jueves, 19 de mayo de 2016

Vila-Matas no se acaba nunca

Me ocurre algo extraño con los libros de Vila-Matas. Me van desapareciendo aunque yo estoy convencido de que, una vez leídos, les hago un hueco en la estantería. No desaparecen todos, pero sí algunos que recuerdo por algún motivo especial y con los que no consigo dar estos días pese a que   los busco afanosamente. Estoy seguro de que nadie los ha cogido y de que no los he prestado. Sólo me queda pensar que no quieren quedarse quietos o que siguen escribiéndose solos (lo que no resultaría extraño siendo de Vila-Matas). Por eso estoy tomando medidas para que no huyan todos uno tras otro. Sé que leí Hijos sin Hijos porque recuerdo que alguien iba buscando un nombre secreto por Zaragoza. Y estoy hecho a que París no  se acaba nunca. Esos títulos en concreto (y algunos más) no están donde yo creía haberlos dejado. Por cierto, que París no se acaba nunca me sirvió para acercarme por primera vez a EVM. Diré que él estaba sentado en un bar y más adelante (si todo este texto no va desapareciendo conforme añado palabras mientras espero a que termine una reunión política de la que tengo que informar en el periódico de mañana) contaré cómo fue aquello.
   Estaba con lo de los libros que, una vez leídos, no se quedan quietos. Y contaba que estoy tomando medidas. Por ejemplo, poner a buen recaudo (o eso me parece a mí) Marienbad eléctrico, que es el ultimo que he leído. Lo primero que he hecho ha sido separarlo de Porque ella no lo pidió. Conociendo como se las gastan EVM y sus fantasamas, supongo que ambas historias, o las historias que contienen ambas historias, terminarían haciendo de las suyas y arreglándoselas para escapar  juntas y confundirme del todo. O tomo medidas, o Dominique Gonzalez -Foerster se fundirá con Sophie Calle y será tan fácil engañarme que nunca sabré si fue en el Bonaparte o en el Café de la Flore el principio de todo. Envidio (o admiro, que es la manera lógica de envidiar) a Enrique Vila-Matas. Meterse en una historia suya es como escarbar la tierra mojada del campo con las manos. Empiezas por lo superficial, que es lo que se ve a simple vista, un fruto o una hortaliza o lo que sea; sigues removiendo, tocas la raíz y luego vas tanteando un mundo subterráneo que se antoja infinito. Los libros de Vila-Matas te  conducen de un lado para otro y no terminan nunca porque (por ejemplo) te obligan a comprobar todas las citas, una a una. Hay noches que te desvelas buscando puertas de habitaciones inexistentes de hoteles inexistentes que luego se aparecen en los sueños. No sé, por ejemplo, si en uno de esos sueños se quedó Una casa para siempre,  libro extraño que incluía un ventrílocuo. O era al revés.
   La única vez que hable con Vila-Matas, actúe con temor reverencial. Él, estaba sentado en un bar.   No recuerdo si le acompañaba Paula de Parma, que había escapado de la dedicatoria, o era Pepe de Palma el que estaba con él. Lo que sí recuerdo es que le abordé con reparos pues iba con la idea de comentarle que me había divertido mucho con París. Se lo dije con temor a que lo último que pretendiera Vila-Matas al escribirlo fuera  hacer reír. Todo es misterioso e inquietante.  Hasta cuando estoy en el periódico  pendiente de una noticia, me persigue el espíritu de Vila-Matas, que no se acaba nunca. Tampoco sé porque escribo todo esto. Bueno, sí. Por miedo al ' síndrome de  Bartleby'. Y al de compañía, claro.

martes, 12 de abril de 2016

Profesores que leían el periódico

Hay momentos, gestos, actitudes y personas que te marcan para acompañarte toda tu vida sin saber exactamente por qué. Los hermanos Duran, por ejemplo. Xisco y Miquel Duran Pastor (el primero murió hace ya algunos años; el segundo, este 10 de abril de 2016) tenían algo en común: la música clásica y la lectura de periódicos. Si de aquel grupo --digamos heterodoxo-- que, en los años setenta, pasó por sus clases del colegio San Luis Gonzaga de Palma (lo mejor de cada casa, que se decía entonces) salió alguien que se dejara seducir por alguna de aquellas aficiones, habrá que atribuirlo, en parte, a ellos.

Miquel Duran, que para entonces llevaba la asignatura de Historia en BUP, solía llegar a sus clases con los diarios leídos y, encima, hacía bandera de ello. Alguna vez entraba con alguno bajo el brazo, pero su teoría era la siguiente: que había que desconfiar de quienes, de buena mañana, aseguraban que todavía no habían leído el periódico y que se lo reservaban para la tarde. Era muy irónico (para buena parte de quienes le escuchábamos aquellas mañanas, a qué negarlo, un punto de insoportable o pedante). Fingía que no entendía según qué cosas, pero lo hacía pensando en algún añadido a sus clases. Por ejemplo, cuando afirmaba que las discotecas eran como los hipogeos egipcios. O cuando ironizaba sobre conversaciones que decía haber oído por la calle. ‘Me encuentro a gente que me dice vamos a galerías y resulta que no van a ninguna exposición ni nada parecido, van a Galerías Preciados’, soltaba. Y, entonces, hacía un gesto de complicidad consigo mismo y miraba al fondo del aula por si habíamos captado la ironía.
Su hermano, ‘el señor Francisco’ (él era ‘el señor Duran’, o Miguel Durán, así en castellano), no llevaba una asignatura en concreto cuando leía el periódico . Llenaba unos tiempos muertos, de una hora, que eran de ‘estudio’ o ‘repaso’. Llegaba con el diario, lo abría, lo ponía sobre la mesa y se enfrascaba en sus páginas. Recuerdo una Ultima Hora, que entonces salía también por la tarde, con el resultado de las presidenciales de  Estados Unidos. Un chico puertorriqueño, creo que se apellidaba Lastra, estiraba el cuello desde su asiento para tratar de leer el titular. Francisco Duran le dijo: ‘Sencillamente, que ha ganado Carter’. Él respondió ‘Yo iba con el  otro’. Y Duran, Francisco, se limitó a comentar: ‘ No era electo’. Se refería a que Ford había sustituido a Nixon como vicepresidente tras el Watergate y que Carter sí había pasado por las urnas. Y así, con ese ‘no era electo’, te enterabas del sistema electoral americano mucho antes de que ese asunto formara parte de alguna asignatura  si es que,  alguna vez, enseñar eso entró en los manuales de estudio. Quizá, instigar la curiosidad sea la única manera de hacerte aprender algo, aunque sea fuera del guión. Como aquella vez que se presentó con Carmina Burana y un tocadiscos prehistórico. Y Dios me libre de idealizar demasiado el sistema educativo del franquismo agonizante o de los primeros años de democracia. Sólo puedo agradecer, eso sí, no haber ido a un colegio de curas, pese a que llegara a ver cosas que hoy serían sancionables, como pegar chicles en el cabello o dar bofetadas con las dos manos. Pero, como todo tiene momentos buenos, a veces, surgía algo interesante: las clases de los Duran, por ejemplo.
Supongo que ver pasear a los hermanos Duran con sus periódicos me ayudó a querer a los diarios de papel. El primero que recuerdo haber comprado es una Ultima Hora del día que se murió Franco, el 20 de noviembre de 1975. 'Arias lloró’,  se veía en aquella portada que retengo.
Hace alguna semanas, la última vez que me crucé con Miguel Durán por la calle, también me habló de periódicos. Apenas sin voz, apoyándose medio cuerpo en un bastón, y como si  hubiera salido de casa sin avisar, me contó que ya sólo leía los diarios italianos y que intentaba llegar a una papelería de Jaume III por ver si tenía el que buscaba. Había dejado de interesarse por los periódicos españoles, me dijo. Y  con menos fuerza de lo que era habitual en él las veces que me lo he encontrado muchos años por la calle, se llevó una mano a la frente, que era su gesto habitual cuando quería mostrar asombro por la actualidad. Se despidió amablemente y no le volví a ver más.

Miquel Duran publicó en diciembre de 2013 una suerte de Memorias, Girant l’ullada cap enrere (Coc 33, Serveis Editorials, SL), un libro que iba más en el estilo de los aforismos que en el de una autobiografía al uso. Me contó que escribir así, sin orden ni concierto y dejándose llevar por los pequeños momentos, como si fueran aforismos, era algo que había aprendido de Tòfol Serra, otro de esos profesores que te cambian la vida gracias a su personalidad arrebatadora y fuera de lo común.
En su último libro, Duran incluye momentos que nunca nos hubiera contado en sus clases de San Luis, cuando se enfundaba su traje de las ironías. Por ejemplo, que jamás pudo olvidar la muerte de una hija de un año después de que su padre y su hermano no pudieran hacerse con un depósito de oxígeno en la Cruz Roja porque ‘salieron de casa desesperados sin coger la cartera” (página, 120). Si eso no es desencanto indignado  y crítica social,  es que seguramente aún no se ha inventado.
El final de Girant l’ullada... es Duran en estado puro. Aventuraba que como era muy posible que el tiempo que quedaba  ‘ya no sea de poesía’, sólo cabía esperar un ‘Götterdämerung’, el wagneriano ocaso de los dioses. Quedo a la espera. E intentaré contarlo.

domingo, 28 de febrero de 2016

El día de la bola extra

Mañana es el día de la bola extra. Llega una vez cada cuatro años, con  los febreros de los bisiestos. El calendario, como las ‘flippers’ de la sala de máquinas en la que quemabas sábados y domingos de otros tiempos, te pone una bola de más para continuar la partida. Mañana es 29 de febrero y ese es el día ideal para llenarlo con las cosas que nunca dijiste, para terminar las historias que dejaste a medias (o para empezarlas otra vez y probar un final diferente); mañana es el día ideal para rescatar todo lo que te queda pendiente y saborearlo como un vino viejo de las grandes ocasiones, de esos que abrirás cada cuatro años y que te devolverá a lugares lejanos. Mañana es el día para intentar lo que no pudiste hacer en su momento; aquella llamada de la que te arrepentiste o aquella decisión que cambiaste por otra. Mañana es ese día especial, un día de regalo; un día para tomar (si quieres)  el camino contrario al que elegiste de forma precipitada; para continuar lo que dejaste a medias en cualquier otro momento y, quizá, diste por perdido u olvidaste. Mañana puedes intentar ser tú y salir sin el disfraz de los otros días del año. Clic, clic, bola extra. Continúa la partida y sabes que tendrás una oportunidad que no tuviste el año pasado, ni el otro ni el anterior, y que tardará otros cuatro en volver. Mañana saldrás a la calle con una oportunidad para no equivocarte; o para volverte a equivocar con toda conciencia. Mañana es el día de la bola extra. Un día para recordar todos los principios que has dejado escritos por ahí y buscar el modo de llevarlos hacia  alguna parte. Mañana nos regalan un día que puede cambiar todos los demás. El día de la bola extra.

domingo, 31 de enero de 2016

O estamos o no estamos

'O todos o ninguno'. Este es el título del artículo que publica hoy, 31 de enero de 2016  el catedrático de Lengua Española de la Autónoma de Madrid y académico  Pedro Álvarez de Miranda. El enlace es

 http://elpais.com/elpais/2016/01/29/opinion/1454067629_361566.html

Su tesis es que "duplicar los sustantivos en masculino y femenino para evitar el sexismo lingüístico lleva, en ocasiones, a situaciones agotadoras". Es la respuesta a un artículo anterior, escrito por una mujer, la diputada Mónica Oltra, a  la que, con la condescendencia habitual en este tipo de escritos, no cita  por su nombre y a la que reprocha que aluda a 'diputados y diputadas', 'señores y señoras`', o 'ellos y ellas' en algunos casos y que, en otros, no lo haga.

El autor numera, del 1 al 12,  las veces en que  Mónica Oltra tendría que haber duplicado los sustantivos para "ser coherente con su receta". Y, con el afán ridiculizador habitual en estos casos señala que (por ejemplo)  donde escribe "los grandes perdedores del 20-D", tendría que haber escrito "los grandes perdedores y las grandes perdedoras". O, que  cuando anota "en vez de te presto un diputado y me lo devuelves", tendría que haber escrito "te presto un diputado y una diputada y me lo o la devuelves".

Qué cansino resulta a veces este debate. Así, y todo, ahí van otras formas posibles de cómo sin utilizar el masculino como genérico ni duplicar sustantivos es posible simplificar el lenguaje.

Utilizando las misma numeración y los ejemplos sobre los que ironiza el académico, también se hubiera entendido igual así:

1-Quienes perdieron el 20-D (Y  no  "los grandes perdedores y grandes perdedoras", como le  propone escribir  en plan irónico)
2-En vez de culpar al resto (Y no "culpabilizar a los demás y a las demás de sus propios males")
3-El rey recibirá a representantes de (Y  no "el rey recibirá a los representantes y a la representantes")
4-No podrán formar grupo parlamentario diferente, quienes (y no, "no podrán formar grupos parlamentario diferente los diputados y las diputadas)
5-En vez de tener más de una portavocía (Y  no, "en vez de tener más de un portavoz o una portavoz")
6-No se contraviene la norma cuando aquellas personas (Y  no, "no se contraviene la norma aquel o aquellas")
7-A quienes están diciendo esto ( Y no, "a los señores y señoras que están diciendo esto")
8-Te presto un escaño y  me lo devuelves. (y no, "te presto un diputado o una diputada y me lo devuelves")
9-Sólo así se entiende que el PSOE preste un escaño (Y  no, "sólo así se entiende que el PSOE preste un diputado o una diputada")
10-Y al llegar a este punto (Y  no, "llegados y llegadas a este punto")
11-Por si tres escaños le resulta demasiado gravoso (Y no, como sigue recomendando de forma irónicamente académica "por si tres diputados o diputadas")
12- Ceda usted un escaño ( Y no, "ceda usted un diputado o diputada")

Naturalmente, ha sido muy celebrado en Twitter el texto de Pedro Álvarez de Miranda y el palo a Mónica Oltra. Hay alternativas al todos o ninguno, también en el lenguaje. O estamos, o no estamos.



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sábado, 31 de octubre de 2015

Podemos es el PSOE de la Transición

Creo que, como en Regreso al futuro 2, hemos viajado en el tiempo,  lo hemos alterado y   regresado a un momento paralelo o alternativo. Concretamente a una Transición alternativa en la que el PP es la AP del 77, la nueva UCD es lo que va de Ciudadanos al PSOE y  Podemos es el PSOE anterior a su 28 congreso. Queda por ver si los restos de IU se decidirán a ser el PCE.

Casi todo está inventado. Tarde o temprano –previsiblemente antes de las elecciones- Podemos tendrá que dar con un icono de campaña similar al que representaron los carteles que José Ramón Sánchez ideó para el PSOE en las generales de 1977 y las municipales de 1979. Eso ocurrió  antes del congreso, el 28, en el que Felipe González dijo  aquello de  “compañeros, hay que ser socialista, antes que marxista”. Aquel día  de mayo del 79, González cambió de discurso y tres años después llegó a la presidencia del Gobierno y nos llevó por un camino que, posiblemente, no era el que imaginó cuando le llamaban 'Isidoro'. Visto desde el 2015 de hoy, diríamos que fue cuando se cortó la coleta.

Pablo Iglesias es el Felipe González anterior al congreso de 1979,  aunque previsiblemente  no lo sepa  o no quiera admitirlo. La vida política española actual parece surgida de alguna  alteración en el espacio tiempo como las que llenaban Regreso al futuro 2, que ahora ha cumplido 30 años.

 España vive una transición alternativa. Si hemos vuelto a 1979, UCD ganará las elecciones; es decir que lo que va entre Ciudadanos y el PSOE será el protagonista. Si ya estamos  en el 82 alternativo, gobernará Podemos. Aunque yo no estoy muy seguro de que eso vaya a suceder ya.  ‘Podría’ haber ocurrido si los comicios hubieran llegado inmediatamente después de las europeas de 2014. Si no sucede eso, y siguiendo el guión de las fábulas sobre los ciclos del tiempo (que, por otra parte, se parecen  tanto al análisis de la historia de Oswald Spengler), habrá que esperar un poco más. 
Todo está inventado. Todo es previsible. Hasta la sorpresa.

domingo, 23 de agosto de 2015

El primer contrato (y algunos apuntes de los últimos días del Baleares cuando era un periódico del Estado)




 Encontré el otro día un recibo de prestaciones por desempleo del Ministerio de Trabajo correspondiente al mes de junio de 1984. Un impreso que agotaba los 90 días de paro que me correspondieron después de mi primer contrato de trabajo: seis meses en el diario Baleares, cuando lo editaba un organismo estatal llamado Medios de Comunicación Social del Estado que había heredado, para su posterior liquidación, la cadena del periódicos  “del Movimiento”.  El Baleares, el diario Alerta de Santander y el diario Pueblo, el periódico de los sindicatos franquistas, fueron los últimos que salieron a la calle con el patrocinio del Estado.  Fue el 17 de mayo de aquel mismo año. Ese día, el titular de apertura del periódico, acompañado de un editorial titulado ‘Hasta pronto’, era ‘Empresarios mallorquines compraron Baleares’. Un antetítulo precisaba que los compradores estaban “relacionados con Ultima Hora”.
Cuando salió a la calle ese   ejemplar, todavía me quedaba un mes de paro. Visto con la perspectiva de 31 años después, la cantidad mensual por desempleo, parece astronómica y por eso la  he tenido que mirar  varias veces: 89.160 pesetas de entonces, que equivalen a 535,86 euros de hoy. Eso quiere decir que, con mi primer contrato de seis meses, de septiembre de 1983 y a punto de cumplir 22 años,  cobraba aproximadamente lo mismo que algunos primeros sueldos que se pagan hoy. Es lo que tiene empezar por arriba, o con un sueldo 'alto'. Que luego, vas descendiendo.
Mateo Ramonell,  ahora en RTVE, al que he seguido viendo; Manuel García Vilches –del que ya no he vuelto a saber nada- y yo mismo fuimos, en septiembre de 1983, los últimos contratados por la sociedad estatal de periódicos cuando ya estaba en liquidación. Ignorábamos entonces que asistíamos al final de una época. 
El director del ‘Baleares’ se llamaba Heliodoro Muñoz y había aparecido hacía unos meses por  Mallorca  después del triunfo del PSOE en las elecciones del año anterior que llevaron a Felipe González a la presidencia del Gobierno. Entonces, a los directores del Baleares  los nombraban desde Madrid. Heliodoro Muñoz  no se fiaba de nadie, ni de quienes sobrevivían de la ‘época del Movimiento’ ni de los ‘comunistas’ que, poco a poco,  habían ido incorporándose a la redacción. Supongo que por eso se fijó en mi. Por eso y porque se  había encontrado en el cajón de su mesa con unas  cuartillas  mías escritas a máquina que habían sobrevivido  allí al paso de sus antecesores.  Aquel director tenía poco margen, el periódico estaba en fase de liquidación, y la única opción que le quedaba eran  contrataciones temporales que no llegaran a consolidarse cuando el diario saliera a subasta.


 En el Baleares  de entonces  convivían varias generaciones, varias ideologías y cada cuál tenía un proyecto de cómo debía ser el futuro. Dos años  antes,  el director, también  nombrado ‘desde  Madrid’, era otro.  Se llamaba Pedro Ignacio González   y recuerdo que me encargó una serie de reportajes sobre ‘el Gran i General Consell’ ,  que era el referente medieval en que se miraba el ente preautonómico. Yo estoy convencido de que cuando me encargó esos reportajes también él quería saber de qué iba todo aquello. La redacción y los talleres  del periódico se habían trasladado en 1981  del centro de Palma a un polígono de empresas, el de Son Castelló,  y  ahí le llevaba  yo mis  folios escritos a máquina. El los leía delante de mí en su despacho y me insistía en la importancia de ‘la percha con la actualidad’, que era lo que justificaba que una historia  tan alejada en el tiempo pudiera publicarse en un diario local. Era yo entonces  un colaborador ocasional que había empezado como  ‘recomendado’ del jefe de Deportes, Lorenzo Ripoll,  y no fue hasta que llegó Heliodoro Muñoz, -un maestro rural que había trabajado en la agencia estatal de noticias y que sustituía a Pablo Llull,  histórico del periódico, que también  ocupó brevemente la dirección-  cuando me incorporé al diario.
Cada uno (digo cada uno porque creo que sólo había una mujer periodista, Elena Checa) iba a su bola; unos no se hablaban con otros y en la redacción convivían los dos mundos lampedusianos, el que se desmoronaba y el que nacía.  Heliodoro me llamaba de vez en cuando y hasta me encargaba que escribiera algunos editoriales, además de otras tareas que no quería hacer nadie más. Algunos  veteranos nos miraban con suspicacia a los recién llegados  y recuerdo cómo un periodista me dijo que tenía  que explicarle exactamente qué estaba haciendo yo pues él formaba parte  del comité de empresa, que  para entonces exploraba la posibilidad de crear una cooperativa para que el periódico siguiera publicándose cuando lo dejara el Estado,   y tenía que estar al tanto de los contratos. No era para menos. Todo el personal del periódico tenía opción a trabajar para la Administración cuando la empresa estatal se liquidase. Quien se quedará con el Baleares se lo quedaría sin personal y libre de cargas. Nuestro contrato ya había vencido cuando el 17 de  mayo de 1984 salió a la calle el último Baleares estatal pero todavía colaboraba.  El director me había encargado incluso el especial que resumía la historia del periódico, desde 1939 hasta entonces. 

“La sucinta historia  que narramos en estas páginas –escribía Heliodoro Muñoz en la portada de aquel monográfico que se publicó el 26 de febrero de 1984- no ha de entenderse como crítica de una época superada, ni de las sucesivas etapas durante las cuales ‘Baleares’ fue recorriendo el devenir de España y el quehacer cotidiano del archipiélago”. Y añadía: “Un hombre joven, que vivió la mitad de su vida en la era del general Franco y la otra en la democracia la ha construido a matacaballo, como en periodismo se hacen todas las cosas. Y desde la atalaya de su supuesta objetividad ha oteado el pasado con mirada limpia de prejuicios y el catalejo de compresión al contexto del tiempo que fue configurando el periódico”.  Supongo que a algo así se refería Hegel cuando aludió al  ‘deseo de reconocimiento’   que hoy tiene en los ‘tuits’ y en las redes sociales una forma práctica de exhibirse y multiplicarse.
Aquel suplemento aún enrareció más el ambiente. Hubo periodistas que se negaron a participar, redactores que no quisieron escribir disconformes con el proceso de adjudicación que se había puesto en marcha y  veteranos de la ‘vieja guardia’ que no daban por inminente la muerte del diario   y que cuestionaron, incluso, el orden en que se publicaban los artículos. En realidad, dos o tres periodistas, entre ellos  Pablo Llull y Jaime Jiménez, estaban al tanto del trasfondo de la negociación e intuían cómo iba a acabar todo. Jaime, aquellos días, bromeaba mucho y su frase favorita era decir "Estamos subastados". Hasta que llegó el día definitivo.
(...)
‘Baleares no ha muerto’ fue el titular del 22 de mayo de 1984, después de cuatro días de ausencia de los quioscos. Lo editaba Premsa Nova SA y llevaba en su primera página un artículo editorial titulado ‘El nuevo Baleares libre’
(....)
 Meses  atrás, concretamente el 17 de diciembre de 1982, había tomado  posesión de su  cargo el nuevo  gobernador civil de la provincia, el primero que nombraba en las islas el  gobierno socialista. Se llamaba  Carlos Martín Plasencia. Era leonés, un abogado de 36 años que en 1979 había acudido a la sede del PSOE, en la calle Santa Engracia de Madrid, para ofrecerse como economista. Habló con un mallorquín Emilio Alonso, entonces responsable de Finanzas del partido y pronto congeniaron. De hecho su influencia fue decisiva en 1982 para aquel  nombramiento. El mismo día de su toma de posesión, visitó la sede del periódico. Heliodoro Muñoz llegaría en abril del año siguiente. Y, con él, mi primer contrato.   Guardado queda en esta caja de cosas.
(...)

miércoles, 22 de julio de 2015

Mozart, el nuevo Gobierno e IB3

Principios de los ochenta. Cuando El País era El País, Manuel Vicent escribió un artículo que se titulaba ‘No pongas tus sucias manos sobre Mozart’.Contaba que presenciaba una fiesta que había organizado su hija, educada en una cultura de izquierdas, cuando alguien se acercó a un disco de Mozart. Y que él, que aceptaba todo, no pudo menos que saltar para evitar que lo cogiera. ‘No pongas tus sucias manos sobre Mozart’. Eran los años en que todo parecía permitido; Felipe había ganado las elecciones en España y se inició la época aparentemente más libre que ha vivido este país, aquellos ochenta en los que todo se veía  posible.
Quizá algo de razón tengan los de Podemos cuando nos dicen que nos creímos demasiado la Transición y que la hemos idealizado. Quizás. Pero la realidad es que los de Podemos, aquí en Baleares y en otras ciudades y comunidades, han  jugado un papel determinante para que los herederos, y herederas, del socialismo de los ochenta vuelvan a gobernar.
Hasta es posible, y estos días se ha visto en  las Islas, que  hayan soñado con IB3, la televisión autonómica  y  los medios de comunicación. Un nuevo gobierno acaba de estrenarse y sólo se me ocurre tomar prestado parte del titular de Vicent, que no pongan  sus manos sobre los medios de comunicación, ni siquiera sobre IB3.
No escribiré sus ‘sucias manos’, porque nada hay tan limpio como gobernar tras unas elecciones. Pero sí, que será un gran error extender su poder sobre los medios. Que no los compren, por favor. No sirve para nada. Ni con los públicos, ni con los privados.
IB3 no le ha servido a ningún gobierno autónomo para ganar las elecciones. Lo intentó Matas, y resultó bochornoso, cuando se la inventó.  Gastó y gastó y dio programas a amistades del poder que abochornaron al personal y no sirvió para nada. Tampoco a Bauzá le ha servido para nada controlar IB3. De hecho, el último presidente del Govern se equivocó mucho con la tele autonómica. Pero no más que los dos gobiernos de Antich con los medios privados. Tanto  Jordi Bayona, que iba de ‘guay’ con algunos medios (hasta que salió trasquilado) como Gina Garcías, posiblemente la peor responsable de comunicación de un gobierno de izquierdas, fracasaron estrepitosamente. Es de suponer que Francina Armengol hará todo lo contrario. Garcías nunca entendió lo que era IB3 (su gobierno debatió cerrarla unos días y empezar de cero) y se pensó que con llamar a quejarse a los medios privados bastaba. Craso error.
El nuevo gobierno ha empezado mal con IB3. Y no hace falta reunir a una comisión de expertos para definir el proyecto. Basta con que aclare si quiere una televisión o un telediario. Basta con que defina si conviene invertir en una tele en la que se puedan ver programas varios o sólo en un informativo diario. El coste será diferente. Pero también es posible que ambas propuestas sean compatibles si, de entrada, no ponen las manos en los informativos. Obviamente, tampoco se trata de que el modelo de televisión pública lo decidan las demás empresas del sector. Sería como dejar el futuro del hospital de  Son Espases en  manos de la  clínica  Juaneda o la Rotger.
 Los gobiernos están para tomar decisiones.
Otro día,  más.

jueves, 23 de abril de 2015

Padre nuestro, que estás en los libros

 Cada noche anterior al 23 de abril dejo en la mesilla las palabras que nunca ordené y convoco a todos los fantasmas para la misa del día siguiente. Sé que tarde o temprano se me aparecerá Proust y que le culparé de no atreverme a escribir. Ni siquiera esa historia soñada, que encabeza mi cuaderno de principios que no terminaré: la de un tipo que se las ingenia para viajar en el tiempo y suplantarle después de  impedir que se conozcan sus padres, que no llegue a nacer  y, como consecuencia,  no escriba   Por el camino de Swann y el resto de la serie del  Tiempo perdido.   Habré tenido un sueño intranquilo, o no habré pegado ojo por miedo a despertar convertido en un horrible insecto como advierte Kafka, y saldré a la calle con la misma devoción religiosa  que, días atrás, otras personas han puesto en visitar iglesias y desfilar entre cera y procesiones. Me crezco cada 23 de abril y es el único día en que me atrevo a proclamar que me corroe la envidia. En días como hoy, por calles en las que los libros se ponen sus mejores galas y  silban a nuestro paso, me dejo de medias tintas. Sólo entonces reconozco  que admirar y envidiar son sinónimos. Honrarás a quienes te dieron a probar el fruto de la ciencia del bien y del mal, que son los libros, y envidiarás a quienes los escribieron. Este es el nuevo mandamiento. Me confieso sectario de esa religión, de la Iglesia de las Santas Palabras, y confieso que he pecado. Confieso Padre que me carcome la envidia cada vez que sonrío o doy la mano de la paz a quienes son capaces de construir historias además de juntar palabras. Confieso que cada noche anterior al Día del Libro noto  el fuego del infierno y me dejo llevar por la soberbia pensando que un día también escribiré yo una historia de doscientas páginas o más. Como si Proust nunca hubiera existido y aún quedaran paraísos que recrear con el sabor de la magdalena. Amén.

(Publicado, con ligeras variaciones,  en el diario Ultima Hora del 23 de abril de 2015)