Colecciono recuerdos y levanto con ellos una torre o un
mirador desde el que observar el día a día. En nada, un instante, un preciso
momento, se convierte en recuerdo que luego se sumará a otros. Los momentos son
como fogonazos o flases que, nada más vividos, cuando son todavía presente, ya sé
que me acompañarán siempre. Estamos hechos de recuerdos, algunos son una foto
fija del momento y otros se añaden y confunden con las circunstancias en que se
produjeron. Luego, conforme pasa el tiempo, adelante y atrás, conforman un
universo propio o tienen el efecto de un Big Bang. La impresión primera de la biblioteca pública de
Estocolmo, años atrás, por ejemplo. Supe desde el primer momento que no
olvidaría nunca la gran sala cilíndrica, ni la impresión que me produjo, del
edificio circular de la Stockholms stadsbiliotek; como también supe –eso fue
unos años más atrás-, que no olvidaría nunca el momento de los cánticos de las
monjas de las Dueñas en Salamanca oídos desde el exterior de los muros del
convento. Debieron ser los de Nonas (eso lo averigüé después; a veces te
sorprende el empeño que pones cuando de verdad quieres averiguar algo) por la
hora que debía ser cuando me dijeron: “Escucha, viene de la clausura”. Ella
estudiaba Filosofía y terminamos hablando de las mónadas. Fue un momento de paz indescriptible (por
mucho que me esfuerce en describirlo) que me invadió en aquella tarde soleada
de los años ochenta y que rescato de tanto en tanto para borrar los momentos
prescindibles.
De este verano, y mientras se agotaba la campaña electoral
de la que había salido huyendo, es otro momento que añado al zurrón de
recuerdos para el futuro: el de que nada más llegar al monasterio de Santo
Domingo de Silos, en Burgos, te abran una puerta y te digan: “La visita empieza
por ahí”. Y que el por ahí no sea sino el claustro con el ciprés, el de Gerardo
Diego, “enhiesto surtidor de sombra y sueño que acongojas al cielo con tu
lanza”; y que la visión del conjunto te sacuda y sea otra vez como un remanso
de paz. Cada capitel de las columnas lo forman figuras diferentes. Unas son
religiosas y otras no. “Fíjate en esa, son arpías”. Quien me habla es Miguel
Moreno, un historiador de Burgos (el prefiere decir entre risas: “Digamos que
soy eso que se llama un erudito local”). Le conocí muchos años atrás, cuando
empezaba yo en esto del periodismo en el diario Baleares. Después de dejar el
periódico, cuando se liquidó la cadena de Medios de Comunicación Social del
Estado y que antes había sido la cadena del Movimiento, Moreno se volvió a
Burgos, de donde había venido a Mallorca, y se incorporó a la Administración.
Ocupó luego varios puestos, también uno de asesor o jefe de gabinete de una
preboste local. Y ahí es donde entran en
juego las arpías. Durante una visita oficial, alguien –no recuerdo si empresario,
político o qué- le llevó como regalo de cortesía la reproducción escultórica de
un pájaro de rapiña con cuerpo de mujer. Y Miguel Moreno le indicó que no debía
aceptarlo. Así evitó que el sujeto en cuestión pudiera decir que había llamado
arpía en la cara a la lideresa. Entre las decenas y decenas de libros que ha
escrito, hay uno, De la Falange al PSOE.
Diario Baleares (1975-1984): crónica de una transición (Biblioteca de
Ciencias de la Comunicación. Editorial Fragua, Madrid,2021), donde recoge parte
de la historia del periódico en que yo empecé, concretamente de su última etapa
antes de que lo comprara Pedro Serra. En ese libro, Moreno recuerda que tenía 23 años cuando llegó a
Mallorca un mes después de la muerte de Franco; que venía de La Voz de Castilla; que
Antonio Pizá había sido nombrado director del Baleares pese a la resistencia de la vieja guardia (el periódico lo
había dirigido Francisco Javier Jiménez -que también dirigió La
Voz-, desde 1962 hasta ese 1975) y que él como otros jóvenes de la
época llegó a la Isla como consecuencia de una estrategia de renovación diseñada por
Emilio Romero desde la Delegación Nacional de Prensa y Radio del Movimiento. De
Romero, que antes había dirigido el diario Pueblo,
fue la idea de que Pizá dirigiera previamente el diario de la cadena en
Valladolid antes de nombrarlo director del Baleares.
¿Pero qué se me había perdido a mí en Burgos en el caluroso
julio de 2023, el de las elecciones generales que se habían convocado para el
domingo 23? Pues cumplir, como por etapas, una serie de propósitos que pensaba
hacer coincidir, y que estoy a punto de lograr cuando me pongo a escribir, con
el que debía encajarlo todo: completar, de una vez un viaje que empieza Por el camino de Swann y que termina con El tiempo recobrado. Culpo siempre
(aunque no sé si con fundamento o es una excusa para no ir más allá, o un
síntoma relacionado con la pereza) a En
busca del tiempo perdido y a su autor de algo que pienso con frecuencia: lo
inútil que resulta, y lo poco que aporta, escribir algo después de Marcel Proust.
Es cierto que, por ejemplo, cuando el
narrador del Tiempo perdido, al que alguna vez llaman también Marcel, comprobaba
que Le Figaro había publicado el
último artículo que había enviado –en ocasiones más tarde de lo que esperaba-
él se encargaba de hacer que lo viera más gente. Compraba, o hacía comprar a
Francisca más ejemplares y se los llevaba a las recepciones de la Guermantes
para repartirlo y observar ahí las reacciones de aprobación que suscitaba su
escrito. Vamos, buscando los ‘me gusta’ que diríamos hoy.
Quise pasar por Burgos porque todavía no había estado allí,
quizá (aunque eso lo digo con la boca pequeña) porque me permitiría añadir
pinceladas breves a historias del periodismo, y, también, por observar de cerca
uno de los feudos de la ‘España facha’ que parecía extenderse después de las
elecciones del mes de mayo anterior. Pocas dudas aparecían entonces de que el
modelo político de Castilla y León (la suma de PP y de Vox), que se extendió a
otras comunidades autónomas tras las elecciones del 28 de mayo, iba a ser
refrendado el 23 de julio como argamasa para el Gobierno estatal; aunque no fue
así del todo.
Esas elecciones no me cogieron ni en Mallorca (había huido) ni en Burgos, pero sí en Boquiñeni. He vivido muchas situaciones en Boquiñeni, pero nunca hasta este 2023, una jornada electoral. Les hago al tanto de Boquiñeni, Ribera Alta del Ebro, Zaragoza, unos ochocientos habitantes y envuelto en una espesa nebulosa de recuerdos que intento ordenar en Blogquiñeni, un cuaderno digital ( https://yo-uno.blogspot.com ) que llamé una vez coraza para la resistencia personal en tiempos de sinsabor. El resultado electoral, allí, que Fran le dictó a Marino por teléfono y yo anoté en una libreta en el bar de las piscinas (el otro día evocaba el aragonés Sergio del Molino el encanto de las piscinas municipales de pueblo en los veranos), fue más en línea con el de las autonómicas que con la ‘remontada’ por los pelos que marcó las generales. No vi venir la remontada y fue como si pequeños indicios que se cruzaban en el camino –la campaña personal de ZP o, por fijarme un detalle menor, la gente que se agolpaba frente a la réplica de un antiguo coche de viajeros aparcado cerca del Teatro Principal de Burgos, como parte de la campaña, buscando papeletas del PSOE- pasaran totalmente desapercibidos. Me había construido mi relato: que los resultados de las autonómicas tendrían su réplica y que Feijóo sería presidente y Abascal vicepresidente. Eso ya no ocurrirá, no en los meses que quedan hasta el final de año por lo menos y no sin otras elecciones de por medio, pero siguen cerrándose acuerdos para los gobiernos autonómicos entre esos dos partidos. El último, en Aragón. Y. cómo no, igual que ocurrió en Baleares y allí donde han pactado, han decidido derogar la ley de Memoria Democrática. Qué dislate, qué estupidez, derogar la memoria. Qué absurda bandera. Qué distopía para quienes coleccionamos recuerdos y buscamos el modo de compartirlos.
En Burgos, además de fijar un recuerdo nada más vivirlo y
de anotar algún detalle sobre los años que marcaron una manera de vivir el
periodismo que ahora se desmorona, había visto a las arpías, sí, pero quienes
yo esperaba de verdad que salieran a mi encuentro estos días de julio eran las
musas. Y que me ayudaran a romper con el maleficio, ordenar tiempos perdidos,
dar con mi tiempo recobrado y meterlo en esta caja de cosas y contarlo como si
Proust no hubiera existido, algo que (parece) sigue siendo lo que me impide
avanzar y me lleva, una y otra vez, al “preferiría no hacerlo” del Bartleby de
Melville que tanto cita E V-M. Tanto me daba que la musa que compareciera fuera
Calìope, Clío,Talía, Melpóneme o cualquiera de las otras que se dedican a estos
menesteres. Estoy por decir que alguna se asomó en la plaza de Tordesillas y
que eso ocurrió tras sentarme un rato con la reina Juana y que ésta me contara de
aquel día en que Padilla, Bravo y Maldonado le fueron a pedir que encabezara su
revuelta contra los imperiales porque tan presa está Castilla como vos en
vuestro encierro (bueno, quizá influyo en parte el vaso de Rueda que me tomé).
Medina y Villalar quedarán para mejor ocasión, como le
escribí a la Maga nada más llegar a Valladolid y enviarle una fotografía tras
cruzar el Campo Grande. Lo que no puede fotografiar es algo que también me
acompaña desde los ochenta: la gigantesca pintada de ‘OTAN, no’ que llenaba
todo un lateral del edificio más alto de Valladolid de arriba abajo. El
edificio Duque de Lerma, de 23 plantas a la orilla del Pisuerga, es ahora un
rascacielos de uso residencial que en los años del no a la OTAN estaba abandonado.
No sé por qué no se me pasó por la cabeza subir ni tampoco sé
si era posible hacerlo y llegar hasta donde alcanzara la mirada. Quizá confío
demasiado en la torre que voy construyendo con esos recuerdos que me acompañan
y sobre los que, de distinta manera, vuelvo cada año por estas fechas.
Y sí, ya sé que en nada estaré lidiando otra vez con el
insoportable día a día y con situaciones que intentaré olvidar incluso antes de
que se completen. Por eso me ha dado por anotar otros momentos para un texto que vaya más allá de un
breve comentario en la red que hasta hace nada de se llamaba Twitter. Pero,
bien pensado, y como me equivocó tanto en algunos pronósticos y dejo escapar
los indicios que apuntan a que algo podría no ser cierto, dejaré que sea
ese gato –que se llama Toniete-, quien, mediante una señal que está por
convenir, me indique si sigo adelante con este texto pese a la prevención que
puede causar escribir del tiempo y de la memoria después de Proust. Me consuela
que llegado al último volumen del ciclo, al del Tiempo recobrado, tal vez pueda
estar en condiciones de superar esa prevención, pero quién sabe.
(Entre Palma y Valladolid pasando por Burgos y Boquiñeni, en
el año de unas elecciones cruzadas con pactos contra la memoria; en el que he completado
el viaje de papel de Proust, aparte de otros empeños, y en el que, además, me
ha parecido que el gato daba su aprobación para escribir después de Proust.
Aunque acto seguido se haya ido a la casa de al lado tan campante).