domingo, 12 de febrero de 2023

Por qué (parece que) gobernará la derecha

Igual me equivoco, pero después de las próximas elecciones gobernará la derecha. En Baleares, tras las autonómicas y en España, tras las generales. Sí, es posible que esa inevitabilidad, esa percepción que muestran la mayoría de encuestas, vaya en contra de toda lógica y de cualquier observación pausada de la realidad. Pero es que la lógica, y también la observación pausada de la realidad (esa que te permite llegar a conclusiones después de formular y responder una serie de preguntas) han dejado de ser opciones preferentes para el análisis de lo que sucede. Este escrito va, sobre todo, de preguntas, equivocadas o no.

   Podría parecer que los gobiernos del PSOE, en coaliciones plurales en muchas comunidades autónomas y en una coalición inédita a dos, izquierda con izquierda, por lo que se refiere al Ejecutivo estatal, han conseguido, en buena medida, mostrar que hay margen para hacer las cosas de otra manera. Sin duda gracias al contexto global y a la pandemia que se quedará como elemento definitorio del inicio de los años veinte de este siglo. ¿Qué reflejo tendrá eso en las votaciones que vienen?, ¿tendrá alguno?

   La mayoría de decisiones del Gobierno estatal (asumidas y replicadas por los autonómicos de su mismo color político con alguna matización para consumo interno) han ido en línea con las de otros gobiernos de Europa y con la socialdemocracia. Con la socialdemocracia clásica,  de sustancia  ideológica, y con la socialdemocracia ‘nueva’ de la posmodernidad; esa a la que se ha subido el capitalismo para sobrevivir. Nadie, salvo la extrema derecha en sus diferentes versiones, cree ya que el capitalismo liberal, salvaje e insolidario tenga alguna posibilidad si no se asoma  al armario de la izquierda y toma  de aquel lo que le venga bien para la ocasión.  El capitalismo y su equipaje ideológico se mantiene porque le ha convenido acogerse a  las recetas de lo que dice combatir. Pero en lugar de proclamarlo a los cuatro vientos, ha preferido ‘hacerse el sueco’ (en el sentido con la que se utiliza en español esa expresión,  pero también, y con la boca pequeña, asumiendo, a su pesar, posiciones teóricas de la izquierda sin llegar a admitirlo).

   ¿Hay alguna razón que, desde el punto de vista teórico, justifique un cambio de mayorías? Es posible que sea  el agotamiento y la natural insatisfacción permanente que tan bien agita el populismo, muchas veces con inexactitudes, mentiras y, cómo no, eso que llamamos ‘fake news’ (y que son las mentiras de siempre o el retorcimiento de los hechos), tan útiles para construir relatos paralelos. Aunque el populismo se coló en España hace unos años de la mano de la  izquierda, la derecha es ahora consumada experta a la hora de agitarlo.

   ¿Que ha pasado?, ¿por qué ha sucedido todo eso? ¿de quién es la responsabilidad?, ¿de la propia izquierda?, ¿de la clase política en general?, ¿no sólo de la clase política?, ¿también de las organizaciones sociales y económicas y de los medios de comunicación?, ¿cómo ha gestionado este Gobierno (el de Baleares) su relación con los medios?, ¿cómo han gestionado los medios su relación con el Gobierno?, ¿a quién culpará la izquierda cuando no gobierne después de haber tomado unas medidas económicas y armadas ideológicamente  que, en cualquier circunstancia, tendría que haberle llevado a repetir mayorías en una elección de ámbito estatal?, ¿a quién culparán los medios que vinculan su supervivencia a dejarse llevar por el momento?, ¿presenta el caso balear alguna excepcionalidad en relación a lo que ocurre en otras comunidades donde también gobierna  la izquierda?, ¿sabe la gente lo que vota cuando vota? , ¿se equivoca cuando vota?, ¿se hablará de todo eso en las campañas o se tirará sólo de argumentario? ¡Hay tanto en juego más allá de un relevo político! Y no sólo en el tablero de los partidos políticos.

domingo, 7 de agosto de 2022

Diatriba estival contra todo

 

El verano de 2022, el tercero después de la pandemia, fue un verano de mucho calor. Y también de mucha tontería. A menos eso se deprendía de las polémicas que aparecían como setas en días de lluvia (aunque lloviera más bien poco o nada) ya fuera como consecuencia de decisiones del presidente del Gobierno, que luego se arrastraban por las redes sociales, las televisiones, los comentarios de calle y los periódicos, o por situaciones que no se sabía bien cómo habían aparecido: por ejemplo, una extraña psicosis ante el desabastecimiento de hielo por el calor que estaba haciendo. Era como para temerse que, en cualquier momento, alguien se quejara de que el Gobierno no estaba haciendo nada o, lo que es peor, que al Gobierno se le ocurriera hacer algo; quién sabe qué, quizá regular el uso de los cubitos. Unos meses después, al año siguiente en realidad, se celebraban elecciones. Unas iban a ser de ámbito autonómico, como las que se habían celebrado en algunas comunidades autónomas aquel año, y otras, de carácter estatal. Ese año, el tercero después de la pandemia, había sido también el de la invasión de Ucrania por Rusia. El presidente ruso, Putin, quiso recuperar el viejo zarismo –o el viejo comunismo, según quién interpretara- y eso había llevado a un escenario como muy de otro siglo. Era posible recrearse en comparaciones con tiempos pasados echando mano de los Diarios de Stefan Zweig o de su libro El mundo de ayer.  Aquella invasión, contrariamente a lo que habían previsto los primeros análisis, incluso de personas generalmente bien informadas y relacionadas con el mundo de la política internacional y de la diplomacia (en Mallorca se celebró una reunión de diplomáticos para  rememorar el contubernio de Munich pocos días después del inicio de la operación bélica pero se terminó hablando de Putin y de Rusia), no se resolvió en una guerra relámpago, ni muchos menos;  y las noticias sobre su desarrollo se alternaban en los medios de comunicación con otras un poco más tontas en julio y agosto. Lo que sí se puso de manifiesto es que a la crisis económica originada por la pandemia de 2020 (y que vista con cierta perspectiva parecía menor de lo que se auguró en un primer momento, posiblemente porque se aplicaron políticas socialdemócratas, aunque eso también era motivo de interpretaciones diversas en un momento donde todo el mundo era experto en todo) se unió la que provocó la invasión rusa y que también sirvió para asistir al nacimiento de una estrella: el presidente del país invadido, Volodomir Zelenski, que se movía por lo que en tiempos pasados se llamó ‘las cancillerías’ con gran seguridad en sí mismo. La guerra en Ucrania se tradujo en una crisis energética y ya en los meses de invierno se habló mucho del encarecimiento de los precios de la electricidad y de la necesidad de tomar medidas, no sólo por la guerra, sino también por hacer algo en contra del cambio climático y, en definitiva, evitar en lo posible que el mundo se fuera al garete. Los periódicos, las teles y las radios reflejaban todo aquello en mayor o menor medida.

  Un día de aquel verano salió el presidente a dar una rueda de prensa y, lo primero que hizo notar, es que no llevaba corbata. Podría haber empezado su comparecencia (que es la expresión un tanto grandielocuente que se utilizaba en el mundo político-periodístico cuando alguien salía a decir algo) diciendo que se iban a tomar una serie de medidas ante lo que se avecinaba igual de las que se estaban tomando en otros países y que si bien esos otros países ya estaban pensando en el invierno, su Gobierno iba a empezar por las que también era oportuno concretar ese verano pues , en España, había más días de sol y temperaturas elevadas que en otros países del norte de Europa.  Así, las ideas que resaltó, a la espera de un decreto posterior, eran del estilo de apagar antes las luces, limitar los aires acondicionados y cerrar las puertas cuando estos estaban en marcha. Un poco lo que enseñaban los abuelos y abuelas de la generación que vivió una guerra de tres años en España seguida luego de una dictadura bastante larga. En aquella comparecencia, que estuvo seguida de preguntas, pudo haber apuntado el presidente que también se estaba trabajando en las medidas para el invierno, en línea con las que otros países ya habían anunciado. Y, dicho esto, es cuando hubiera podido referirse a que no llevaba corbata. Que se trataba de un gesto, pero un gesto que iba más allá, y que pedía a otras personas que lo imitaran. Las redes hubieran ardido igualmente –lo de los incendios en las redes era una expresión que se utilizaba cuando algo era muy comentado en la representación virtual y ampliada de lo que antes eran los periódicos y la calle- pero igual de manera menos tontuna. Y más, teniendo en cuenta que cualquier cosa que hubiera planteado el presidente hubiera sido rebatida desde el principal partido de la oposición, con un presidente recién estrenado pero dirigido desde la sombra por una lideresa que podría relacionarse, en algún momento, con zarzuelas de otro siglo ambientadas en Madrid. Todo olía a elecciones. Y a agua, azucarillos y aguardiente.

  Vista desde el verano de 2022, y desde la mirada desconfiada y despistada con la que se movía el periodismo de la época, aquel doble proceso electoral del año siguiente se presentaba como especialmente odioso, sobre todo en ese sector del que (también) se hablaba mucho. Desde fuera y, también, desde dentro.  Poniéndose trascendentes, que es algo muy propio de los tiempos de crisis y mudanza, cabía alertar que aquello que se esperaba para el año 2023, bien podría representar la muerte, o el fin, del periodismo y de la política (al menos en cómo se entendía tiempo atrás) y que todo llevaba visos de reducirse a un gran escaparate o teatrillo donde se confundirían los papeles. Parecía el momento de escribir algo como El fin de la historia que había publicado, primero como artículo y luego como libro, Francis Fukuyama en 1992 pero referido al periodismo y a la política. Todo el mundo sabe que Fukuyama se equivocó en su planteamiento y que luego se rectificó con toda naturalidad, pero eso era lo de menos. Aquella campaña electoral del año que pedía paso (y que había quienes daban por iniciada no meses, sino años atrás), y vista desde el verano de 2022, parecía llevar todos los ingredientes para acabar definitivamente con el periodismo y convertir la información electoral en mera difusión de lemas, tuits y propaganda.

   Es cierto, según comentaba la gente más serena y reflexiva, la gente que parecía resistirse a tirar la toalla, que eso ya había empezado a ocurrir hace tiempo, mucho antes de que el monstruo de la inmediatez y la digitalización amenazara al periodismo de papel. Fueron las televisiones públicas las primeras en sufrir y alertar de lo que estaba pasando. Se empezaron a enviar cortes de los mítines electorales (cuando todavía existían como tales) para su redifusión y luego todo fue a peor hasta llegar a aquel verano: bastaba con que alguien tuviera algo que decir para que se grabara un vídeo o publicara un tuit y luego se interpretara como la toma de posición sobre algo o, incluso, como la respuesta a una ley de muchos artículos. En aquella época, laboriosos gabinetes de prensa se recreaban en notas donde se añadían palabras que no se habían dicho en algunas ‘ruedas de prensa’, bien por falta de tiempo o porque nadie hubiera asistido a su convocatoria. Eso sí, los medios daban a entender que eso había pasado. Y, conforme se imponía la digitalización, lo que contaba era adelantarse unas décimas de segundo para repicarlo. A veces un tuit, un mensaje rápido o una ocurrencia, sentaban cátedra. La idea de aquellos momentos era que había que contarlo todo, aunque –en realidad-contarlo todo equivale a no contar nada. No es que el periodismo hubiera dejado de ser el cuarto poder. Es que estaban desapareciendo los contrapoderes y todo era una misma cosa. No estaba claro (eso también se debatía) si el periodismo era el poder mismo, un pedacito de ese poder o unas sombras del poder, como en aquella caverna de Platón. Y, para enmarañarlo más todo, costaba a veces diferenciar (sobre todo en las pantallas) lo que era relevante o no.

  Un líder político de un partido que años atrás había suscitado esperanzas de cambiarlo todo (o exlíder, todo era efímero a la par que inmediato) pasaba de un lado a otro del tablero, y unas veces quería cambiar la manera de hacer política y otra la manera de hacer periodismo. Pero tanto en un lado como en el otro, siempre tenía sus incondicionales dispuestos a secundarle, y amplificar en las redes, sus lecciones magistrales.  En general –y eso unía bastante política y medios en aquella época previa a las elecciones de meses después- todo era como muy de banderías, como muy de partido de fútbol entre equipos rivales. Hubo, por razones diversas, un constante trasiego de periodistas entre medios de comunicación y partidos que podía llegar a confundir en aquellos momentos de cierta incertidumbre. El periodismo, empapado como la política, de las cadenas de mensajes y titulares en red muy masticados para que fueran leídos y olvidados lo antes posible, vivía inmerso en algo que había descrito muy bien Remedios Zafra en un ensayo muy exitoso que publicó en 2017: El entusiasmo. Precariedad y trabajo creativo en la era digital. Se había llegado a un punto en que mucha gente se quiso creer que bastaba con dar un abrazo o un ‘me gusta’ en Twitter y  Facebook para sobrevivir con dignidad.  Remedios Zafra publicó luego otro libro, Frágiles, donde se detenía en el concepto de precariado. Y hasta Juan Luis Cebrián  (que para entonces ya no era aquel periodista de la Transición del otro siglo) lo elogió; lo que resultaba muy sorprendente, y en cierto modo impúdico. 

 La campaña para las elecciones del año siguiente a aquel verano de 2022, el tercero después de la pandemia, estaba llamada a ser una campaña básicamente de ‘me gustas’ y de réplicas acusatorias al estilo de ‘y tú  más’.  Una campaña tristemente  virtual donde  el  periodismo podía terminar siendo una pieza más de la representación o un simple relato del (con perdón)  relato. Aquel verano, no publicó El País una sección de otros años en la que con el nombre de La revista de agosto se presentaban asuntos que merecían ser leídos con cierto reposo. Curiosamente, desde enero, se publicaban semanalmente dos revistas culturales en papel que salían el mismo día. Una se llamaba La lectura y se distribuía con  El Mundo; la otra, El Cultural, creada a imagen y semejanza del Luis María Anson culto y alejado de sus otros yoes menos presentables. El papel tenía su espacio si se especializaba, podía parecer entonces.

   El mundo de la comunicación, y el de la política, andaba muy movido en aquellos tiempos.  Incluso el periodismo no panfletario (entendiendo como periodismo de panfleto el que podía representar la información política que se daba en medios como OkDiario o La Razón en un lado y, en el otro, la cadena La Sexta) tenía algún punto de comparación con la sanidad privada, que tiene que prestar un servicio para garantizar un teórico derecho (que es el de la salud) pero que tiene que hacerlo atendiendo a sus beneficios. Y, de ahí, el ideal (que nunca llegaba a funcionar) de los medios de comunicación públicos o cooperativos. 

  Faltaba poco, muy poco, para aquellas próximas elecciones y para comprobar si serían, o no, las que cerrarían el ciclo del periodismo (y, desde luego de la política, pues también el neofascismo pedía paso) tal como se había conocido en épocas pasadas. Claro que, entonces, lo único claro era que era verano y hacía mucho calor. Y que  mucha gente hablaba del hielo.

sábado, 28 de mayo de 2022

Más Sobral (Intento de aproximación personal a un retrato)

 Hay palabras que, cuando las pronuncias y te escuchas pronunciándolas, pierden su significado y hasta se vuelven ridículas. Sobre todo si son del tipo dignidad, coherencia o así. Esas palabras nunca puedes emplearlas refiriéndote a ti mismo -tampoco, adornar con esas cualidades algo que has hecho- porque quedas como un perfecto imbécil o un presuntuoso. Eso, como otras muchas cosas, lo aprendí (posiblemente sin que pasara por su cabeza nada parecido a enseñarme algo) de Sobral, de Gabriel Ferret Sobral, que se ha muerto este mayo de 2022 y que fue, sobre todo, un inconformista y un espíritu libre a quien tuve, he tenido y tendré como mi ácrata de cabecera

No sé como empezar; lo más lógico sería por cómo o dónde le conocí. O en qué circunstancias. O quizá por aquel momento -una tarde, frente a una barra, bastantes años después- en que le abracé. Él me miró y me dijo: "¿Sabes que es la primera vez que me das un abrazo?". Y yo diría que expresó cierta emoción.

Estábamos hablando de la memoria y de la costumbre, que al parecer ya no se estilaba, de recitar en voz alta. Uno de los dos, posiblemente él, se arrancó con Gabriel Celaya y  "cuando ya nada nos queda personalmente exaltante" y el otro continuó. Y así  hasta econtrarse las dos voces diciendo a la vez: "Maldigo la poesía concebida como un lujo cultural por los neutrales que lavándose las manos se desentienden y evaden, maldigo la poesía de quien no toma partido, partido hasta mancharse".

Uy, pero cómo me voy por las ramas. Si yo estaba con lo de la dignidad y otras palabras que pierden su significado cuando las pronuncias creyéndote que hasta que tú no lo haces no han existido. 

Eran los tiempos del diario  'Baleares' de la época en que lo había comprado Pedro Serra y montado una redacción alucinante, una especie de casa de locos y locas que nadie entendería hoy. Allí conocí a Sobral y sin que se enterara le  elegí como maestro. 

Una tarde, en aquella redacción, yo me puse muy digno -o creí que yo me ponía muy digno- y le dije al redactor jefe que me iba, que me habían cambiado un texto (o dirigido demasiado lo que tenía que escribir, ahora no recuerdo el detalle) y que hasta ahí podíamos llegar. Durante el calentón, que acabó en nada (bueno sí, con una conversación con Pedro Serra de la que salí convencido de  que, en el fondo, despreciaba a las personas sumisas); durante el calentón, ya digo, hablé con gente del periódico. Hablando con Sobral, utilicé la palabra dignidad y otras de ese estilo, supongo que con entonación melodramática y como si estuviera a punto de cambiar el curso de la Historia.  Sobral me miró, supongo que con un gesto parecido al del viejo de la fiesta de la cerveza de la película Cabaret después de que los nazis terminan de cantar, y me vino a decir que no me pusiera estupendo, que hiciera lo que quisiera hacer, pero que las cosas se hacen y no se pregonan. Seguí en el periódico, claro, y poco a poco fui ampliando mi mundo y conociendo a gente que seguramente, sin Sobral, nunca se habría cruzado en mi camino.

Gabriel Ferret Sobral, a  quien empecé a leer cuando escribía (creo recordar) en el Día de Baleares, fue un estrecho colaborador de Camilo José Cela y sabía mucho del valor de las palabras porque las prestaba. Escribía editoriales en los periódicos, utilizaba firmas diferentes en sus  escritos, escribía catálogos, libros por encargo y libros para otros. Cómo no iba a saber él el valor exacto que tienen las palabras y cuándo se convierten en ridículas.

Sobral había nacido en Palma, en 1946, y estudiado Filosofía y Medicina. Medicina, sí, curioso  sabiendo de su desconfianza a la clase médica; sólo equiparable a su desconfianza hacia la humanidad en general.

El confinamiento de 2020 y lo que vino después, las restricciones, la seguridad con la que la gente daba por supuesto que lo sabía todo y lo que él veía como un proceso de sumisión acelerada, le llevaron a confirmar sus teorías sobre un punto de estupidez que arrastraba la especie humana.

Hablamos varias veces durante la pandemia y una vez me contó que estaba escribiendo más allá de lo que publicaba en la columna 'La Eñe' de Última Hora. No sé si esos papeles pandémicos existen, ni si los escribió, ni si los imprimió, ni si los conservó en un USB, ni si los borró, los quemó o se los entregó a alguien. En ese caso, aunque lo dudo, si no eran para publicar, que nadie los publique, que los conserve para sí o se los dé a leer a alguien de confianza. Que nadie haga de esos textos un libro, si Sobral no quería darles esa forma, pues sólo faltaba que acabará en el escaparate de una librería junto a un best seller de turno o las memorias de algún personaje de la tele.  Alguna vez le habían preguntado por qué no escribía y publicaba y respondió: "Si hasta Belén Esteban escribe libros". Una vez le enseñé algo que había escrito inspirado por la historia que había tenido con una chica y el me anotó, escrito a máquina en un papelito que me pasó la tarde siguiente en el periódico, un texto de Alejo Carpentier sobre las mujeres de la Odisea que hay en la vida de un hombre. 

Lo material le importaba más bien poco, lo contaba a veces de manera desabrida y mal humor pero otras con fina ironía. Nunca supo lo que era una nómina, a veces preguntaba cómo debía ser eso de tener una nómina, vivió siempre de alquiler, sus casas estaban llenas de libros  y eligió una manera precisa de vivir y de pasar por el mundo que conservó hasta el final. Fue un hombre de la era del papel y cuando aceptó emplear teléfono móvil ("portátil", precisaba) lo dejaba sobre algún mueble y no se lo llevaba a la calle. Le costaba respirar y vivió hasta que pudo. Y hasta se despidió, sin que se notara que se despedía, de quien quiso despedirse

Es posible, o no, que  vaya recuperando  más recuerdos y que siga intentando conformar una aproximación a su retrato. No lo sé. Pero he querido intentarlo y dejar constancia del intento en esta 'caja de cosas'. Aunque no me cuesta imaginar cuál sería  la reacción de Sobral.

lunes, 9 de agosto de 2021

Días con gato y Gobiernos chiripitifláuticos

Por razones que ahora no vienen al caso suelo dedicar unos días de las vacaciones de verano a tratar con un gato. Este año, sin demasiado éxito, he intentando contarle de las mujeres de la Odisea pues es Odiseicas, de Carmen Estrada, el libro que tengo entre manos. Recuerdo, el anterior, haberle leído algún párrafo de Reis del Món, de Sebastià Alzamora, aunque no se pronunció sobre si le interesó más Joan March o Joan Mascaró (aunque me pareció intuirlo). 
   En general, los días de vacaciones con gato (al principio eran dos, gata y gato) son unas vacaciones dentro de las vacaciones; esos paréntesis imprescindibles que me obsesionan y que (por suerte) veo se extienden por el periodismo de papel (incluso en titulares) pese a las prevenciones más puristas y como ajenos a la rotundidad de las redes sociales, donde hay poco resquicio para la pausa o el sosiego. Veo al gato adormilado cerca de mis piernas y ya no tengo duda de que el texto de este agosto irá de gatos. O, cuando menos, de que me dejaré llevar por lo que uno de su estirpe me ha sugerido.
   Lo primero, que (el gato) no está ni triste ni azul, que eso hubiera sido una excelente excusa para dejarme llevar a los veranos de las máquinas de discos que activaban las monedas de cinco y veinticinco pesetas. No negaré que, viendo dormir al gato (o haciendo como que duerme, que esa es otra), me ha venido a la cabeza el exconseller de un Gobierno que, visto desde la distancia y desde la evolución y los viajes de quien lo presidio, podría calificarse (y mi infancia me perdone) de Gobierno Chriripitifláutico. Recuerdo que cada vez que le preguntaba algo, se le ponía a ese conseller cara de gato. Era como si se asustara, hacía el gesto de volverse atrás y abría mucho los ojos con cara de susto. Tal que un gato. Una consellera de ese Gobierno es, ahora, la secretaria general del partido que quiere gobernar por estos lares. Pero no, no es eso lo que quería contar aunque un recuerdo me haya llevado a otro y  traído hasta aquí sin maullidos de queja del gato que me ocupa. 
  La mirada del gato, que solo me mira cuando cree que no le miro, sirve para mirarme también y mirar al mundo del periodismo. Como en la canción de Labordeta, a veces me pregunto qué hago yo aquí salvo constatar que cada vez me gusta menos lo que veo y que no me tranquiliza demasiado, sino que me desespera, que el medio sea cada vez más el mensaje. Es (otra vez Labordeta) como si hubiera puesto sobre mi mesa todas las banderas rotas para hacerme de mi capa un sayo. No te despistes Toni (había olvidado presentarte) y perdona que te utilice como excusa, o percha, para dejarme llevar por este escrito mientras intento averiguar qué estas pensando. No soy el flautista de Hamelín y ya sé que no vendrás hasta que quieras por mucho que te llame y que te vas a quedar ahí pensando hasta que te plazca subir. Eso es libertad más que tomarse una caña, que es lo que defiende Ayuso, como saben tus compañeros de aquel callejón de los espejos del gato del Madrid de Valle donde la realidad se presentaba deformada a través de un espejo cóncavo. Sí, a veces la información tiene eso. 
  ¿Cómo ha ido a meterse un gato en esta 'caja de cosas'? Es lo último que me esperaba pero ya no sé salir. Me había quedado unas líneas más arriba, si mal no recuerdo, con lo de la percha y acababa de presentarte. Ahora pienso que, a veces, también se meten los gatos en sitios de los que no saben salir. Pero vamos, vamos con la percha.
   Tuve un director de periódico que, cuando me encargaba historias, insistía mucho en pedirme “una percha”. Una “percha con la actualidad”, precisaba. Empezaba yo en esto como colaborador y también empezaban aquí las instituciones preautonómicas y el director en cuestión me había encargado para el periódico que contará cuáles habían sido sus antecedentes medievales. En realidad, siempre sospeché que esa serie de reportajes sólo los escribí para que él supiera de qué iba la cosa. Se llamaba Pedro Ignacio González, venía de fuera y era el primer director del diario Baleares después del Franquismo. Miguel Moreno, un periodista venido de Burgos que también andaba por ahí, alude a Pedro Ignacio González en el libro que ha escrito sobre la historia de ese periódico que, también, publicó más de una vez historias de gatos. Ya sabes, siempre hay alguno (pobrecito) que se queda atrapado en un coche o que maúlla tras la tapia de un solar vacío. 
  No sé si debería extenderme más allá, igual lo dejo para otro día. Sé que, aunque pudieras hablar (o aunque emplearas el mismo lenguaje que yo) quizás tampoco me dirías lo que piensas. Los gatos son reservados y no sé cómo deben llevar el festival ese de fotografías que se publican en las redes sociales. En fin, una cosa más que igual te interesa: hace más de cuatro años que otro Gobierno chiripitifláutico intenta aprobar una ley de perros y gatos. Espero que la tengan lista para el próximo verano. Ya te contaré.

martes, 29 de diciembre de 2020

El año en que me llamó Madame Bovary (Una mirada entre libros al 2020 que se va)

Entré en el primer estado de alarma con La madre de Frankenstein, de Almudena Grandes (Tusquets, 2020). Lo recuerdo bien porque me había puesto con él en vísperas de la manifestación del 8 de marzo y porque, recién regresado de ésta – de la de Palma- quiso la casualidad (o esa circunstancia mágica de los libros cuando se las ingenian para llamarte la atención en el momento preciso) que el psiquiatra Germán Velázquez le estuviera contando en esos momentos a María Castejón que mientras en el manicomio de Ciempozuelos celebraban la festividad de San Juan de Dios el 8 de marzo, lo que se conmemoraba en otras partes del mundo (no en la España franquista, naturalmente) era el día de las mujeres trabajadoras.

Entré en el primer estado de alarma enganchado con esta historia (todavía no sabía de la relación de María Castejón con Mallorca) pero, además, entré a una librería mientras el Consejo de Ministros se reunía para aprobarlo. Aquel 14 de marzo que ya todo el mundo sabía que iba a iniciarse un tiempo muy incierto para hacer frente a la pandemia por el coronavirus me metí en una librería y salí de ella con Pequeño elogio de la fuga del mundo (Alfaguara, 2019), de Rèmy Oudghiry y Mary Poppins, de Pamela Lyndon Travers, en una versión de Alianza Editorial. Mary Poppins, ya saben: aquel libro de 1934 que luego convirtió Walt Disney en película. Iba tras el primero, el Pequeño elogio…, desde semanas atrás. Lo que no podía imaginar es que lo leería en pleno confinamiento y obligatoriamente fugado del mundo. Y en relación al segundo, sólo comentar que pasar la Semana Santa de 2020 (los días del confinamiento más duro) en la calle del Cerezo número 17 ha sido uno de los placeres del año que se despide. Igual que pergeñar durante semanas cómo diablos iba a meter la trama del Ulises de James Joyce en la pandemia. Esperé al 16 de junio (iniciada ya la desescalada y camino al final del primer tiempo del alarma) para culminar mi propósito. Pero no contento con eso, compré cuando abrieron otra vez las librerías una nueva edición (Lumen, en reimpresión de 2019); me releí el libro de principio a fin, enloquecí con los signos de puntuación, me perdí entre sus guiones y paréntesis y subrayé del prólogo de José María Valverde que “Ulises sería, formalmente, el descubrimiento de una nueva literatura, el equivalente a la concepción de la relatividad en física”.

Tengo claro que este año los libros me han ayudado más que nunca, los que leí por primera vez o releí y también los que, además de leer, me leyeron a mí. Es el caso, sin ninguna duda, de El infinito en un junco (Siruela, 2019), de Irene Vallejo, que me atrapó durante el segundo estado de alarma en vísperas de las Navidades y es una maravilla de la primera a la última página. Lo considero el libro del año de 2020 aunque se publicara el anterior. Si alguien me ve por la calle el próximo año paseando con la Iliada o la Odisea en alguna edición que no sea la de los libros de la colección Auriga de mi infancia, ya podrán intuir quién es la responsable.

Seguramente de no ser por la pandemia no me habría puesto con dos títulos a los que recurrí cuando las librerías todavía estaban cerradas y que cogí (con permiso de sus guardianes de la sección de Cultura del periódico) de un armario de la Redacción: Los nombres epicenos de Améli Nothomb (Anagrama, abril de 2020) y Una vida sin fin, de Frèderic Beigbeder (también Anagrama, enero de 2020). De este segundo, sólo recordaré la cita de Mark Twain que coloca al principio y que fue el señuelo para engancharme cuando se cumplía el día 46 del estado de alarma: “la diferencia entre la ficción y la realidad es que la ficción debe ser creíble”. Y todavía añadía Beigbeder, ya de su cosecha: “¿pero qué hacer cuando la realidad ya no lo es? Hoy la ficción es más disparatada que la realidad”. No sé si recomendaría esos libros o no; ni siquiera aclaré si me gustaron. No los enviaría (eso, nunca) a la hoguera y quedrarían salvados en el donoso escrutinio aunque perderlos tampoco supondría un trauma.

De todos modos (y de eso me he dado cuenta este año), siempre es bueno no perder ningún libro de vista porque te llamará en el momento oportuno aunque no lo busques. Ese es el caso de Madame Bovary, de Flaubert. Me llamó cuando el estado de alarma de marzo había superado por pocos días los dos meses. Era (bueno, es), una edición de 1962 (el año que nací yo) de Vergara SA. Versión castellana, prólogo y notas del catalán Joan Sales. Ese ejemplar, papel biblia y cubiertas granates, formaba parte de los libros que tenía mi padre en un mueble que era una estantería con cristales y algo parecido a un pupitre. Un mueble misterioso en una habitación de techos altos al que llamábamos ‘el secreter’. Pongamos que la historia de Emma Bovary estuvo esperándome y haciéndome señas cincuenta años o más y que no me he enteré hasta el 2020 que se va. Pero, entre otra muchas razones, sólo por el modo en que el amante Léon Dupuis elige para seducir a Emma vale la espera: le dice algo así cómo que se deje envolver por la magia de la ficción, que se recree en detalles y personajes y se figure que palpitan bajo sus trajes. Que se meta en las historias vamos. Y ella, la Bovary, le responde “es verdad, es verdad”. He dicho amante y también me crucé con El amante de Marguerite Duras, en una edición para la colección de libros de El País de 2002. Leer aquel principio inolvidable cuando empezaba en mayo la quinta prórroga: “Un día, ya entrada en años, en el vestíbulo de un edificio público, un hombre se acercó. Se dio a conocer y me dijo: ‘La conozco desde siempre. Todo el mundo dice que de joven era usted hermosa, me he acercado para decirle que en mi opinión la considero más hermosa ahora que en su juventud, su rostro de muchacha me gustaba mucho menos que el de ahora, devastado’”.

Devastado.

Cuántas veces habré confundido yo realidad y ficción estos meses.Salía por la mañana a buscar historias que contar al día siguiente en el periódico y, por la tarde, me metía en las historias que me llamabana mí. Supongo que, por eso, también me dio por llevar un dietario, que es lo que tanta gente ha hecho. Jorge Carrión, por ejemplo. Su Lo viral (Galaxia Gutenberg, 2020) es un falso diario que te transporta adelante y atrás (en un momento dado, hasta  se cruza con Irene Vallejo, que le presenta en una libreria de Huesca) y, con sus palabras, con las de Carrión, confirmé algo que intuía, que “el diario es contradicción y contra dicción, un género escrito en contra de sí mismo”. Explica Jorge Carrión cómo un virus desconocido entró por la mañana en el cuerpo de un hombre y cómo, esa misma tarde, empezó el siglo XXI. Y, claro,eso le lleva a acordarse de Stefan Zweig y del mundo de ayer.

Tenía muy pensado cuando iba a sumergirme en El mundo de ayer. Memorias de un europeo de Stefan Zweig (Acantilado, reimpresión de 2019): en julio, frente al mar de una playa de Mallorca sin turistas y recién iniciadas las vacaciones justo once días después de que terminara el estado de alarma y empezara eso que, entonces, se dio en llamar ‘nueva normalidad’. Qué mejor momento –me dije y acerté- que dejarme llevar por la nostalgia de Zweig hacia el Imperio austrohúngaro y por sus reflexiones sobre cómo la primera guerra, el periodo de entreguerras y la guerra de después se habían llevado por delante toda las seguridades que parecían llamadas a permanecer siempre. Que tras ese título llegara tarde o temprano (como llegó) el pequeño gran Mendel, el de los libros (Acantilado, 2009, duodécima reimpresión de 2020) sólo era cuestión de esperar. Al fin y al cabo, como cuenta el narrador, “los libros sólo se escriben para, por encima del propio aliento, unir a los seres humanos, y así defendernos frente al inexorable reverso de toda existencia: la fugacidad y el olvido”.

Este 2020 se ha reeditado Andrea Víctrix, de Llorenç Villalonga (AdiA Edicions), que fue Premi Josep Pla 1973 y es la gran novela de ciencia ficción de la literatura en catalán. Es la memoria de una Mallorca distópica con el turismo como dios de la Isla y con una clase alta y dominante formada por camareros y ‘maitres’ de hotel. Había olvidado totalmente que Villalonga empezaba su historia recordando a Flaubert cuando dijo ‘Madame Bovary soy yo”. ¿Todavía habrá quién se resista a admitir que si me dio por volver a Andrea Víctrix en la distopía de 2020 fue por alguna conjura literaria tramada en algún cruce del espacio tiempo?

Estaba con Rewind, de Juan Tallón (Anagrama, 2020) cuando terminó el primer estado de alarma. El libro se había publicado en febrero, el mes anterior a aquel Consejo de Ministros que lo declaró, e iba yo por la página 191 (“la vida se vuelve un disparate sin que te des cuenta, a traición”, anotaba alguien cuando ya quedaba meridianamente claro por qué un viernes de mayo se produjo una gran explosión en Lyon que cambió por completo el rumbo de los personajes de la novela) cuando daban las 12 de la noche de la jornada 98 del estado de alarma, la última antes del inicio de un verano que se presentía maravilloso aunque igual no lo fue tanto. Rewind es otra de estas historias que se me quedarán unidas al año de la pandemia. Más allá de lo que cuenta una novela, siempre permanecerá el cómo te sientes – y en qué estás- al leerla. 

Tendría que ir acabando pero me cuesta dejar atrás el año en que me llamó Madame Bovary, que me enamoré de María Castejón o descubrí el infinito con Irene Vallejó como si estuviera cayendo con Alicia tras colarnos por el tronco de un árbol. Antes habrá que nombrar a Séneca y a El arte de mantener la calma. Un manual de sabiduría clásica sobre la gestión de la ira (Koan, 2020), esa “especie de locura” que “nos hace darle importancia a lo que no la tiene en absoluto” y que, en un año como este, funciona como un manual para moverse en las redes sociales. Pero también toca recordar antes de la despedida  un libro que había empezado a leer a finales de 2019 y cuya lectura fui completando, intercalándola con otras, durante los días del confiamiento por el coronavirus. No tiene que ver con los anteriores salvo que, por su lectura en un año como el que se acaba, te hace buscar explicaciones más próximas a todo. Me refiero a Capital e ideología, de Thomas Piketty (Deusto-Planeta, 2019). El liberalismo ha muerto; ya nada es posible fuera del intervencionismo público y este año de Eres y Ertes lo evidencia claramente. En un año como el que termina no podía hacer otra cosa (y lo hice) que buscar claves de lo que estaba pasando en La peste, de Camus, en un ejemplar (prestado) de Edhasa, traducción de Rosa Chacel, marzo de 2005. Me he asomado a otros textos, a algunos por simple curiosidad, por ver cómo iban contando otras personas lo mismo que estábamos viviendo el resto. Casi ninguno es absolutamente prescindible aunque sean sólo algunos los que te marcarán y nunca olvidarás.

Todavía me quedan pendientes algunos de este año, que me miran – allá, a la izquierda de donde escribo- con ojos golosos y hasta oigo cómo me dicen “cógeme, ábreme”. Me da que el que más empeño está poniendo es Las maravillas, de Elena Medel (Anagrama, 2020) y empezaré enero con él. Hay otros que están tranquilamente en los escaparates de las librerías ajenos a que, tarde o temprano, me haré con ellos. Tendré que ponerme, también, con el primero que ha escrito un amigo periodista (La memòria esclava, de Joan Riera, Edicions Balèria, 2020) y cruzaré los dedos (nos volvamos a confinar o no) para que Vila-Matas publique libro en 2021. Al fin y al cabo, Vila-Matas (igual que sus libros y todos los libros) no se acaba nunca. Este texto, sí. Este escrito sobre el año en que me llamó Madame Bovary se acaba aquí mismo. Gacias por la paciencia, sigan devorando libros (o dejen que ellos les devoren) y feliz 2021.


jueves, 29 de octubre de 2020

El primer estado de alarma (I)

 

Hoy se cumplirá una semana de la declaración del estado de alarma en España. Hace siete días, un sábado como hoy, me preguntaba cómo empezar a contar esta historia. Recordaba el principio de Odessa, la novela de Frederick Forsyth: “Todo el mundo parece recordar qué estaba haciendo el 23 de noviembre de 1963 en el preciso momento en que se enteró de la muerte del presidente Kennedy”. La declaración oficial del estado de alarma, sábado 14 de marzo, ya se había anunciado un día antes pero la comparecencia del presidente Sánchez se retrasó más de lo previsto. El Consejo de Ministros se alargó – hay diferencias entre Pedro y Pablo, informaban los digitales- y el estado de alarma empezó a aplicarse un día después, el domingo. Ese domingo ya no abrieron los bares ni hubo donde tomar café fuera de casa.





No sé si éste es el arranque ideal. Tampoco sé aún si será esto una crónica apresurada (empiezo a escribirla a bolígrafo en papel, pasará luego por un ordenador y regresará al papel), una novela o una reflexión sobre distopía y realidad. Lo iré viendo sobre la marcha.





Todos vamos a escribir la misma novela o la construiremos sobre los mismos mimbres; detallaremos, seguro, los siete días – entre domingo y domingo- que nos cambiaron y contaremos que empezamos a ver gente con mascarilla por las calles (o que nos la pusimos); que todo empezó unos días atrás cuando la población asaltó los supermercados (pagando, eso sí) y arrambló con el papel higiénico. Y escribiremos ‘confinamiento’ y contaremos de la gente que tuvo que quedarse en casa y de cómo la policía (y también el ejército) patrulló las calles y pedía la documentación. Relataremos cómo construimos nuestra novela mientras todo iba pasando y cómo nos convertimos en protagonistas de las fábulas futuristas y de la historias distópicas que habíamos leído. Y de las películas que habíamos visto, Doce monos, por ejemplo pero también otras. Y tendremos que contar también cómo mientras llegaba el siguiente domingo al primer domingo supimos que el virus afectaba primero a los mayores, que era el sector de la población aparentemente más vulnerable y leímos como los hospitales decidieron que había que dar prioridad a pacientes con más esperanza de vida. Y todos y todas escribimos y nos hicimos preguntas, miramos la tele y observamos por las ventanas. Algunos (como yo) además de pensar en una novela o en una relación apresurada, también escribíamos en un periódico cuando empezó todo. Y un día (fue un jueves) la empresa que lo editaba anunció un expediente de regulación temporal de empleo (como otras miles y miles de empresas) e incorporamos esas siglas, ERTE, al vocabulario que creábamos y que se colaba en nuestras vidas. Todos vivimos lo mismo y lo empezamos a anotar, sin saber exactamente para qué. El mundo que conocimos cambió de la noche al día. Estábamos viviéndolo todo al momento en plena era de la comunicación universal instantánea y de las redes sociales: Facebook, Twitter, Instagram y otras.

¿Un prólogo? ¿Esto es un prólogo o es ya la historia? Escribimos y escribíamos (habrá que definir el tiempo para la narración sobre la marcha) con un ojo pegado al móvil y a la tele y otro a nuestro interior. El coronavirus – todo esto va del coronavirus de 2020- como un espejo de nuestra realidad. Acaparamos metáforas; todo eran metáforas, paradojas y comparaciones cuando cruzábamos la primera semana.





La gente volvió a comprar periódicos de papel o eso nos dio por creer. Los quioscos abrían, igual que los estancos (algunos estancos vendían también periódicos), las farmacias y las tiendas de alimentación y volvieron a verse en los estantes más diarios de papel. Como en aquellos domingos de la década de los ochenta e inicios de los noventa cuando salías a pasear y quedabas a comer con alguien que llegaba, como tú, con bolsas de periódicos. El anuncio del ERTE en la empresa coincidió con los días en que la gente volvía a comprar diarios de papel. Es posible -entonces no podía saberse- que aquella vuelta al papel ocurriera solamente el primer fin de semana de alarma y que luego todo continuara como estaba antes.



Unos días antes de que el mundo que habíamos conocido se viniera abajo (que es una frase que se repetirá en todas las crónicas sobre aquellos tiempos) El País había puesto en marcha una campaña para explicar que el futuro era digital (lo explicaba también en su edición impresa) pero que resultaba imprescindible pagar por leer en digital; que esa era la única manera de preservar la independencia y en eso estaban -explicando y vendiendo su nueva estrategia – el día que estalló todo y decidieron que, por el interés informativo y la sed de saber, los contenidos digitales volvían a ser ‘en abierto’. Por un mes, se dijo primero.



El domingo 22 de marzo –cuando se cumplía una semana de primer día de alarma- salió el presidente Sánchez por la tele y anunció que se prorrogaría quince días más y que la prórroga coincidiría con la Semana Santa. Las procesiones de Semana Santa – que, lógicamente, se suspendieron- eran una especialidad de Última Hora. El periodismo de procesiones, como el periodismo de mises, era una seña de identidad de UH. Empezamos a comprar periódicos de papel (era una excusa para salir de casa) y, sobre todo, las calles se llenaron de gente que paseaba perros. Cuando Sánchez anunció el estado de alarma, y explicó lo que se podría hacer y lo que no, comentó que “por ejemplo” sí estaba permitido sacar al perro. Aunque esa norma no llegó al BOE (Ministerio de la Presidencia, Relaciones con las Cortes y Memoria Democrática, Real Decreto 463/2020, de 14 de marzo, por el que se declara el estado de alarma para la gestión de la situación de crisis sanitaria ocasionada por el COVID-19, número 67, sección I, página 25390 y siguientes), todo el mundo se la aprendió y aplicó a rajatabla.



La tele daba cifras de muertos y afectados por la pandemia como ya habías visto en películas o leído en novelas. El periodista Jaume Oliver publicó meses antes un libro al que llevaba dándole vueltas hacía años y que tituló Crònica desordenada de Ciutat Antiga (Pagès editor, 2019). Un proceso que llevó a la contaminación del aire había acabado en su novela con el mundo tal como se había conocido hasta entonces, con la particularidad de que, además, estuvo muchos días lloviendo. Parecía un relato de anticipación a lo que estaba ocurriendo e, incluso, el segundo domingo del estado de alarma se puso a llover en Palma y otras zonas de Mallorca. No fue el diluvio ni un arca como la de Noé emergió cuando dejó de llover -llovió relativamente poco - y volvió a salir el sol pero habrá que incorporar esa referencia sobre la lluvia en la novela, o lo que sea, del (¿o es la?) covid-19.



miércoles, 16 de septiembre de 2020

Y Rock and Press ascendió a los infiernos. La evocación de Carlos Garrido

Carlos Garrido contó y cantó la otra noche en Es Gremi que fue un Rock and Press. Bueno, aún lo es. Igual que lo son Miquel Massuti, Juan Frau, Mané Capilla, Garlos Grauches y, cómo no, Gabi Rodas, a quién Garrido sitúa como figura clave y fundamental para entender su ascenso a los infiernos. El suyo y el de quienes ya sólo aspiramos a quemarnos allá.

Garrido nos transportó la otra noche, recordó sus inicios que no hemos olvidado (aquella fiesta del SPIB) y nos recordó esos años (formalmente entre 2005 y 2011) que nos hicieron sentir Dios y nos cambiaron de arriba abajo. Eran, fundamentalmente, periodistas (empezaron a ensayar en el club del Diario de Mallorca, contó)  y nos pusieron ante nuestro espejo. Sumisión, cómo amo mi profesión, cantaban y acertaban. Sí, y también hicieron que perdiéramos nuestras vergüenzas si es que las habíamos tenido alguna vez.  La otra noche, en Es Gremí, Garrido recordó sus noches pero evocó otras que compartimos. Además de rockero y periodista, sabe contar su vida y le añade magia. Lo hizo en su libro La estrella fenicia y ahora confiesa que está especialmente orgulloso de haber sido un Rock and Press. Lo repitió varias veces y, además, aseguró que es lo mejor que le había sucedido como periodista. Que si para algo le había servido esa profesión que pone de vuelta y media con más razón que un santo era para subirse al escenario de  Rock and Press. No es para menos tamaña gesta. Sobre todo, viviendo como vivía entonces en una ciudad perfecta que gobierna una alcaldesa que es cronista del Mallorca y se viste de pagesa.

Eso sí, y por seguir con lo de la otra noche: si alguien nos hubiera contado hace años que para evocar al grupo que nos hizo suyo (no es tercera persona ni falso plural mayestático; es plural, sí, pero nada falso porque es colectivo, mágico y majestuoso) íbamos a tener que lavarnos la manos al entrar, enseñar algo que nos identificara, ocupar mesas separadas repartidas sobre un espacio que no puede ser otra cosa que pista de baile, taparnos boca y nariz con mascarilla, no tomarse una o ciento una birras  ni tampoco grita ro  apartar la silla y que los pies te llevaran a bailar, habríamos deducido que Gabi Rodas se había tomado algo. O que, entre todos, nos estaban poniendo a prueba por ver hasta dónde llegábamos.  Hasta el infierno, claro. Si es por y con Rock and Press. R&P, quémame.




lunes, 20 de julio de 2020

Prólogo


Entre el 14 de marzo y el 19 de junio  de 2020 España vivió en  estado de alarma. Nunca en democracia se había tomado una medida así. Suponía limitar la movilidad de las personas y  también sus libertades, incluída la de salir a la calle. Fue la respuesta del Gobierno estatal -una respuesta similar a la de otros gobiernos del mundo- a una pandemia, la de la covid-19, provocada, al parecer, por un virus mutante al que se bautizó como SARS-cov-2, que se detectó por primera vez en la ciudad china Wuhan y que, supuestamente, había saltado de animales a humanos. Todos los ingredientes, en fin, para una historia que nos situaba en un escenario distópico que sólo acertábamos a relacionar con el cine o la literatura. Lo que sigue es una mirada   a aquellos días, escrita al momento, mientras las cosas iban sucediendo, que va de lo general a lo particular y que tiene más preguntas que respuestas.
  Así, entre lo general y lo particular, observando y tomando nota de lo que acontecía, vivió la inmensa mayoría de la gente todo aquello: relatando en directo  lo que estábamos protagonizando. Nadie nos había preguntado  antes qué papel queríamos jugar, ni si queríamos jugar alguno. Sencillamente estábamos allí y, por ese motivo, estrenamos los momentos a la vez que los recordábamos.
   Es  posible que todo lo que sigue sea sólo la primera parte de algo que aún no sabemos cómo terminará y, ni siquiera, si terminará. Esto es lo que se percibe desde julio de 2020 y desde unas vacaciones de verano diferentes a las demás. Seguramente cualquier otro año habría estado en Boquiñeni (Ribera Alta del Ebro, Zaragoza) y allí hubiera afrontado  lo que me había planteado como epílogo y que se quedará, finalmente, en prólogo.
    De cualquier manera, el escrito que sigue es el reflejo de unos meses previos y  con alusiones y  detalles  que serán referidos hasta la saciedad en cualquiera de las crónicas del momento: que empezamos a ver gente con mascarillas (y que nos las pusimos), que la gente paseó perros, que descubrimos el silencio a la vez  que  el trino de los pájaros, que se salía al balcón, que anotamos palabras nuevas, que nos preguntamos por la libertad y sobre el momento en que empezamos a ceder y hasta dónde llegaríamos. 
  De lo general a lo particular. Y por eso habrá que aludir a los expedientes de regulación temporal de empleo, a los ERTE. Uno afectó a la empresa donde trabajo. Ah!, que no lo había dicho; que, profesionalmente, me dedico a eso que llamamos periodismo. Por eso en las páginas siguientes  me pregunto tanto por el papel que juega el periodismo. Dejo opiniones mías y otras que me llevaron a la reflexión. Y cuento cómo afectó el ERTE a mi día a día y cómo lamenté  la histórica desmovilización laboral y sindical que nos caracteriza. Que si la desmovilización es siempre una muy mala noticia, en tiempos de crisis es una tragedia. Hubo, cómo no, momentos de esperanza; también, y en lo que a mí se refiere, relacionadas con los medios de comunicación. Llegué a imaginar, por cierto, que el día 31 de marzo de 2020, sería en UH como aquel 21 de julio de  1969 y que asistía a lo más parecido a un pequeño paso para un hombre (y sobre todo para una mujer) pero a un gran salto para la humanidad. Lo cuento, también, en la historia que viene ahora.