lunes, 12 de noviembre de 2018

Rosebud (Una aproximación a Pedro Serra)


Empecé a llenar esta caja de cosas sabiendo que, tarde o temprano, tendría que meter a  Pedro Serra. Y sabiendo, también, que antes de mostrar su contenido íntegro tendría que dejar pasar el tiempo o hacerlo poco a poco. Pedro Serra murió el 2 de noviembre de este año;  desde entonces se han publicado artículos de quienes le conocieron y, aunque no vaya a resultar una empresa fácil,  ya no puedo resistirme  a  compartir una primera aproximación sobre una figura clave en el periodismo balear y en el modo de entender éste y su relación con el entramado de la política y de la cultura. Y, también, sobre  lo que significa el poder y  cómo ejercerlo. Hala  pues, como dirían en Aragón.

El domingo siguiente a la muerte de Pedro Serra me pasé por  la exposición de  los 125 años de Última Hora que, coincidiendo con ese aniversario del  periódico,  ha estado abierta en el Museo de es Baluard.  Quería verla en soledad, con la mayor tranquilidad posible, sin prisas ni protocolos cargantes (días atrás la habían visitado los Reyes) y, entre paneles, portadas, vídeos, fotografías y otros elementos relacionados con la historia del  diario, intentar  captar (quizá)  alguna voz que diera respuesta a la primera pregunta que habría planteado yo  a Pedro Serra de haber tenido ocasión de hacerle una entrevista en profundidad: qué, o quién, fue su Rosebud.

‘Rosebud’, lo último que dijo Charles Foster Kane, trasunto del magnate de la prensa estadounidiense  William Randolph Hearts. Rosebud, el trineo que el Ciudadano Kane dejó abandonado en la nieve en su infancia y que, según la secuencia final de la película de Orson Welles, terminó consumiéndose en el fuego sin que nadie tuviera tiempo a rescatarlo  y descifrar su mensaje.  No hallé respuesta en es Baluard pero hay un libro que arroja algo de luz  y que vale (o a mí me lo parece)  para tirar del hilo que puede conducir  a  algo parecido a lo que pudo ser y  dónde quedó su  Rosebud, que yo creo que tiene que ver con  Sóller. Estoy hablando de un libro de Francesc Bujosa. Se titula  En diàleg amb Pere A. Serra (Lleonard Muntaner Editor, Palma 2001) y  se fundamenta en   largas conversaciones entre ambos. Las   primeras páginas se centran en la niñez  y hay un momento en que, los dos, dialogan sobre  los árboles. Pedro Serra (PS)  le cuenta que a él siempre le han gustado  y que le emociona pensar que ya daban frutos en la época de sus antepasados (curioso, tengo que comentárselo a Pepe Massot, que ha titulado  su biografía de Joan Miró, ‘El niño que hablaba con los árboles’). PS, en esas primeras páginas, también detalla que  otro  recuerdo  de su infancia es cuando  cogía  anguilas de  los torrentes.  Explica  cómo se llevaba animales vivos a casa y Bujosa, echando mano del psicoanálisis, le pregunta si no estará en esa afición  de la infancia , reunir animales vivos, lo que le llevó luego a ser coleccionista de arte. Y no lo plantea Bujosa, pero quién sabe si también de  artistas y de sus historias.

De esa parte del libro, que anoté y subrayé en su momento, lo que no he olvidado es la reflexión de PS sobre el Myotragus balearicus,  cabra u oveja balear,  especie endémica de las Islas que desapareció hace miles de años, posiblemente (según una  tesis que PS da por buena y que me parece fascinante) cuando intentaron domesticarla. Es una historia muy bonita, que me ronda la cabeza desde que la leí, y que me da mucho que pensar. Igual que una obra de teatro, El okapi –de Ana Diosdado, estrenada en 1972­-,  que incide en eso mismo y cuenta la historia de un vagabundo conocido por  Okapi (como  la   jirafa del Congo  que no puede vivir en cautividad) y  que, después de  un accidente,   va a parar a un asilo donde muere  porque no soporta el encierro. Las  dos historias, la del myotragus y la del okapi, me acompañan siempre ya que tengo muy claro que el  día que te dejas domesticar en tu vida privada o en el trabajo - y desde luego en la profesión de periodista-   estás muerto.

Bueno, que me he ido por las ramas. En lo que yo estaba, y supongo que todavía estaré un tiempo, es preguntándome qué o quién (una persona, un  objeto, una idea, una apuesta o un sentimiento) fue su Rosebud. Pedro Serra definió una vez el museo de es Baluard como “un almacén de recuerdos”. Lo contaba en una entrevista que le hicieron, en 2004, a pocos días de la  inauguración. Recuerdo que  toda la sección de Local y Cultura  de Ultima Hora se movilizó y que yo me quedé, prácticamente solo, en la redacción. Era el nuevo. Meses atrás había dejado El Mundo huyendo de Eduardo Inda, sin ninguna duda el peor director de periódico que he tenido en mi vida. Era nuevo en Última Hora pero, años antes, concretamente en 1986, me había ido  del Baleares, que  Pedro Serra se había adjudicado  por  105 millones de pesetas en  1984  (al final de un proceso de subasta cargado de emoción y que todavía no está contado del todo y al que también optó  la empresa editora de El  Día,  que no tenía otro propósito que cerrarlo)  y fue entonces  cuando hablé con él por primera vez.

Ya lo he escrito alguna vez. Fue otro periodista,  Jaime Jiménez, el que  me acompañó a su despacho y le dijo que  escribía buenos artículos de opinión. Pedro Serra, tras la mesa (y previsiblemente fumando un puro, pero no sé si eso fue exactamente así o lo he recreado con el tiempo) abrió uno de los cajones y me dijo “ves, todo esto, son artículos de opinión, me sobran, lo que yo quiero son noticias”. Y me encargó que fuera con Pedro Prieto, reportero  a quien yo tenía por experto en misses y cotilleos, al puerto ya que había que informar de la llegada de un barco. El primer paso era hablar con los prácticos. No tenía ni idea de qué era un práctico. Fue lo primero que aprendí tras aquel encargo en Ultima Hora (aunque yo trabajaba para el ‘nuevo ‘ Baleares); que existían unos tipos llamados prácticos que, al parecer,  jugaban un papel decisivo  para la entrada y salida de los barcos.

Lo que no había contado hasta ahora es otra conversación, de esas que te marcan y que siempre me ha acompañado. Yo había regresado de una sesión  del Parlament, que entonces celebraba  plenos  por la tarde. Llegué a la redacción y ya estaba puesto el titular de lo que yo tenía que contar, las fotografías y hasta los pies de foto, supongo que siguiendo indicaciones ‘de arriba’.  Escribí el texto, me hice el ofendido (eso que se nos da bien en el periodismo), musité esas palabras que nos asaltan de vez en cuando en estos casos, léase  dignidad y tal, y me despedí diciéndole a Jaime Jiménez, que siempre ejerció de director a la sombra del Baleares aunque no lo nombraran hasta 1989,  que dejaba el periódico. Jaime  me  dijo algo así como “vale, vale, muy bien  niñín, hasta mañana, descansa”. Y quedamos que, al día siguiente, iría a ver a  Pedro Serra.

Aquella noche me puse muy trascendente, como es lógico, y me hice  una lista de ‘agravios’ en la que incluí, cómo no, que estaba muy mal pagado. De hecho, el paso del Balears del Estado al de la empresa privada, supuso la rebaja a la mitad de lo que llegué  a cobrar. En los últimos meses del Baleares que editaba Medios de Comunicación Social del Estado me habían pagado una cantidad que resultaba escandalosa para un principiante ya en aquella época. Como iban a subastar el diario,  y previsiblemente cerrarlo,  su último director, Heliodoro Muñoz, nos había hecho un contrato de seis meses a tres jovencitos que pensábamos que nos comeríamos el mundo, uno de ellos mi amigo Mateu Ramonell, que ahora está en la tele. Al día siguiente vi  a Pedro Serra. De aquella reunión salí con un ‘aumento’ de 5.000 pesetas al mes a cambio de publicar cada lunes una ‘entrevista diferente’ con jugadores del Mallorca (sólo entrevisté a un tal Hassan y a un chileno conocido como ‘Pindinga’) y unas palabras que no he olvidado y que aportan una visión de quien me las dijo que no he visto reflejada  en las muchas crónicas que se han escrito sobre él: “Entiéndelos, vienen del Movimiento y están acostumbrados a obedecer”. 

Aquella etapa del Baleares fue apasionante y la recuerdo acompañada de anécdotas. No sé si contar (sí, la voy a contar) una que tiene que ver con la manera de vestir que yo tenía entonces: de negro de los pies a la cabeza. Los primeros números del  nuevo Baleares se gestaban en una reunión que se celebraba por las mañanas en el sótano de Ultima Hora. Allá se  comentaba   lo que habían publicado los demás periódicos y lo que se podía hacer ese día. En una de esas reuniones, y eso lo sé  porque me lo contaron, se habló  algo  de mi  vestimenta y hasta de la oportunidad de darme un extra para comprarme ‘un traje’. No hubo necesidad y   seguí combinando mis dos americanas de pana negras con pantalones del mismo color hasta que me cansé. Mi etapa en el Baleares, el estatal y el privado, fue inolvidable, iniciática,  y no puedo menos que recordar a una figura fundamental  de esa época, a Gabriel Ferret Sobral, ‘Sobral’, mi ácrata de cabecera, un hombre valiente donde los haya  que se encargaba de los editoriales y escribía artículos de opinión (aún los escribe, ahora en Última Hora) y que, además, me introdujo en la vida nocturna que, según ha recordado mucha gente estos días, tan relacionada estuvo con esos años del periodismo. Gracias a ‘Sobral’ conocí a David y a Emi Fernández Miró que, a su vez, también me descubrieron detalles y vivencias que  me ayudan  a llenar  esta caja de cosas que abro de vez en cuando.
Estos días se han publicado muchos artículos. En casi todos, como hago yo en este escrito, suele recordarse la primera vez que el  autor o autora habló con Pedro Serra o  bien (como gesto de aparente distanciamiento)  se inician  con ‘Nunca he hablado con Pedro Serra’. De todos los que se han escrito hay dos que, en mi opinión, destacan sobre los demás y que, cruzándolos o en una lectura superpuesta, ayudan a conocerle. Uno es de Javier Mato. Lo publicó El Mundo y se titula ‘Pere Serra, un hombre imponente’. El otro es de Pedro Comas, que dejó la dirección de Última Hora en 2014, y se llama ‘Aprendimos a ser periodistas’. No lo firma como consejero editorial sino como ‘redactor y director de Última Hora con Pedro Serra’.
Quédense con esos dos artículos  y de ahí escarben, que es la única manera de ejercer el periodismo, también en esta era absurda de las redes sociales donde lo que manda es la inmediatez. De todos modos, y  ya cierro esta caja de cosas, el mejor artículo sobre Pedro Serra y lo que ha sido Última Hora lo escribió el propio Pedro Serra. Es la necrológica que publicó en julio de 1999 tras la muerte de Paulí Buchens. Se llama ‘Paulí y el Parc de la Mar’.
El artículo alude a la primera vez que Pedro Serra habló con él  e incluye el siguiente párrafo que no me resisto a reproducir:  “Recuerdas, Paulino, cuando nos conocimos. Tú acababas de estrenar la alcaldía de Palma, convirtiéndote en el alcalde más joven de España. Yo acababa de estrenar mi presencia en Última Hora. Entonces me sentía un ‘enfant terrible’  y deseaba con mi primer diario en castellano ser fuerte, independiente e insobornable. El día que, contra todo pronóstico, fuiste nombrado alcalde, Última Hora te dio un buen varapalo, que yo mismo escribí, debido a que no nos quisiste ofrecer –con buen criterio político, debo confesar y lo confieso-  una entrevista en exclusiva. No te enfadaste, más bien me visitaste en los sórdidos sótanos de mi despacho del Paseo Mallorca donde se imprimía el diario. Allí, creo, empezó una larga, segura y firme amistad”.

Sobra todo lo demás que pueda escribirse.

sábado, 15 de septiembre de 2018

Los anuncios de prostitución desaparecerán de los periódicos


Tarde o temprano (creo yo que temprano) los anuncios de prostitución, también llamados de ‘contactos’ o ‘relax’ en esta jerga  que utilizamos para mirar a otro lado sin sobresaltarnos, desaparecerán de los periódicos de información general.  Hay medios que ya los han retirado y hasta han hecho bandera de su decisión. No sólo El País. También en Baleares  otros periódicos hicieron esa apuesta: el Periódico de Ibiza y Formentera y, antes, el Diari de Balears.

 Es cierto que no siempre una decisión así responde al convencimiento de que la publicación de ese tipo de reclamos se aproximaría mucho, en mi opinión, a la esfera del proxenetismo. Es igual, tanto da que el primer paso para que algo cambie sea una cuestión ideológica, un compromiso moral, una apuesta deontológica, una apuesta por la igualdad y los derechos  o una  estrategia comercial. Lo  relevante es que una empresa de comunicación llegue a la conclusión  de que es mejor presumir no de no llevar este tipo de anuncios que de llevarlos. Y  que hasta  considere que, sin llevarlos,  gana en influencia y cotización.

El Gobierno de Baleares, que preside una mujer socialista, Francina Armengol, está dando vueltas y revisando con lupa una iniciativa legislativa  presentada por una diputada que fue expulsada de Podemos (Montserrat Seijas, del Grupo Mixto) que tiene un título muy claro: Proposición no de ley para  erradicar los anuncios de prostitución de los medios de comunicación de ámbito autonómico. La iniciativa secunda un  llamamiento del Consejo de Europa para “proteger, prevenir y eliminar todas las formas de violencia machista”; constata que “la prostitución es la máxima expresión del patriarcado y una de las más crueles” y recuerda que presentar a la mujer como  mercancía a través de los medios de comunicación es algo que ya han rechazado otras comunidades autónomas.

El Parlament de las Islas ha aprobado esta legislatura una ley de Igualdad  en la que, de una manera que no es fácil explicar, ha quedado  fuera este asunto, algo que una norma  similar  valenciana sí desarrolló. Ahora, el actual Govern balear, no tiene claro (de hecho hay voces en contra) que la publicidad, o la supresión  de ésta, deba utilizarse como forma de presión. Entiende que, sin el aval de una ley estatal, es imposible privar a un medio de publicidad institucional, ya sea  por sus contenidos o por su sección de anuncios. E intenta apostar por otras fórmulas. Por ejemplo, una política de incentivos y que este asunto no se limite sólo a ámbito publicitario.

Más allá de su  exposición de motivos, los dos puntos de la proposición no de ley inicial , y que está sujeta a modificaciones, van dirigidos a   “que  el Govern recomiende a los medios de comunicación autonómicos (digitales e impresos)  que eliminen estos anuncios por el bien del interés general” y “que desde el Govern no se emita publicidad de la CAIB [Comunidad Autónoma de las Islas Baleares] en los medios de comunicación que no eliminen esta práctica publicitaria, así como no se permitan subvenciones a los medios de comunicación que no erradiquen los citados anuncios”.

La izquierda, cuando gobierna, se sumerge  a veces  en curiosos  debates y peca en ocasiones de purismo excesivo. Luego sucede, como ocurrió  cuando  el Gobierno de Aznar, que termina siendo el PP quien suprime el servicio militar obligatorio o el que llega a acuerdos con quienes, hasta un cuarto de hora antes de necesitarles para desbancar al PSOE, iban  a romper España.

Con este asunto, en si se debe acabar y  cómo  con el anacronismo que supone este tipo de publicidad y en qué medida  la Administración debe comprometerse a fondo (incluso evitando la publicidad en esos medios) podría ocurrir  otro tanto si no se aborda desde todos los puntos de vista. Aparentemente la izquierda que gobierna  sabe lo que quiere pero no sabe cómo conseguirlo. O no se atreve a dar el paso. Eso es muy de la izquierda.

La proposición no de ley, en su redacción actual u otra, se aprobará. Los grupos de la mayoría y también el Govern se han cruzado  diferentes textos y es una buena señal que la diputada socialista Silvia Cano, que se ocupa de Igualdad,  se  encargue  de refundir la propuesta inicial con lo que el Ejecutivo de las Islas considera  que está en su mano hacer.  Pero el debate no es sólo político; en el otro lado de la historia, están los medios de comunicación. Parece  claro que todo está cambiando en su universo,  también la manera de enfocar la realidad, no únicamente en este asunto.  Y como todo ocurre tan deprisa, o te enfrentas a la ola de la realidad y el cambio de valores o  te subes a ella y te dejas llevar.  Es mi aportación al debate y la guardo en esta cajadecosas.

sábado, 4 de agosto de 2018

Un apunte sobre Última Hora


Este año se cumplen 125 de la Última Hora y creo que ya no puedo seguir aplazando más el momento de hacerle un hueco en esta ‘cajadecosas’ que,  alguna vez, tendrá que salir de este blog. Cada año por estas fechas le doy vueltas a la idea de ordenar estos escritos para que tengan vida propia fuera de aquí. También éste, en que se cumplen 125 de la publicación del  primer número del periódico. Si no le dedico un texto, aunque sea breve y a modo de  declaración de intenciones, no podré seguir adelante con otras historias.
La Última Hora cumple 125 años y, por eso, 2018  está siendo un año de conmemoraciones.  Reproducciones de algunas portadas, desde la primera  del 1 de mayo de 1893  a otras más recientes, salieron a las calles de Palma y para final de año se anuncia una exposición. Casi toda la primera página de aquel  primer número  lo  ocupa un texto titulado  ‘A nuestros lectores’, va firmado por ‘La Redacción’ y termina con unas palabras de las que he decidido apropiarme y convertirlas en santo y seña: “Si ponemos algo de nuestra parte, aunque no sea más que la pequeñez de lo poquísimo que valemos, ya será lo bastante para quedar recompensados nuestros afanes y vigilias”.
  El director actual de Ultima Hora, Miquel Serra, se refirió  a ese texto -en el suplemento conmemorativo que se distribuyó el  1 de mayo de 2018-  como “el artículo editorial más humilde que jamás se habrá publicado en el alumbramiento de un diario”. Y precisaba   que, aunque firmado por ‘La Redacción’, lo había escrito de su puño y letra el fundador y primer director, José Tous  Ferrer.
  El día 11 de enero, que fue cuando se celebró la gala inaugural de este año de conmemoraciones, hubo un concierto en el Teatre Principal y el programa de mano fue, precisamente, un pliego con la reproducción facsímil del primer número del diario. Nekane me guardo uno y me lo dio al día siguiente. Sabe cómo me gustan los papeles impresos  y, también, sabe de esta ‘cajadecosas’ y de mi empeño por ir llenándola con historias sobre periodismo y periódicos. Al  hilo del aniversario  y después de haber visto la película conmemorativa del nacimiento del periódico, ya no puedo seguir aplazando más la idea de escribir de Ultima Hora (que ya ha perdido el ‘la’ con el que nació pero  casi todo el mundo sigue diciendo  ‘la Última Hora’) aunque sea sólo con alguna pincelada que más adelante tendré que completar. Es que yo trabajo en Ultima Hora, me había olvidado de anotarlo y, por eso, me cuesta un poco más observarla desde la  distancia que he puesto de por medio al encarar  otras historias.  Supongo que este 125 aniversario, que coincide con los lamentos sobre la muerte del modo en que entendimos el periodismo y sobre el fin del papel, con la locura de las redes sociales, con la necesidad de revisar (y darle la vuelta) al modo en que los medios han tratado a  las mujeres  y con la desmovilización  vergonzante de la profesión a la hora de reivindicar sus derechos laborales,  puede dar pie a intentarlo.
  Empecé como redactor de Ultima Hora en 2003 pero conocía el diario desde  antes. Tanto como lector (el primer ejemplar  que tengo constancia de haber comprado fue el de la segunda edición del 20 de noviembre de 1975 y que llevaba como titular  principal ‘Arias lloró’, aludiendo al discurso que el presidente del Gobierno de entonces había pronunciado aquella mañana por televisión para comunicar la muerte de Franco) como más adelante, en 1984 , de  visitante ocasional del sótano del  Paseo Mallorca del que salieron los primeros números del diario Baleares después de que Pedro Serra  y otros empresarios  se hicieran  con la cabecera que antes editaba el Estado. Fue otro periodista,  Jaime Jiménez,  quien me acompañó a su despacho y le dijo que yo  escribía buenos artículos de opinión. Pedro Serra, tras la mesa (y previsiblemente fumando un puro, pero no sé si eso fue exactamente así o lo he recreado con el tiempo) abrió uno de los cajones y me dijo “ves, todo esto,  son artículos de opinión, me sobran, lo que yo quiero son noticias”. Y me encargó que fuera con Pedro Prieto, reportero  a quien yo tenía por experto en misses y cotilleos, al puerto ya que había que informar de la llegada de un barco. El primer paso  era  hablar con los prácticos del puerto. No tenía ni idea de qué era un práctico.  Fue lo primero que aprendí tras aquel encargo en  Ultima Hora (aunque yo trabajaba para el nuevo  Baleares);  que existían unos tipos llamados prácticos que, al parecer,  jugaban un papel fundamental para la entrada y salida de los barcos.

A Última Hora me incorporé formalmente en abril  de 2003, cuando  su redacción ya estaba al otro lado del Paseo Mallorca, en el edificio que había ocupado  el Baleares. A finales del año anterior había dejado El Mundo huyendo de Eduardo Inda  gracias a una oferta de baja incentivada  y andaba dándole vueltas a una biografía, que dejé a medias,  sobre un pionero del turismo de origen belga  con una historia tan interesante que daba para una novela. Creo que Joan Buades,  autor de Crui. Els portadors de la torxa (Edicions Aïllades,  Eivissa, 2016 en su primera edición) tuvo que conocerle y hablar más de una vez con él para tejer su  historia sobre  nazis y turistas.

No estaba todavía yo en Ultima Hora la tarde del 17 de julio de 1995 que fue cuando debió decidirse  una ‘primera’  que me persigue desde que la vi publicada al día siguiente, y a la que ya he aludido en otras ocasiones, que llevaba este titular: “Al fin, Cañellas se va”. Lo sorprendente de aquel titular, con una coma impresa que nadie respetó al leer, no era tanto que el presidente del Govern hubiera renunciado a su cargo como las palabras mágicas que el diario utilizaba para enmarcar la noticia del día, del año y de la década: ‘Al fin’. Los titulares nunca son inocentes ni gratuitos, sobre todo los que aluden a grandes historias, y la marcha de Cañellas lo era. Aquel ‘Al fin Cañellas se va’ (ignoremos la coma que podría dar a entender que tras varios días de duda, el presidente  había decidido irse) era el reconocimiento oficial del final  de una época. Hacía tiempo que todos los poderes de las Islas (y no sólo ese que se dio en llamar ‘cuarto poder’) esperaban gritar ‘Al fin’. Y Última Hora lo gritó.

 No hay duda que Ultima Hora es muy peculiar. En el fondo, y en la forma. Por ejemplo, y por recordar  algo  que me viene ahora a la cabeza y que me llamó mucho la atención desde el primer momento, por las cosas que sucedían en la Redacción. Según a qué horas, yo recuerdo las de la tarde, llegaban  visitas que rompían  con la cotidianidad habitual.  A veces eran las ‘vermadoras’ de Binissalem, que incluso venían con el alcalde; otras veces,  una tuna (que cantaba)   y, otras,   las ‘misses’, que luego se paseaban por la Redacción.  (...)  No sé si Última Hora debe de ser el único periódico de España  que todavía informa de ‘misses’ (...)  pero sí que cuando apostó por ser un diario popular a imitación de los tabloides británicos fue una de sus señas de identidad. De aquel cambio se recoge  bastante en la película del  125 aniversario, igual que del impacto que tuvo la portada con el titular ‘Todo sube’ (1 de agosto de 1974), aludiendo al incremento del precio del pan, del café y los transportes, y que marcó el inicio de la nueva etapa. Manolo Cámara, comunista y sindicalista, me  contó una vez la historia de otra portada con un titular a toda plana: “¿Dónde está Manolo Cámara?”. Eran los primeros años de la Transición, le habían detenido y nadie sabía de él. Me explicó que su  familia y compañeros se movilizaron y que Última Hora se imprimió con esa pregunta en portada. Y que  le dejaron en libertad esa misma mañana.

  (Y vale por hoy. El mundo, tu día a día, tu vida y tu trabajo te lleva a hacerte preguntas y a señalar contradicciones. Cuando puedes parar, pongamos que en unos días de un caluroso verano, te das cuenta. Trabajar en un periódico te obliga a una revisión constante de todo. También del oficio de periodista. Es lo que intento en esta ‘cajadecosas’)


jueves, 26 de abril de 2018

El escaparate de Inda al hilo de 'lo de Cifuentes'




(No tengo una buena consideración del modo en que Eduardo Inda entiende el periodismo.  Este texto forma parte de un proyecto más amplio que surgió de uno de los primeros escritos que incluí en esta 'cajadecosas' y que luego ha ido creciendo. Lo hago público ahora parcialmente aprovechando la dimisión de la presidenta de la comunidad de Madrid después de que el digital OKdiario difundiera un vídeo de cuando fue descubierta años atrás  llevándose dos botes de crema de un supermercado) 


 El escaparate de Inda

 La mayoría de la gente supo de Eduardo Inda (Pamplona, 1967) después de dejar la dirección de El Mundo/El Día de Baleares y regresar a la edición de Madrid tras  haber pasado por la dirección del Marca. La mayoría de la gente supo de Inda cuando simultaneó sus trabajos en El Mundo y su presencia en tertulias de la tele, sobre todo en la tertulia de aquel programa de La Sexta, el de los sábados por la noche, que vino a ser como una versión política del Sálvame de Tele 5. Dejó El Mundo, inmediatamente después de Pedro J. Ramírez, y fundó OK Diario, un digital creado a su imagen y semejanza y desde el que se dedicó a atizar a Podemos y a todo aquello que le pareció conveniente. En julio de 2017, un documental, Las cloacas de Interior (dirigido por Jaume Roures y con guión de Jaume Grau) le situó como un correveidile de los intereses de las tramas ocultas de poder. El 25 de abril del año siguiente vivió uno de sus momentos de gloria con la difusión del vídeo que forzó la dimisión de la presidenta de la comunidad de Madrid, Cristina Cifuentes.

Inda se hizo con la dirección balear de El Mundo en 2002, cuando sustituyó a Luis F. Fidalgo después de un cambio de calado, que él mismo justificó en su primer artículo, que también afectó a la gerencia del periódico. Las referencias sobre Eduardo Inda no podían ser peores. Antes de desembarcar en El Mundo/El Día de Baleares, que se editaba en Palma, había dirigido la edición del periódico en Eivissa. Esa edición, no era en puridad una delegación de El Mundo de Pedro J. Es decir, que no formaba parte del proyecto fundacional del diario, quizá ni siquiera encajaba. Era un periódico montado por un sector del PP en las Pitiusas y empresarios turísticos de la Isla contrarios, de hecho, a algunos de los postulados que El Mundo decía defender en su línea editorial. Desde el principio, eso sí, fue un periódico contrario a la mayoría de izquierdas que entonces gobernaba en Baleares y especialmente anti Pilar Costa, presidenta del Consell de aquella Isla, pese a que ni al PP ni a los empresarios ibicencos que financiaron el proyecto les gustó el estilo de la nueva cabecera.
Lo que hacía el periódico –sin el apoyo, cuando no con la oposición, de la dirección de Mallorca- era trasladar el estilo “agresivo” que el diario de Pedro J. utilizó en la última etapa de Felipe González. A falta de escándalos sonados como los Gal, Ibercorp o los papeles del Cesid, hubo que recurrir a otros asuntos más de andar por casa que desconcertaron, incluso, a los patronos del proyecto y a sus valedores políticos. El propio líder del PP, el entonces coordinador del partido, Josep Juan Cardona (condenado años después a la pena más larga de cárcel por un caso de corrupción que se ha dictado nunca en Baleares) llegó a quejarse de que Inda pretendiera marcarle cómo debía ser su estrategia política y parlamentaria. El Mundo sacaba un tema y el PP debía llevarlo al Parlament. Estas cosas funcionan así. Sobre todo si se habla de información política.

Quizá se debiera a su carácter peculiar, quizá a la tupida red de intereses, a las complicidades que da el hecho de ser Islas o la cultura mediterránea. Lo que, en aquellos años, parecía bastante claro es que había  un tipo de periodismo que podía  tener éxito en Madrid y que no funcionaba  ni en Cataluña ni en Baleares. En Cataluña, el nacionalismo de Pujol supo aprovecharse bien de la forma de ser catalana y nadie, durante años y años, y hasta después de dejar la Generalitat, se atrevió a salirse del guión aceptado por todos los medios. Con la idea de romper este estilo, tan propio de Baleares, llegó Inda; primero a Eivissa y luego a Palma.

Aparentemente, la estrategia del director no iba ni con el 'espíritu balear' del momento (recién empezado el siglo XXI)  ni siquiera con el ibicenco. Titulares agresivos, grandes historias sobre noticias que no lo eran, explotación diaria de asuntos que se habían agotado (a veces desmentido) el mismo día de su publicación, afortunada elección de frases pegadizas para mantener vivos los temas, como “la web del Govern que enseña a drogarse” para referirse al patrocinio desde la Conselleria de Bienestar Social de una web sobre toxicomanías, marcaban el día a día. Ese asunto, “la web del Govern que enseña a drogarse”, se convirtió en una cruzada personal de Inda. La verdad es que, por la novedad del estilo, la gente hablaba de El Mundo e incluso se seguían las noticias. Hasta algún líder político llegó a ver útil el estilo  del diario en Eivissa, aunque no fueran precisamente los políticos del PP. “Es mi cruz” comentó el entonces ministro Jaume Matas a quien (en teoría), el periódico, debía allanarle el regreso a la presidencia del Govern en las siguientes elecciones de 2003.
Paradójicamente, el político con quien mejor relación llegó a tener Eduardo Inda fue el diputado verde Joan Buades. A ambos les unía la crítica feroz a la presidenta insular, Pilar Costa a quien el director bautizó como “la jefa”. La primera vez que Joan Buades visitó la redacción del diario en Eivissa se extrañó mucho de ver colgadas en las paredes páginas con su foto y anotaciones a mano al estilo de “muy bien, Joan”, “dales” y cosas por el estilo.
El director lo comentó un día: “A mí no me interesa ni el PP, ni el PSOE, ni ningún partido, lo que yo quiero son titulares que vendan”. Por eso daba varias vueltas de tuerca a los titulares. Los titulares (con muy buen criterio, por cierto) eran la obsesión de Inda. Lo tenía bastante claro y una vez lo explicó así: de nada te sirve tener la mejor tienda de diseño sin un buen escaparte.

No es que la teoría fuera mala.  Es que no la supo aplicar. Con la distancia, cuando se pueda analizar El Mundo de Inda (sobre todo el de Mallorca) habrá que señalar dos características que fueron las que llevaron, entre otras causas a la desmotivación (y finalmente abandono) de una parte de la, en general, muy excelente Redacción: el desprecio a los matices y la desconfianza en el producto final.
La gente de la Redacción lo debatió mucho, sobre todo en los días previos a la “fuga”. La dinámica de los periódicos es perversa. O te implicas o no te implicas y si te implicas puedes terminar por asumir todo lo que venga. El Mundo nunca llegó a publicar una mentira total. Lo que sucede es que no publicar una mentira no es sinónimo de publicar la verdad. La dinámica del trabajo en las redacciones te lleva a aceptar ese hecho. Un titular, se dice, es la interpretación de un texto pero nunca cabe en un titular todo lo que se quiere decir y el titular debe resumir. El famoso escaparate. Lo que ocurre es que, cuando en un escaparate se da el mismo valor a todos los productos, cuando no se distinguen ni se ordenan, se termina por no saber qué es lo que se quiere vender. Con el auge posterior de las redes sociales (pero eso ya excede a este capítulo) todas las noticias pasaron a tener el mismo valor.
Atendiendo sólo a los presuntos gustos del público, la calidad es imposible. En las páginas de un periódico –una perversa herencia de las televisiones- pueden aparecer correlativamente noticias como el asesinato de una mujer, la eliminación o el triunfo de un lugareño en un concurso de la televisión, la última intervención del presidente del Gobierno o los datos del paro. Eso fue lo que le pasó a El Mundo donde, además, a la hora de los análisis todo se dividía en buenos y malos. Y los malos, en general eran siempre los mismos. Sin matices.

En Agosto de 2002 –tras la salida paralela del anterior director y del gerente, que sólo se explicaría algún tiempo después- Eduardo Inda desembarcó en Palma. Antes había ocurrido algo. El periódico había editado uno de esos suplementos conmemorativos de algún aniversario. El artículo que, desde Eivissa, había escrito el futuro director, no salió tal y como lo había escrito. Inda se indignó y envío un duro correo electrónico a Fidalgo, explicando que nunca le había sucedido algo así. Sólo que aquel correo, intencionadamente o no, no lo recibió únicamente su destinatario, sino que llegó a todos los buzones del periódico.
Su primer artículo como director, firmado, el 18 de agosto en su columna semanal Los Puntos sobre las Ìes, llevaba por título 'Vientos de Cambio 'y en él avanzaba que “Seguiremos siendo, con más intensidad si cabe, el pepito grillo de la sociedad balear, el altavoz de lo que otros callan”.
Leído así (y como ocurre siempre con los textos genéricos), parecía una excelente declaración de principios pero quedaba claro que era el inicio de una etapa, más crítica que hasta entonces, con el Govern de izquierda, que se sostenía gracias a UM, y los gobiernos insulares. Aquel artículo incluía un ‘aviso para navegantes’, que se iba a exigir un reparto diferente del pastel publicitario. En un primer momento, Inda concitó incluso, el apoyo de Antoni Alemany, el primer director del diario cuando sólo se llamaba El Dia y que, en un artículo que posiblemente hoy no escribiría, llegaba a referirse a Inda como una “apuesta que me gusta”; defendía supuestas virtudes que otros no habíamos visto y auguraba que “de entrada aportará al periódico sus 34 años, es decir audacia, dinamismo y frescura”. Afirmaba que “ha despertado grandes esperanzas y expectativas”, que tendría que confirmarlas y concluía “Eduardo Inda lo tiene todo para comerse el mundo”.
Luis F.  Fidalgo, que había llegado al periódico para relevar Basilio Baltasar en abril de 1995, anunció que se tomaba un año sábatico. Terminó plenamente integrado en la sociedad balear y encargado de la imagen de la Corporación Financiera Alba, del Grupo March.
Inda llegó a la dirección en agosto y yo me marché octubre. Fue una salida pactada. Aparentemente, todo el mundo quería marcharse del El Mundo y una veintena de personas de todos los departamentos nos acogimos a un despido incentivado. Los de la ‘central’ no podían creer lo que estaba pasando. En lugar de luchar por continuar, luchábamos por marcharnos. En 2007, Inda dejó la dirección y volvió a asumirla Tomás Bordoy, que ya ocupó ese puesto cuando el periódico se llamó El Día 16.

jueves, 29 de marzo de 2018

Rock and Press

Era un garito de Palma, de esos en que lo mejor es olvidar el nombre y la dirección. No sé si  fue Marisa o el Rodas. Ahora tengo confundido quién me dijo que se había montado un grupo para la fiesta del Spib. Y allá nació Rock and Press. Y me sedujo. Y me enamoró. Y me cambió todo. Si hasta me puse a bailar.  Antes de Rock and Press, aquel año era  2005, yo no bailaba. Era muy comedido, de una timidez patológica. No perdí la virginidad con Rock and Press,  pero sí la verguenza. En un concierto, y lo sé porque hay una foto, arramblé con una señal de tráfico y la levanté como un trofeo cuando escuchaba a  Rasputín. El reservado, lo pone el Ibatur, eso lo sabemos. Y más cosas
 Rock and Press nos sacó un espejo y nos lo  puso frente a la cara. Y yo me ví. Y ví a amigos y amigas que no había visto antes. Y supe cómo se llamaban. Es algo que siempre me había reprochado Nekane. "Sandy, es que no te enteras, no ves", me dice todavía. Rock and Press me abrió los ojos. Y me hizo ver la profesión. Y me reí mucho con ella.  Igual que me reí cuando los de Ib3 enviaron una cámara para ver si era verdad que Gabi Rodas decía "María, fóllame" al final de Tengo una oferta de Ib3. Pero sé, Massutí, que los jefes de prensa de fiesta se van y que dejarán su despacho y su coche oficial.  Y que si me gusta esta historia, y quiero saber más, la tengo que buscar en la barra de un bar. Ya lo sé, los tiempos están cambiando. Pero he aguantado a Pere Bota que, como Cati o Teresa, está hasta las narices de que su jefe quiera un grupet. Cómo cambió cuando hizo los coros de Tuve una oferta de Ib3. Volvió nuevo. Hola, Carlos, gracias por llevarme a Ca na Palleva. Y porque Margarita pueda contar su historia.  Rock and Press aguantó hasta  2011 y llegó a un concierto para evitar que otra María cerrara  [M]. No lo lograron. Pero nos enseñaron que a todos los cerditos  les gusta  la corrupción. Gracias. 

martes, 2 de enero de 2018

El año (será) de la Polka


(Guardo en esta cajadecosas este escrito del último día de 2017 y pensando en la magia de los bares)

Allá fuera, está la pareja que juega al ajedrez. En la esquina de la barra, el periodista que escribe sus artículos en el Iphone. Como aún no ha llegado C, se ha puesto en su sitio. Hay un cartelito con su nombre. Cuando ella está, todo el mundo sabe que es su espacio. Es historiadora del arte, le gusta el cine, plastifica sus historias , a veces las regala, y organiza mercadillos. Pepe, Pepe Marroig, anda contando estos días que el bar ha cumplido cinco años. Es el culpable de todo. Bueno, digo el culpable y debería decir el mago. Ha organizado una especie de viaje en el tiempo. La Polka es el resultado de un hechizo. Ha atraído a gente de épocas distintas que se ha quedado allí como si tal cosa. A Carmina, que entra y sale de barra y lo controla todo (no se le escapa una) la conocí en el colegio. Como a L y a M, y a otras del grupo que aterrizan de vez en cuando, En la terraza, según entras, a la derecha, hay una mesa, que llamamos comunitaria. Se sienta todo el mundo y no hace falta preguntar. Allá se cuentan cosas y se tejen historias donde se mezclan épocas diferentes. Alguna vez está sólo T, que siempre habla de algún libro que dice que está escribiendo. O cuenta que el otro día le robaron la tablet. Hay noches de monólogos y también de conciertos. A la gente le da por bailar y hay listas de canciones con nombres de clientes y clientas que luego escriben cosas por Facebook. La Polka abrió de repente y parece que quiere quedarse. Mira, acaba de entrar la abogada de aquel caso tan famoso que instruyó el juez de la infanta. No, a él aún no le he visto por aquí pero sí a alguna jueza polki. Pepe se empeña en llamarnos polkis y hasta nos lo creemos. Los polkis no se quedan sólo en ese bar, a veces también van en procesión, en grupos de tres o cuatro, a La Posada, que está un poco más arriba. Los bares son santuarios y templos y cuando los nombras convocan a quienes han pasado por ellos. Eso pasa mucho en éste. Por ejemplo, sombras y los espíritus de la Moncloa y el Casablanca asoman algunas noches en La Polka y traen recuerdos y voces de los años ochenta. Si hasta J sigue poniendo cañas en la barra. Lo único que ha cambiado es que ahora pagas en euros y no con pesetas. Puedes retomar con T o con E conversaciones que entonces quedaron inacabadas y empezar otras nuevas. ¿Ves aquel cartel de Moncloa en la pared? Igual empujando el marco de cristal, cede, como sucedía con el espejo de Alicia y puedes pasar a través suyo y llegar a un mundo mágico que reúna todos los momentos del pasado y se enganchen a los de ahora. La conté a C, que también es polki, que la escalera por la que se subía a Moncloa coincidía, décadas atrás, con una de las ventanas del Bar Torres. Quizá esta noche de final de año todos y todas se pongan a bailar la polka en un aquelarre de épocas y lugares. Seguro que A hará mil fotos de ese momento. Viene a ser como el fotógrafo oficial, deja constancia de todo lo que pasa. O de casi todo. En esa mesa de allí se sienta el grupo feminista. Suele aparecer un día concreto de la semana. J celebró su cumple este año. Y también estaba L, que (casi coincidiendo con la apertura, bueno reapertura, porque la cosa viene de atrás) inauguró una librería peluquería de nombre también mágico que está agitando un poco la vida cultural del barrio. Igual que los conciertos en directo. La otra noche, uno terminó con una proclama que aún me ronda: “Viva la clase obrera, viva la música en directo, que los de arriba no entienden nada´´. Lo mejor está por llegar y seguro que este año nuevo será polki. Nos vemos en 2018.

domingo, 20 de agosto de 2017

La mochila de agosto



Metí en la mochila de las vacaciones el libro de Juan Cruz Un golpe de vida (Anagrama,  2017). No rehuyo el yo ,que tanta controversia despierta en el mundo del periodismo, y  me sumerjo con interés  en los libros de periodistas que  escriben en primera persona.Creo que Un golpe de vida  me ayudará  a revisar esta ‘cajadecosas’, pulir otros escritos que tengo por ahí  y  hacerles un hueco fuera del ‘blog’ .En eso estaba, después de haber pasado otro verano más por Boquiñeni, donde las campanadas del reloj de la plaza dan las horas dos veces y eso te da margen para una segunda oportunidad, cuando llegó el atentado de Barcelona
Inmediatamente todo cambia, incluso la referencia a las Ramblas  que guardaba  para recordar una  leyenda urbana, cierta o no, de un director que llegó a La Vanguardia en tiempos de Franco, se sorprendió de la gente que paseaba por ellas y lo primero que hizo fue encargar un reportaje sobre el asunto. Pero desde el 17 de agosto ya no se puede  nombrar a  la Rambla de Barcelona  sin más (ni siquiera para reforzar la idea de que nada ha pasado  hasta que se cuenta),   igual que  la  poesía es difícil  después de Auschwitz como enseñan Adorno y Primo Levi.

Reviso textos, añado y matizo  pero la actualidad manda y lo primero será dejar constancia del debate sobre el tratamiento que los medios han dado a los atentados y, especialmente,  a la pregunta sobre si la práctica totalidad de diarios impresos se equivocaron  con la fotografía de  David Armengou, de la agencia Efe,  que llevaron a sus portadas al día siguiente. Fue la misma que también eligió Ultima Hora, el periódico donde trabajo ,y que La Vanguardia recortó parcialmente por el ángulo izquierdo  para evitar una mirada de espanto y  un niño en pantalón corto  tendido en el suelo.  No viví aquella tarde lo que sucedió en la Redacción pero no me cuesta imaginarlo. Aunque el grueso de argumentos a favor y en contra se han dado en las redes (en general, periodistas ‘en activo’ la han defendido mientras que quienes no están en estos momentos en un medio de comunicación han mostrado bastante indignación)  el diario Hoy de Extremadura,  incluyó un artículo de Ángel Ortiz, sensato en  parte aunque con un hiperbólico final con el que pretendía zanjar  el asunto,  justificando la elección de la imagen.  Mi amiga periodista Nekane Domblás  comentaba que había notado mucho  "ursulinismo periodístico"  en la red.

Opino que la fotografía en cuestión merecía ser publicada  (lo que es morboso y repugnante es la exhibición constante, el detalle, el enfoque exagerado) y creo  que si todavía hay gente que almacena diarios de papel, sobre todo los ejemplares que aluden a momentos decisivos y que luego pueden ser consultados en una tarde de no hacer nada, se entendería poco o nada que no aparecieran imágenes de la barbarie. Diferente y reprobable, como también han hecho algunos medios, es haber incluido fotografías lanzadas desde  móviles  y que luego se exhibieron como trofeos macabros por la red.Nada aporta,  igual que no aporta nada  la constante repetición de imágenes en los informativos especiales de las teles. Se le escapó a una periodista a la que una cadena había ‘dado paso’ para un directo  desde algún escenario de la noticia  aquel jueves por la tarde  y todo el mundo pudo oír su comentario: “Es que aquí no está pasando nada”.

Me ha costado tomar partido, he tardado dos días en poner esto por escrito (cuando empecé a escribir,  la Rambla de Barcelona sólo era  la Rambla, o las Ramblas,  y  Cambrils poco  más que el lugar donde veranea gente que conozco de Zaragoza)  pero difícilmente podía no hacerlo si escribo de periodismo.  También añado que estoy convencido de que la controversia que debió darse en las redacciones sobre si publicar o no aquella fotografía en portada nació viciada  por una pregunta que seguro  planeó  en el ambiente y  que igual se verbalizó o no: ¿y si los otros la publican y nosotros no? Supongo que fue lo que inclinó la balanza. Sirva como reflexión inicial a la espera de que se manifiesten todas las contradicciones que llevo dentro, incluida que no vimos fotos de ninguna vícitima del 11-S  ya  que, seguramente, impactó  más la caída de las torres tras el choque de los aviones.  Y aprovecho ahora  para recoger un comentario de Juan Cruz en su libro  cuando aludiendo  a otro  asunto (el efecto que tendrán las declaraciones de un político que viajaba  en un tren)  se sorprende a sí mismo, escribiendo ‘reflexión urgente’ y cae en la cuenta de que es una paradoja. Por eso me he tomado mi tiempo sabiendo que, a partir del lunes todo volverá a ir deprisa, deprisa.

Las redes sociales lo han cambiado casi todo en este gremio. Es algo que se ha escrito o dicho hasta la saciedad y ya ha alcanzado la categoría de obviedad. Esta vez, sin embargo, me ha parecido notar una incomodidad mayor desde el periodismo ejerciente  hacia los comentarios críticos de las redes. Supongo que es el inicio del hartazgo pero , entre respuestas razonables, también se ha colado un punto de corporativismo.  Algo  positivo que tienen las  redes es que permiten controlar al que controla  y que es inútil tratar de ocultar nada, ni siquiera los debates internos de un medio de comunicación, porque todas las ventanas están abiertas. Eso facilita que se cuele mucho aire viciado pero también alguna brisa reparadora.

Ya no hay un solo Dios verdadero ni siquiera para decidir lo que es noticia y lo que  no. El periodista, o la periodista, se había puesto muchas veces en el lugar de Dios. Tal vez con el empeño de Edmond Dantès, el Conde de Montecristo, cuando proclama que, sencillamente,  le ha suplantado. Me divertí hace unos años con una reflexión de Arcadi Espada. En sus Diarios (Espasa Calpe, Madrid, 2002) incluía el siguiente texto:“¿Acaso ha dado alguna vez Dios su opinión?’, escribe Flaubert a George Sand la noche del 5 al 6 de diciembre de 1886. El ideal flaubertiano de que el autor desaparezca en el texto coincide con uno de los cánones periodísticos, de raíz anglosajona, que más frecuentemente se enseña en las escuelas. Flaubert veía su actividad como la de un dios que va disponiendo sus materiales y que con suprema indiferencia espera que estos hablen por él. No es en absoluto distinta de la visión que algunos periodistas tienen de su trabajo. ¿Qué es acaso, la voz mayestática del periódico, directa o indirectamente utilizada, ese Nosotros o Este diario ha podido saber (y qué decir del modestísimo verbo trascender con que los periodistas explican que se han enterado de algo), sino la aspiración de Dios? ¿Qué hay en el origen de la repugnancia que a tantos periodistas les provoca el yo sino una voluntad de divinización del mensaje?”

Lo curioso es que  el  empeño por la desaparición del periodista (y eso me permite volver a la senda con la que inicie el paréntesis de las vacaciones que tengo que cerrar)  sólo es comparable al empeño de éste en demostrar que ha sido el primero en enterase. Son las dos caras de una misma historia , que he podido ir constatando en este tiempo: de un lado, el intento de situarse al margen y aparentar que las cosas son las que son y que por eso se cuentan. De  otro, el malestar cuando alguien se atribuye haberlo contado antes.
  
Mientras leo el libro que llevo en la mochilla, anoto mi  teoría, no sé si equivocada o no,   sobre la relación de periodistas con textos de periodistas: que buena parte  del gremio tiende a marcar distancia, al menos públicamente porque si  admites que lees un texto, y sobre todo  si lo elogias por el modo en que está escrito más allá de si estás de acuerdo con la tesis de fondo,  corres el riesgo de  que pueda parecer que ‘ copias’ y no aportas nada nuevo.  Quizá sea una patología pero en  este mundillo se tiende a creer que somos  los primeros en todo, incluso en contar nuestra  vida, lo que ya es el colmo del papanatismo o del ego inflamado que se mueve por ahí desde mucho antes de Twitter y Facebook.

 Supongo que el día que  asuma que se puede escribir algo nuevo después de Proust, también conseguiré compartir todo lo que llevo dentro. Me ha interesado la sinceridad de Juan Cruz aunque me asuste el énfasis que pone en realzar su entrega casi religiosa al oficio y su defensa a ultranza, sin apenas un grieta que deje pasar dudas razonables,  sobre  el diario El País que, opino,  ya no es la bandera que en los años que siguieron a 1976 íbamos a buscar cada mañana a los quioscos y que un aciago domingo de diciembre de 2010  llevo a la portada del semanal a Belén Esteban y la presentó como ‘princesa del pueblo’. “¿Qué si no siento la necesidad de escribir un libro? Pues no, si hasta Belén Esteban escribe libros”, me contestó el otro día Sobral,  Gabriel Ferret, mi ácrata de cabecera, cuando le pregunté por eso.  Sobral  siempre da el  consejo oportuno (mal que le pese admitirlo),   está de vuelta de todo y que lo ha hecho todo, incluso textos que luego firmó Camilo José Cela.

Seguramente lo que me impide ver a mí el periodismo como un sacerdocio o  una religión sea el hecho de que yo escriba en periódicos sin haber  pasado por una facultad de Ciencias de la Información. Mi curiosidad es de ida y vuelta. Me gusta vivir las historias desde dentro, y hasta contarlas ( y por eso intento  recopilar lo que he vivido desde que llegué al Baleares en 1984)  pero me gusta, como estos días,  pasarme horas leyendo periódicos de papel. Cierro de momento la mochila y  el paréntesis de este verano, el tiempo en que  la reflexión no tiene que ser de urgencia, como volverá a serlo en cuestión de horas,  y la comparto en la red.   Qué, por qué y  para qué, aún  no lo sé. De momento sólo me atrevo a con el  quién  (que sería yo) y el dónde: entre Palma y Boquiñeni (Zaragoza) en  el mes de agosto de 2017, el de los atentados de Barcelona.

(PS. // Un diario, El País,  oculta hoy su portada ya que se vende encartado por la publicidad de un coche. Aún así,  compro a ciegas y me pregunto qué habría pasado si eso hubiera ocurrido al día siguiente de los atentados. ¿Se habrían tapado las fotografías? Ay, qué irrelevante puede  resultar todo, hasta lo trascendente)


lunes, 3 de julio de 2017

Farmacia de guardia, periódicos en la madrugada y un hipermercado

La Farmacia March Noguera, en el número 186 de la calle Joan Miró de Palma, ha cambiado de titularidad  en julio de 2017. Su hasta ahora propietario, el ex dirigente socialista balear Joan Mach Noguera (Palma, 1949), figura clave, no sólo para entender la política isleña, sino también las relaciones de ésta con el mundo de la empresa y de los medios de comunicación, ha optado por jubilarse y cerrar una etapa muy movida de la  historia,  repleta de episodios que hoy pueden ser ya vistos con cierta perspectiva.

Sobrino nieto del banquero que financió el vuelo del  Dragon Rapide que llevó a Franco de  Canarias a Marruecos  para encabezar el golpe contra el Gobierno republicano (julio de 1936),  Joan March Noguera es un personaje peculiar, que rompió con la familia, que vivió su etapa universitaria en Pamplona y que llegó al PSOE de la mano del Partido Socialista Popular (PSP) de Enrique Tierno Galván, que le retrata en su libro de memorias Cabos sueltos (Cinco Estrellas, Bruguera, Barcelona, 1981).
 Aunque es sabido que el ‘Viejo profesor’ (VP) se inventó buena parte de su biografía y que Cesar Alonso de los Ríos,  aportó pruebas fehacientes en La verdad sobre Tierno Galván  (Anaya, 1997), Tierno acierta plenamente con la descripción del joven March.  Aludiendo a la oportunidad de seguir adelante con un mitin en la plaza de toros de Vistalegre, el VP escribe lo siguiente: “Uno de nuestros compañeros, de inaudita energía, capacidad de trabajo infatigable y gran agilidad mental detrás de su apariencia tranquila y casi torpe, Juan March, fue quien insistió en hacerlo”.
Esa imagen, próxima al torpe aliño indumentario machadiano, es la que también paseaba en los años ochenta y noventa, cuando estuvo al frente del socialismo balear, se granjeó enemigos (entre otros, el alcalde de Palma Ramon Aguiló) y estuvo en la cocina de historias que todavía  tienen descosidos: el intento de lanzar un periódico de partido, la compra del diario Baleares, la disposición  de la Banca March a forzar la caída de Ramon Aguiló por oponerse a la construcción de un  hipermercado que auspiciaba, o la enorme deuda del partido que, por el episodio de  unas  letras  endosadas  (.................)  casi provocan el embargo de la sede central del PSOE en la calle Feraz de Madrid. Este último asunto  fue el que llevó a la intervención de las cuentas del partido en las Islas por parte de la ejecutiva federal y el que forzó su caída como secretario general en 1994.

Aquellos eran tiempos con menos  urgencias informativas, no existía el periodismo digital, ni los tuits ni nada semejante y March esperaba de madrugada  la salida de los diarios. Compraba todos y se los llevaba bajo el brazo de  camino, o de regreso, de la farmacia. Una farmacia, entonces con una rebotica y unas escaleras que llevaban a un despacho en el piso superior, en la que March hilvanó documentos que hoy suscribiría Podemos,  y que fue cuartel general de una estrategia que marcó el futuro del partido. Allí se hablaba de política, pero no solo. También de cómo abordar la relación con los medios de comunicación y de las relaciones de poder.
Le recuerdo, con pizza y cocacola, la noche que me contó que había que hacer algo con Aguiló que, en su opinión, se negaba 'a ser ayudado'.  En mayo de 1989, Ramón Aguiló, que  aquel mandato se había estrenado como alcalde en minoría,   decidió destituir a dos concejales, Esteban Siquier y Santiago Coll (que habían roto con UM para darle apoyo  y  formaban parte del equipo de gobierno) después de ambos apoyaran  una recalificación para dar salida al Pryca que se quería construir en Son Gotleu. Estaba yo  en El Dia, que entonces llevaba unida a su cabecera el número 16, y esa noche aprendí mucho de las relaciones entre la política, la empresa y los medios. Recuerdo con nitidez  el momento en que me preguntó  hasta qué punto creía que los periódicos de aquí, y concretamente en el que trabajaba,  se iban a hacer eco de una campaña de ‘denuncia’ del PSIB contra la Banca March. Rio ahora  sólo de pensar que el líder socialista (formalmente era vicesecretario general pero mandaba mucho) pudiera pensar que yo, con veintitantos años, tuviera  algo que decir sobre las decisiones que tomaba un periódico.
Pero la campaña que lanzó el PSIB no aludió a  la Banca March, sino a ‘Sa Banca’, así con mayúscula. Cómo me llama la atención esto de las marcas  y que,   todavía hoy y aquí, aún estemos polemizando sobre si hay que seguir llamando Sa Nostra a lo que dentro de nada será Bankia . O  que asumiéramos que el banco del los March tenía que ser ‘Sa Banca’.  Joan March Noguera, con Aguiló pendiente de un hilo, dio el visto bueno a una campaña de pasquines que iban a repartirse  por las calles de la ciudad: ‘El PSOE diu no a un hiper per imposició de Sa Banca’.
En aquella época, Pryca, que acariciaba la idea del hipermercado, estaba participado por la  Corporación Financiera Alba, el holding inversor de la Banca March.  El Diario de Mallorca era entonces propiedad de los March y la Baleares SA que detalló el hoy director de IB3, Andreu Manresa, en pleno apogeo.
Hay un libro que ayuda a reconstruir aquellos años y la crisis  del hipermercado,  el que publicó en 1996 la periodista Gina Garcías partiendo de  largas conversaciones  con el exalcalde de Palma. Se llama ‘Ramon Aguiló, memòria sentimental del canvi’ (Lleonard Muntaner Editor, Palma, 1966).  Recuerda Aguiló cómo, coincidiendo con el nacimiento de su segundo hijo, hubo un cambio en la dirección del Diario de Mallorca  y las tensiones emergieron cuando, en 1985, se puso sobre la mesa el proyecto para construir aquel centro comercial en Son Gotleu cuando El Corte Inglés también asomaba la cabeza. El PSOE gobernaba Palma entonces con mayoría absoluta. El proyecto se retiró el día que tenía que aprobarse. Su siguiente mandato, lo inició en minoría y , a partir de ahí, se inició una guerra de intereses. Consultar los periódicos de la época no es suficiente para hacerse una idea de lo que estaba pasando.  El relato no quedará completo hasta que se fusionen todas las versiones, también la de Aguiló y la de Joan March. Pero, igualmente,  las de otros protagonistas de aquellos tiempos, y que se supone que escribirán algún día  memorias que puedan arrojar luz sobre esas y otras historias.
 Hay nombres relevantes  e historias que, desde la distancia, parecen increíbles, como el intento de montar un periódico (de papel, claro) y que alcanzan a intrigas de novela sueca. Si todo esto fuera una novela, seguramente aparececería en ella   una farmacia de guardia y un farmacéutico que compraba diarios en la madrugada. Pero todo eso, tendrá que quedar para otro día.