jaime  me  dijo algo así como “vale, vale, muy bien  niñín, hasta mañana, descansa”. Y quedamos que, al día siguiente, iría a ver a  Pedro Serra.

Aquella noche me puse muy trascendente, como es lógico, y me hice  una lista de ‘agravios’ en la que incluí, cómo no, que estaba muy mal pagado. De hecho, el paso del Balears del Estado al de la empresa privada, supuso la rebaja a la mitad de lo que llegué  a cobrar. En los últimos meses del Baleares que editaba Medios de Comunicación Social del Estado me habían pagado una cantidad que resultaba escandalosa para un principiante ya en aquella época. Como iban a subastar el diario,  y previsiblemente cerrarlo,  su último director, Heliodoro Muñoz, nos había hecho un contrato de seis meses a tres jovencitos que pensábamos que nos comeríamos el mundo, uno de ellos mi amigo Mateu Ramonell, que ahora está en la tele. Al día siguiente vi  a Pedro Serra. De aquella reunión salí con un ‘aumento’ de 5.000 pesetas al mes a cambio de publicar cada lunes una ‘entrevista diferente’ con jugadores del Mallorca (sólo entrevisté a un tal Hassan y a un chileno conocido como ‘Pindinga’) y unas palabras que no he olvidado y que aportan una visión de quien me las dijo que no he visto reflejada  en las muchas crónicas que se han escrito sobre él: “Entiéndelos, vienen del Movimiento y están acostumbrados a obedecer”. 

Aquella etapa del Baleares fue apasionante y la recuerdo acompañada de anécdotas. No sé si contar (sí, la voy a contar) una que tiene que ver con la manera de vestir que yo tenía entonces: de negro de los pies a la cabeza. Los primeros números del  nuevo Baleares se gestaban en una reunión que se celebraba por las mañanas en el sótano de Ultima Hora. Allá se  comentaba   lo que habían publicado los demás periódicos y lo que se podía hacer ese día. En una de esas reuniones, y eso lo sé  porque me lo contaron, se habló  algo  de mi  vestimenta y hasta de la oportunidad de darme un extra para comprarme ‘un traje’. No hubo necesidad y   seguí combinando mis dos americanas de pana negras con pantalones del mismo color hasta que me cansé. Mi etapa en el Baleares, el estatal y el privado, fue inolvidable, iniciática,  y no puedo menos que recordar a una figura fundamental  de esa época, a Gabriel Ferret Sobral, ‘Sobral’, mi ácrata de cabecera, un hombre valiente donde los haya  que se encargaba de los editoriales y escribía artículos de opinión (aún los escribe, ahora en Última Hora) y que, además, me introdujo en la vida nocturna que, según ha recordado mucha gente estos días, tan relacionada estuvo con esos años del periodismo. Gracias a ‘Sobral’ conocí a David y a Emi Fernández Miró que, a su vez, también me descubrieron detalles y vivencias que  me ayudan  a llenar  esta caja de cosas que abro de vez en cuando.
Estos días se han publicado muchos artículos. En casi todos, como hago yo en este escrito, suele recordarse la primera vez que el  autor o autora habló con Pedro Serra o  bien (como gesto de aparente distanciamiento)  se inician  con ‘Nunca he hablado con Pedro Serra’. De todos los que se han escrito hay dos que, en mi opinión, destacan sobre los demás y que, cruzándolos o en una lectura superpuesta, ayudan a conocerle. Uno es de Javier Mato. Lo publicó El Mundo y se titula ‘Pere Serra, un hombre imponente’. El otro es de Pedro Comas, que dejó la dirección de Última Hora en 2014, y se llama ‘Aprendimos a ser periodistas’. No lo firma como consejero editorial sino como ‘redactor y director de Última Hora con Pedro Serra’.
Quédense con esos dos artículos  y de ahí escarben, que es la única manera de ejercer el periodismo, también en esta era absurda de las redes sociales donde lo que manda es la inmediatez. De todos modos, y  ya cierro esta caja de cosas, el mejor artículo sobre Pedro Serra y lo que ha sido Última Hora lo escribió el propio Pedro Serra. Es la necrológica que publicó en julio de 1999 tras la muerte de Paulí Buchens. Se llama ‘Paulí y el Parc de la Mar’.
El artículo alude a la primera vez que Pedro Serra habló con él  e incluye el siguiente párrafo que no me resisto a reproducir:  “Recuerdas, Paulino, cuando nos conocimos. Tú acababas de estrenar la alcaldía de Palma, convirtiéndote en el alcalde más joven de España. Yo acababa de estrenar mi presencia en Última Hora. Entonces me sentía un ‘enfant terrible’  y deseaba con mi primer diario en castellano ser fuerte, independiente e insobornable. El día que, contra todo pronóstico, fuiste nombrado alcalde, Última Hora te dio un buen varapalo, que yo mismo escribí, debido a que no nos quisiste ofrecer –con buen criterio político, debo confesar y lo confieso-  una entrevista en exclusiva. No te enfadaste, más bien me visitaste en los sórdidos sótanos de mi despacho del Paseo Mallorca donde se imprimía el diario. Allí, creo, empezó una larga, segura y firme amistad”.

Sobra todo lo demás que pueda escribirse.

sábado, 15 de septiembre de 2018

Los anuncios de prostitución desaparecerán de los periódicos


Tarde o temprano (creo yo que temprano) los anuncios de prostitución, también llamados de ‘contactos’ o ‘relax’ en esta jerga  que utilizamos para mirar a otro lado sin sobresaltarnos, desaparecerán de los periódicos de información general.  Hay medios que ya los han retirado y hasta han hecho bandera de su decisión. No sólo El País. También en Baleares  otros periódicos hicieron esa apuesta: el Periódico de Ibiza y Formentera y, antes, el Diari de Balears.

 Es cierto que no siempre una decisión así responde al convencimiento de que la publicación de ese tipo de reclamos se aproximaría mucho, en mi opinión, a la esfera del proxenetismo. Es igual, tanto da que el primer paso para que algo cambie sea una cuestión ideológica, un compromiso moral, una apuesta deontológica, una apuesta por la igualdad y los derechos  o una  estrategia comercial. Lo  relevante es que una empresa de comunicación llegue a la conclusión  de que es mejor presumir no de no llevar este tipo de anuncios que de llevarlos. Y  que hasta  considere que, sin llevarlos,  gana en influencia y cotización.

El Gobierno de Baleares, que preside una mujer socialista, Francina Armengol, está dando vueltas y revisando con lupa una iniciativa legislativa  presentada por una diputada que fue expulsada de Podemos (Montserrat Seijas, del Grupo Mixto) que tiene un título muy claro: Proposición no de ley para  erradicar los anuncios de prostitución de los medios de comunicación de ámbito autonómico. La iniciativa secunda un  llamamiento del Consejo de Europa para “proteger, prevenir y eliminar todas las formas de violencia machista”; constata que “la prostitución es la máxima expresión del patriarcado y una de las más crueles” y recuerda que presentar a la mujer como  mercancía a través de los medios de comunicación es algo que ya han rechazado otras comunidades autónomas.

El Parlament de las Islas ha aprobado esta legislatura una ley de Igualdad  en la que, de una manera que no es fácil explicar, ha quedado  fuera este asunto, algo que una norma  similar  valenciana sí desarrolló. Ahora, el actual Govern balear, no tiene claro (de hecho hay voces en contra) que la publicidad, o la supresión  de ésta, deba utilizarse como forma de presión. Entiende que, sin el aval de una ley estatal, es imposible privar a un medio de publicidad institucional, ya sea  por sus contenidos o por su sección de anuncios. E intenta apostar por otras fórmulas. Por ejemplo, una política de incentivos y que este asunto no se limite sólo a ámbito publicitario.

Más allá de su  exposición de motivos, los dos puntos de la proposición no de ley inicial , y que está sujeta a modificaciones, van dirigidos a   “que  el Govern recomiende a los medios de comunicación autonómicos (digitales e impresos)  que eliminen estos anuncios por el bien del interés general” y “que desde el Govern no se emita publicidad de la CAIB [Comunidad Autónoma de las Islas Baleares] en los medios de comunicación que no eliminen esta práctica publicitaria, así como no se permitan subvenciones a los medios de comunicación que no erradiquen los citados anuncios”.

La izquierda, cuando gobierna, se sumerge  a veces  en curiosos  debates y peca en ocasiones de purismo excesivo. Luego sucede, como ocurrió  cuando  el Gobierno de Aznar, que termina siendo el PP quien suprime el servicio militar obligatorio o el que llega a acuerdos con quienes, hasta un cuarto de hora antes de necesitarles para desbancar al PSOE, iban  a romper España.

Con este asunto, en si se debe acabar y  cómo  con el anacronismo que supone este tipo de publicidad y en qué medida  la Administración debe comprometerse a fondo (incluso evitando la publicidad en esos medios) podría ocurrir  otro tanto si no se aborda desde todos los puntos de vista. Aparentemente la izquierda que gobierna  sabe lo que quiere pero no sabe cómo conseguirlo. O no se atreve a dar el paso. Eso es muy de la izquierda.

La proposición no de ley, en su redacción actual u otra, se aprobará. Los grupos de la mayoría y también el Govern se han cruzado  diferentes textos y es una buena señal que la diputada socialista Silvia Cano, que se ocupa de Igualdad,  se  encargue  de refundir la propuesta inicial con lo que el Ejecutivo de las Islas considera  que está en su mano hacer.  Pero el debate no es sólo político; en el otro lado de la historia, están los medios de comunicación. Parece  claro que todo está cambiando en su universo,  también la manera de enfocar la realidad, no únicamente en este asunto.  Y como todo ocurre tan deprisa, o te enfrentas a la ola de la realidad y el cambio de valores o  te subes a ella y te dejas llevar.  Es mi aportación al debate y la guardo en esta cajadecosas.

sábado, 4 de agosto de 2018

Un apunte sobre Última Hora


Este año se cumplen 125 de la Última Hora y creo que ya no puedo seguir aplazando más el momento de hacerle un hueco en esta ‘cajadecosas’ que,  alguna vez, tendrá que salir de este blog. Cada año por estas fechas le doy vueltas a la idea de ordenar estos escritos para que tengan vida propia fuera de aquí. También éste, en que se cumplen 125 de la publicación del  primer número del periódico. Si no le dedico un texto, aunque sea breve y a modo de  declaración de intenciones, no podré seguir adelante con otras historias.
La Última Hora cumple 125 años y, por eso, 2018  está siendo un año de conmemoraciones.  Reproducciones de algunas portadas, desde la primera  del 1 de mayo de 1893  a otras más recientes, salieron a las calles de Palma y para final de año se anuncia una exposición. Casi toda la primera página de aquel  primer número  lo  ocupa un texto titulado  ‘A nuestros lectores’, va firmado por ‘La Redacción’ y termina con unas palabras de las que he decidido apropiarme y convertirlas en santo y seña: “Si ponemos algo de nuestra parte, aunque no sea más que la pequeñez de lo poquísimo que valemos, ya será lo bastante para quedar recompensados nuestros afanes y vigilias”.
  El director actual de Ultima Hora, Miquel Serra, se refirió  a ese texto -en el suplemento conmemorativo que se distribuyó el  1 de mayo de 2018-  como “el artículo editorial más humilde que jamás se habrá publicado en el alumbramiento de un diario”. Y precisaba   que, aunque firmado por ‘La Redacción’, lo había escrito de su puño y letra el fundador y primer director, José Tous  Ferrer.
  El día 11 de enero, que fue cuando se celebró la gala inaugural de este año de conmemoraciones, hubo un concierto en el Teatre Principal y el programa de mano fue, precisamente, un pliego con la reproducción facsímil del primer número del diario. Nekane me guardo uno y me lo dio al día siguiente. Sabe cómo me gustan los papeles impresos  y, también, sabe de esta ‘cajadecosas’ y de mi empeño por ir llenándola con historias sobre periodismo y periódicos. Al  hilo del aniversario  y después de haber visto la película conmemorativa del nacimiento del periódico, ya no puedo seguir aplazando más la idea de escribir de Ultima Hora (que ya ha perdido el ‘la’ con el que nació pero  casi todo el mundo sigue diciendo  ‘la Última Hora’) aunque sea sólo con alguna pincelada que más adelante tendré que completar. Es que yo trabajo en Ultima Hora, me había olvidado de anotarlo y, por eso, me cuesta un poco más observarla desde la  distancia que he puesto de por medio al encarar  otras historias.  Supongo que este 125 aniversario, que coincide con los lamentos sobre la muerte del modo en que entendimos el periodismo y sobre el fin del papel, con la locura de las redes sociales, con la necesidad de revisar (y darle la vuelta) al modo en que los medios han tratado a  las mujeres  y con la desmovilización  vergonzante de la profesión a la hora de reivindicar sus derechos laborales,  puede dar pie a intentarlo.
  Empecé como redactor de Ultima Hora en 2003 pero conocía el diario desde  antes. Tanto como lector (el primer ejemplar  que tengo constancia de haber comprado fue el de la segunda edición del 20 de noviembre de 1975 y que llevaba como titular  principal ‘Arias lloró’, aludiendo al discurso que el presidente del Gobierno de entonces había pronunciado aquella mañana por televisión para comunicar la muerte de Franco) como más adelante, en 1984 , de  visitante ocasional del sótano del  Paseo Mallorca del que salieron los primeros números del diario Baleares después de que Pedro Serra  y otros empresarios  se hicieran  con la cabecera que antes editaba el Estado. Fue otro periodista,  Jaime Jiménez,  quien me acompañó a su despacho y le dijo que yo  escribía buenos artículos de opinión. Pedro Serra, tras la mesa (y previsiblemente fumando un puro, pero no sé si eso fue exactamente así o lo he recreado con el tiempo) abrió uno de los cajones y me dijo “ves, todo esto,  son artículos de opinión, me sobran, lo que yo quiero son noticias”. Y me encargó que fuera con Pedro Prieto, reportero  a quien yo tenía por experto en misses y cotilleos, al puerto ya que había que informar de la llegada de un barco. El primer paso  era  hablar con los prácticos del puerto. No tenía ni idea de qué era un práctico.  Fue lo primero que aprendí tras aquel encargo en  Ultima Hora (aunque yo trabajaba para el nuevo  Baleares);  que existían unos tipos llamados prácticos que, al parecer,  jugaban un papel fundamental para la entrada y salida de los barcos.

A Última Hora me incorporé formalmente en abril  de 2003, cuando  su redacción ya estaba al otro lado del Paseo Mallorca, en el edificio que había ocupado  el Baleares. A finales del año anterior había dejado El Mundo huyendo de Eduardo Inda  gracias a una oferta de baja incentivada  y andaba dándole vueltas a una biografía, que dejé a medias,  sobre un pionero del turismo de origen belga  con una historia tan interesante que daba para una novela. Creo que Joan Buades,  autor de Crui. Els portadors de la torxa (Edicions Aïllades,  Eivissa, 2016 en su primera edición) tuvo que conocerle y hablar más de una vez con él para tejer su  historia sobre  nazis y turistas.

No estaba todavía yo en Ultima Hora la tarde del 17 de julio de 1995 que fue cuando debió decidirse  una ‘primera’  que me persigue desde que la vi publicada al día siguiente, y a la que ya he aludido en otras ocasiones, que llevaba este titular: “Al fin, Cañellas se va”. Lo sorprendente de aquel titular, con una coma impresa que nadie respetó al leer, no era tanto que el presidente del Govern hubiera renunciado a su cargo como las palabras mágicas que el diario utilizaba para enmarcar la noticia del día, del año y de la década: ‘Al fin’. Los titulares nunca son inocentes ni gratuitos, sobre todo los que aluden a grandes historias, y la marcha de Cañellas lo era. Aquel ‘Al fin Cañellas se va’ (ignoremos la coma que podría dar a entender que tras varios días de duda, el presidente  había decidido irse) era el reconocimiento oficial del final  de una época. Hacía tiempo que todos los poderes de las Islas (y no sólo ese que se dio en llamar ‘cuarto poder’) esperaban gritar ‘Al fin’. Y Última Hora lo gritó.

 No hay duda que Ultima Hora es muy peculiar. En el fondo, y en la forma. Por ejemplo, y por recordar  algo  que me viene ahora a la cabeza y que me llamó mucho la atención desde el primer momento, por las cosas que sucedían en la Redacción. Según a qué horas, yo recuerdo las de la tarde, llegaban  visitas que rompían  con la cotidianidad habitual.  A veces eran las ‘vermadoras’ de Binissalem, que incluso venían con el alcalde; otras veces,  una tuna (que cantaba)   y, otras,   las ‘misses’, que luego se paseaban por la Redacción.  (...)  No sé si Última Hora debe de ser el único periódico de España  que todavía informa de ‘misses’ (...)  pero sí que cuando apostó por ser un diario popular a imitación de los tabloides británicos fue una de sus señas de identidad. De aquel cambio se recoge  bastante en la película del  125 aniversario, igual que del impacto que tuvo la portada con el titular ‘Todo sube’ (1 de agosto de 1974), aludiendo al incremento del precio del pan, del café y los transportes, y que marcó el inicio de la nueva etapa. Manolo Cámara, comunista y sindicalista, me  contó una vez la historia de otra portada con un titular a toda plana: “¿Dónde está Manolo Cámara?”. Eran los primeros años de la Transición, le habían detenido y nadie sabía de él. Me explicó que su  familia y compañeros se movilizaron y que Última Hora se imprimió con esa pregunta en portada. Y que  le dejaron en libertad esa misma mañana.

  (Y vale por hoy. El mundo, tu día a día, tu vida y tu trabajo te lleva a hacerte preguntas y a señalar contradicciones. Cuando puedes parar, pongamos que en unos días de un caluroso verano, te das cuenta. Trabajar en un periódico te obliga a una revisión constante de todo. También del oficio de periodista. Es lo que intento en esta ‘cajadecosas’)


jueves, 26 de abril de 2018

El escaparate de Inda al hilo de 'lo de Cifuentes'




(No tengo una buena consideración del modo en que Eduardo Inda entiende el periodismo.  Este texto forma parte de un proyecto más amplio que surgió de uno de los primeros escritos que incluí en esta 'cajadecosas' y que luego ha ido creciendo. Lo hago público ahora parcialmente aprovechando la dimisión de la presidenta de la comunidad de Madrid después de que el digital OKdiario difundiera un vídeo de cuando fue descubierta años atrás  llevándose dos botes de crema de un supermercado) 


 El escaparate de Inda

 La mayoría de la gente supo de Eduardo Inda (Pamplona, 1967) después de dejar la dirección de El Mundo/El Día de Baleares y regresar a la edición de Madrid tras  haber pasado por la dirección del Marca. La mayoría de la gente supo de Inda cuando simultaneó sus trabajos en El Mundo y su presencia en tertulias de la tele, sobre todo en la tertulia de aquel programa de La Sexta, el de los sábados por la noche, que vino a ser como una versión política del Sálvame de Tele 5. Dejó El Mundo, inmediatamente después de Pedro J. Ramírez, y fundó OK Diario, un digital creado a su imagen y semejanza y desde el que se dedicó a atizar a Podemos y a todo aquello que le pareció conveniente. En julio de 2017, un documental, Las cloacas de Interior (dirigido por Jaume Roures y con guión de Jaume Grau) le situó como un correveidile de los intereses de las tramas ocultas de poder. El 25 de abril del año siguiente vivió uno de sus momentos de gloria con la difusión del vídeo que forzó la dimisión de la presidenta de la comunidad de Madrid, Cristina Cifuentes.

Inda se hizo con la dirección balear de El Mundo en 2002, cuando sustituyó a Luis F. Fidalgo después de un cambio de calado, que él mismo justificó en su primer artículo, que también afectó a la gerencia del periódico. Las referencias sobre Eduardo Inda no podían ser peores. Antes de desembarcar en El Mundo/El Día de Baleares, que se editaba en Palma, había dirigido la edición del periódico en Eivissa. Esa edición, no era en puridad una delegación de El Mundo de Pedro J. Es decir, que no formaba parte del proyecto fundacional del diario, quizá ni siquiera encajaba. Era un periódico montado por un sector del PP en las Pitiusas y empresarios turísticos de la Isla contrarios, de hecho, a algunos de los postulados que El Mundo decía defender en su línea editorial. Desde el principio, eso sí, fue un periódico contrario a la mayoría de izquierdas que entonces gobernaba en Baleares y especialmente anti Pilar Costa, presidenta del Consell de aquella Isla, pese a que ni al PP ni a los empresarios ibicencos que financiaron el proyecto les gustó el estilo de la nueva cabecera.
Lo que hacía el periódico –sin el apoyo, cuando no con la oposición, de la dirección de Mallorca- era trasladar el estilo “agresivo” que el diario de Pedro J. utilizó en la última etapa de Felipe González. A falta de escándalos sonados como los Gal, Ibercorp o los papeles del Cesid, hubo que recurrir a otros asuntos más de andar por casa que desconcertaron, incluso, a los patronos del proyecto y a sus valedores políticos. El propio líder del PP, el entonces coordinador del partido, Josep Juan Cardona (condenado años después a la pena más larga de cárcel por un caso de corrupción que se ha dictado nunca en Baleares) llegó a quejarse de que Inda pretendiera marcarle cómo debía ser su estrategia política y parlamentaria. El Mundo sacaba un tema y el PP debía llevarlo al Parlament. Estas cosas funcionan así. Sobre todo si se habla de información política.

Quizá se debiera a su carácter peculiar, quizá a la tupida red de intereses, a las complicidades que da el hecho de ser Islas o la cultura mediterránea. Lo que, en aquellos años, parecía bastante claro es que había  un tipo de periodismo que podía  tener éxito en Madrid y que no funcionaba  ni en Cataluña ni en Baleares. En Cataluña, el nacionalismo de Pujol supo aprovecharse bien de la forma de ser catalana y nadie, durante años y años, y hasta después de dejar la Generalitat, se atrevió a salirse del guión aceptado por todos los medios. Con la idea de romper este estilo, tan propio de Baleares, llegó Inda; primero a Eivissa y luego a Palma.

Aparentemente, la estrategia del director no iba ni con el 'espíritu balear' del momento (recién empezado el siglo XXI)  ni siquiera con el ibicenco. Titulares agresivos, grandes historias sobre noticias que no lo eran, explotación diaria de asuntos que se habían agotado (a veces desmentido) el mismo día de su publicación, afortunada elección de frases pegadizas para mantener vivos los temas, como “la web del Govern que enseña a drogarse” para referirse al patrocinio desde la Conselleria de Bienestar Social de una web sobre toxicomanías, marcaban el día a día. Ese asunto, “la web del Govern que enseña a drogarse”, se convirtió en una cruzada personal de Inda. La verdad es que, por la novedad del estilo, la gente hablaba de El Mundo e incluso se seguían las noticias. Hasta algún líder político llegó a ver útil el estilo  del diario en Eivissa, aunque no fueran precisamente los políticos del PP. “Es mi cruz” comentó el entonces ministro Jaume Matas a quien (en teoría), el periódico, debía allanarle el regreso a la presidencia del Govern en las siguientes elecciones de 2003.
Paradójicamente, el político con quien mejor relación llegó a tener Eduardo Inda fue el diputado verde Joan Buades. A ambos les unía la crítica feroz a la presidenta insular, Pilar Costa a quien el director bautizó como “la jefa”. La primera vez que Joan Buades visitó la redacción del diario en Eivissa se extrañó mucho de ver colgadas en las paredes páginas con su foto y anotaciones a mano al estilo de “muy bien, Joan”, “dales” y cosas por el estilo.
El director lo comentó un día: “A mí no me interesa ni el PP, ni el PSOE, ni ningún partido, lo que yo quiero son titulares que vendan”. Por eso daba varias vueltas de tuerca a los titulares. Los titulares (con muy buen criterio, por cierto) eran la obsesión de Inda. Lo tenía bastante claro y una vez lo explicó así: de nada te sirve tener la mejor tienda de diseño sin un buen escaparte.

No es que la teoría fuera mala.  Es que no la supo aplicar. Con la distancia, cuando se pueda analizar El Mundo de Inda (sobre todo el de Mallorca) habrá que señalar dos características que fueron las que llevaron, entre otras causas a la desmotivación (y finalmente abandono) de una parte de la, en general, muy excelente Redacción: el desprecio a los matices y la desconfianza en el producto final.
La gente de la Redacción lo debatió mucho, sobre todo en los días previos a la “fuga”. La dinámica de los periódicos es perversa. O te implicas o no te implicas y si te implicas puedes terminar por asumir todo lo que venga. El Mundo nunca llegó a publicar una mentira total. Lo que sucede es que no publicar una mentira no es sinónimo de publicar la verdad. La dinámica del trabajo en las redacciones te lleva a aceptar ese hecho. Un titular, se dice, es la interpretación de un texto pero nunca cabe en un titular todo lo que se quiere decir y el titular debe resumir. El famoso escaparate. Lo que ocurre es que, cuando en un escaparate se da el mismo valor a todos los productos, cuando no se distinguen ni se ordenan, se termina por no saber qué es lo que se quiere vender. Con el auge posterior de las redes sociales (pero eso ya excede a este capítulo) todas las noticias pasaron a tener el mismo valor.
Atendiendo sólo a los presuntos gustos del público, la calidad es imposible. En las páginas de un periódico –una perversa herencia de las televisiones- pueden aparecer correlativamente noticias como el asesinato de una mujer, la eliminación o el triunfo de un lugareño en un concurso de la televisión, la última intervención del presidente del Gobierno o los datos del paro. Eso fue lo que le pasó a El Mundo donde, además, a la hora de los análisis todo se dividía en buenos y malos. Y los malos, en general eran siempre los mismos. Sin matices.

En Agosto de 2002 –tras la salida paralela del anterior director y del gerente, que sólo se explicaría algún tiempo después- Eduardo Inda desembarcó en Palma. Antes había ocurrido algo. El periódico había editado uno de esos suplementos conmemorativos de algún aniversario. El artículo que, desde Eivissa, había escrito el futuro director, no salió tal y como lo había escrito. Inda se indignó y envío un duro correo electrónico a Fidalgo, explicando que nunca le había sucedido algo así. Sólo que aquel correo, intencionadamente o no, no lo recibió únicamente su destinatario, sino que llegó a todos los buzones del periódico.
Su primer artículo como director, firmado, el 18 de agosto en su columna semanal Los Puntos sobre las Ìes, llevaba por título 'Vientos de Cambio 'y en él avanzaba que “Seguiremos siendo, con más intensidad si cabe, el pepito grillo de la sociedad balear, el altavoz de lo que otros callan”.
Leído así (y como ocurre siempre con los textos genéricos), parecía una excelente declaración de principios pero quedaba claro que era el inicio de una etapa, más crítica que hasta entonces, con el Govern de izquierda, que se sostenía gracias a UM, y los gobiernos insulares. Aquel artículo incluía un ‘aviso para navegantes’, que se iba a exigir un reparto diferente del pastel publicitario. En un primer momento, Inda concitó incluso, el apoyo de Antoni Alemany, el primer director del diario cuando sólo se llamaba El Dia y que, en un artículo que posiblemente hoy no escribiría, llegaba a referirse a Inda como una “apuesta que me gusta”; defendía supuestas virtudes que otros no habíamos visto y auguraba que “de entrada aportará al periódico sus 34 años, es decir audacia, dinamismo y frescura”. Afirmaba que “ha despertado grandes esperanzas y expectativas”, que tendría que confirmarlas y concluía “Eduardo Inda lo tiene todo para comerse el mundo”.
Luis F.  Fidalgo, que había llegado al periódico para relevar Basilio Baltasar en abril de 1995, anunció que se tomaba un año sábatico. Terminó plenamente integrado en la sociedad balear y encargado de la imagen de la Corporación Financiera Alba, del Grupo March.
Inda llegó a la dirección en agosto y yo me marché octubre. Fue una salida pactada. Aparentemente, todo el mundo quería marcharse del El Mundo y una veintena de personas de todos los departamentos nos acogimos a un despido incentivado. Los de la ‘central’ no podían creer lo que estaba pasando. En lugar de luchar por continuar, luchábamos por marcharnos. En 2007, Inda dejó la dirección y volvió a asumirla Tomás Bordoy, que ya ocupó ese puesto cuando el periódico se llamó El Día 16.