La mañana del
jueves 20 de noviembre de 1975 uno de los tres diarios que se editaban en
Mallorca llegó a los suscriptores y muchos quioscos sin el titular ‘Franco ha
muerto’. Era el Baleares, que editaba la cadena de periódicos del
Movimiento. 44 años después, pasado el segundo entierro de Franco, puede ser un buen
momento para recordarlo.
El Baleares
es parte de mí. Me metí en esto, y ya lo he contado alguna vez, gracias a un veterano de aquel periódico. Y
fue mi escuela, tanto en su última etapa como diario del Estado a pocos meses
de su subasta (gobernaba ya el PSOE) como cuando lo compró Pedro Serra.
Tenía 21 años
cuando me sumergí en la historia del Baleares. Fue una locura de Heliodoro
Muñoz, un maestro de primaria que era entonces
su director (Franco llevaba ya casi diez años enterrado en el Valle de
los Caídos) y que me encargó rebuscar en toda su historia, desde 1939 hasta
entonces.
Heliodoro
Muñoz echó mano de mí porque había que publicar un suplemento especial por el
cierre de una época y en el periódico se vivía lo más parecido a una guerra
entre periodistas de la vieja guardia y jóvenes rojos comunistas y asamblearios
que pensaban que el futuro del diario, tras liquidar la cadena estatal de
medios del Estado, no pasaba por su venta o su subasta sino por una cooperativa
de trabajadores libres e iguales. No se fiaba de nadie para contar la historia
y allí estaba yo, un recién llegado, entre dos fuegos.
Aquel
encargo, además de para bucear entre las páginas de papel de 45 años del periódico,
me sirvió para entrevistar a tres de sus exdirectores: Francisco Javier
Jiménez, Antonio Colom y Antonio Pizá.
Jiménez
intentó convencerme de que la censura no fue tan fiera como la pintaban y de
que se la podía esquivar. Me explicó que las ‘consignas’ eran del tipo
“destacar esto”, “no airear mucho lo otro” y cosas por el estilo. Me dijo que
en su época se llegaron a editar 27.000 ejemplares entre semana y 33.000 los
domingos. Pero me quede con su consejo al despedirnos: “Si puedes, continúa. Es
la profesión más bonita del mundo”.
Me sorprendió
mucho Antonio Colom. Era un falangista que, en 1947, quitó el yugo y las
flechas de la cabecera del periódico aunque luego hubo que reponerlo. “Me
acusaron de traidor a la Falange y me echaron”, me dijo. Al parecer, en uno de esos
enfrentamientos entre falangistas, el general Muñoz Grandes se hizo con la
secretaría general del Movimiento y se dio vía libre a que algunos diarios
probaran una suerte de ‘apertura’ que pasaba por retirar símbolos y evitar
utilizar la palabra ‘camarada’ en informaciones y editoriales. A Muñoz Grandes le relevó al poco tiempo
Raimundo Fernández Cuesta. Y Colom, o eso me contó, recibió un telegrama de
manos del jefe provincial del Movimiento, Pardo Suárez, con su destitución por
traidor. Colom se jubiló en Diario de Mallorca.
La
conversación más peculiar de todas fue, sin embargo, la que tuve con Antonio
Pizá, director del Baleares cuando murió Franco. A Pizá se le atribuye el
momento de más brillantez del periódico y se le tiene como su gran renovador. Volvió a quitar el yugo y las flechas de la
cabecera (era ya 1974) pero apenas pudo digerir la muerte del dictador pese a
sus esfuerzos por adaptarse a los nuevos tiempos políticos.
“Mucha gente
empezó a preocuparse al ver aparecer hoces y martillos por las páginas del
periódico pero, por otra parte, nunca se escribió nada ofensivo a Franco y su
régimen aunque tampoco nada que lo perpetuara. Lo que no hice fue entregar el
periódico a la UCD ya que la prensa debía ser del Estado y no del Gobierno.
Tuve por ello serios problemas hasta que decidieron dedicarme a otra cosa. Y
acepté de buen grado porque dirigir un periódico era una lata”, me contó y yo
recogí. Pizá detallaba cómo iban
llegando jóvenes periodistas al diario y él les dejaba hacer. “Hasta me dijeron
que tenía una de Bandera Roja”, añadió.
De Pizá se
acuerda sin duda Rafael Maldonado Ramos, un jovencísimo periodista andaluz al que yo
conocí bastantes años después. Tenía guardia en el Baleares el 20 de noviembre
de 1975. Había llegado unos meses antes, después de que cerrara La Tarde de
Málaga, también de la cadena del Movimiento. Estaba pendiente de que le
llamaran para la mili y su novio vivía
en Madrid. Era un joven de izquierdas al que
habían enviado a Mallorca al turno de noche del periódico. Su trabajo consistía
en recortar y titular teletipos.
Sólo un
periodista solo (él) había en la redacción cuando llegó por teletipo, la noticia más
esperada. Hacía ya unos días que se había establecido un turno de guardias en
previsión de lo que pudiera pasar. Es decir, que Franco muriera. Naturalmente,
como periódico del Régimen, el Baleares tenía que ser el que llevara la
información oficial más completa. Todo atado y bien atado, según el lema de la propaganda acuñado para cumplir
con las, también propagandistas, ‘previsiones sucesorias’. A la
una de madrugada, Maldonado tomó el relevo del último periodista (uno de
los veteranos) que se fue de la redacción, donde quedó la portada ya lista . Su titular,
a toda página, era ‘Sólo nos queda rezar’. Es lo que había comentado un
jerifalte del Régimen, el teniente general Iniesta Cano, al salir del Hospital
de La Paz donde Franco agonizaba. No
consiguió (o eso me explicó) que nadie de la dirección se pusiera al teléfono cuando llegó la noticia. “Se me
ocurrió bajar al taller para que pararan las máquinas y como yo era un pringao,
ni puto caso, y salió la tirada a la calle”, me contó muchas veces. Nunca
olvidó aquella noche y le he recordado en estos días de informaciones instantáneas del segundo entierro de
Franco.
Cuando logró
contactar ya había amanecido y los diarios estaban en la calle. Hubo que
retirar los ejemplares y hacer otra edición; ésta sí con la noticia de que Franco había muerto.
Aquel día, compré por primera vez un periódico. Era la Ultima Hora, su segunda
edición. Y el titular, 'Arias lloró’.
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